Veo un documental en el que una mujer se queja amargamente de que al llegar a España a principios de los setenta, emigrada de México, observó que todo el mundo vestía de azul marino. “¡Azul marino, azul marino por todas partes! ¿No hay otro color? ¿Qué le pasa a esta gente que solo visten de azul marino?”. A solas en mi sala de estar temo que, cinco décadas más tarde, esté hablando de mí. En mi armario hay cosas azul marino, grises, negras, si acaso verde oliva, alguna camisa de cuadros. El mundo de las tendencias lo llamó normcore, yo lo entendía como la simple voluntad de caminar silenciosamente por el mundo, de desaparecer, de fundirse con el paisaje, de no llamar la atención por todos los problemas que eso trae. Incluso he encontrado siempre un poco vulgar la voluntad firme y estudiada de resultar llamativo, colorista y escandaloso en la vestimenta, como si fuese una falta propia de quien no tiene demasiado mundo interior o personalidad y debe solucionarlo poniéndose gorros de colores flúor. Ese soy yo desde hace 43 años y lo sigo siendo hoy, lunes 27 de julio, así que no dejo de preguntarme por qué mañana, al salir de trabajar, tengo una cita en mi peluquería habitual para teñirme el pelo de rubio platino.
Yo soy así: moreno castaño, cejas hirsutas y barba cerrada cuando la tengo –intento no tenerla para no parecerme a mi padre–, así que el tinte será un evidente ejercicio de artificiosidad, como cuando añaden nuevos pisos de aspecto contemporáneo a una fachada con cien años o un señor se pone una peluca de poliéster. Pero es que yo siempre había querido ser rubio. El primer niño del que me enamoré en el colegio era rubio, rubísimo, tenía unos brazos arañados por los gatos salvajes de los alrededores de su casa que yo encontraba irresistibles (a sus brazos, no a los gatos). Y también eran rubios Ryan Phillippe, Casper Van Dien, Stephen Dorff, Val Kilmer, Paul Walker, Kiefer Sutherland, Thomas Jane o el chico de El lago azul, todo el corpus erótico de mi adolescencia. No es que los rubios me parezcan más atractivos que los morenos, será simplemente que me parecían exóticos. En mis mejores sueños, desde mañana me pareceré a alguno de ellos. En los peores, los que hacen que lleve unas cuantas noches tardando en conciliar el sueño, a una especie de finlandés enano.
Martes, 28 de julio
Es martes 28 de julio, estoy en la peluquería y la mujer que me pondrá el pelo de otro color se llama Ivana. Pese a que es amabilísima y profesional y me explica todo con detalle, me doy cuenta de que teñirse es, básicamente, un acto de fe. Me explica que el color exacto lo decidirá la decoloración y mi propio cabello y de su boca llueven los conceptos mientras me aplica una cosa pastosa en la cabeza: melanina, reflejos, matices, alcalinos, amoníaco, porosidad, nutrición, proteínas. Asiento para no parecer estúpido, pero no entiendo nada y mi petición iniciales de “un rubio bonito entre platino y dorado, por favor” acaban reducidos a un tibio “que no parezca idiota”. La decoloración pica. Pica la primera, pica más la segunda, pica aún más la tercera, pero Ivana me dice que mi pelo responde bien. Cambia de color muy rápido, en cosa de minutos. Allí, frente al espejo, me siento repentinamente otra persona. No me ha ocurrido nunca con ninguna vestimenta, ningún corte de pelo, ni cuando en tiempos del electroclash me pintaba los ojos o las uñas o cuando en una boda me toca ponerme traje y corbata y travestirme de adulto funcional. Me ocurre solo con el tinte y me viene a la cabeza el siguiente tren de pensamiento: el cabello cubre el cráneo, el cráneo cubre el cerebro y el cerebro soy, básicamente, yo. Mi cabeza soy yo y la he arrasado con peróxido de hidrógeno, de sodio, hidróxido de amonio, persulfato de amonio y persulfato potásico. He abonado mi césped, he drogado a mis pensamientos.
Con ustedes, un rubio real: Christopher Atkins en ‘El lago azul’ (1980).Bettmann (Bettmann Archive)
Durante las horas que estoy en la peluquería mi cabello se vuelve gris, amarillo pollo después, medio rosado más tarde, luego blanco, puede que violeta. En un momento dado otra mujer me habla, los dos tenemos la cabeza cubierta por papel de aluminio y parecemos esos señores paranoicos que creen que el gobierno puede leer sus pensamientos o que los quieren matar con radiación. Me dice que ha leído mis libros y me dedica unas palabras muy amables. Esto hace un clic en mi cabeza: ¿hay algún otro escritor rubito pollo? Ya están cogidos los puestos de escritor de la boina, escritor del bastón y escritor de la bufanda, pero no estoy seguro de que haya un rubito pollo literario y pienso seriamente en perfeccionar mi imagen de marca. Se lo pregunto a mi editor por mensaje, pero solo responde: “jajajaja”. Me figuro que es imposible tomarse en serio a nadie con mi aspecto y me figuro también que, en el sentido más profundo de las cosas, es precisamente por eso por lo que estoy aquí.
El camino desde la peluquería hasta el metro que debo tomar para volver a casa no es largo, pero durante todo el camino me siento extraño: mi pelo es ahora un sinceramiento andante, una especie de confesión, de declaración pública. Soy un hombrecito que piensa que aún no es demasiado tarde, pero sí que es algo tarde ya. Soy un meme andante, un tópico. Soy un homosexual de 43 años que se ha teñido el pelo de rubio. Aquí estoy, como un libro abierto para todos ustedes. Hay millones de memes, tuits y chistes sobre el gay de mediana edad que se tiñe el pelo clarito. “El meme del homosexual que se tiñe es un chiste habitual en Internet sobre cómo hombres gais se decoloran o se tiñen el pelo como señal de una crisis existencial”, me dice Google. ¿Tengo yo una crisis existencial? No soy consciente de ello, pero me figuro que lo que he hecho con mi pelo es la punta de mi crisis convertida en iceberg. A menudo las consecuencias son mucho más visibles que las causas, como la gente adicta que no es consciente de que la adicción siempre es el problema número dos.
If a gay guy bleaches his hair. . . check on him. He is going through something tough.
— Broadway Star!!!! (@thatonequeen) February 24, 2019
¿Por qué lo he hecho? Porque el miedo al ridículo es una de las luchas más importantes que debemos librar y la necesidad de luchar contra ella se vuelve especialmente intensa a partir de los cuarenta, cuando uno empieza a cansarse de todo, también del miedo a parecer idiota. La vergüenza ha sido el sentimiento más presente durante toda mi vida, forma parte de modo vampírico de casi todo lo que me ocurre, está unida a casi todos mis recuerdos. Y en los últimos años he hecho unos cuantos ejercicios para librarme de ella. Por ejemplo: conté todo tipo de cosas impúdicas en un podcast, escribí episodios nada moralmente virtuosos de mi propia vida en un libro y planté dos enlaces sobre las palabras “podcast” y “libro” en este artículo, dos líneas más arriba, algo que me hubiese dado vergüenza no hace demasiado tiempo. “Voy a parecer un oportunista”, hubiese pensado, “un vendedor de mí mismo”. Ahora soy un homosexual de 43 años teñido de rubio, la vergüenza ya no es un problema. Soy un oportunista, soy un vendedor de mí mismo, soy rubio. Por eso la semana pasada, cuando mi cabeza aún no se había decidido, mis dedos teclearon de forma autómata las palabras “Dame cita para el martes” en un chat de WhatsApp de mi peluquería. Hay sentimientos y dolencias que solo se pueden demoler sin hacer caso a tu cerebro, que solo se pueden demoler de golpe y a patadas.
Tres historias iguales
En el Instagram veo que Modesto (García, diseñador gráfico y escritor que publica libros muy exitosos para resolver crímenes) se ha puesto rubio también y le pregunto por sus motivos. Me dice: “Siempre había querido hacerlo y, a punto de cumplir 40 años, pensé: no sé cuánto más tiempo voy a tener pelo y un aspecto lo suficientemente jovial para que esto tenga sentido. Además, como iba a estar todo el verano fuera de Madrid creí que era un buen momento. En Madrid me daría más inseguridad pasearme con ese cambio. En Torremolinos soy nuevo. Enfrentarme a eso me resultaba más cómodo”. Ahí coincidimos: mi propio rubito summer me ha pillado con todos mis compañeros de trabajo de vacaciones, la redacción medio vacía y a punto de irme yo de viaje a la otra esquina del mundo (el tinte no es la única sustancia contaminante que liberaré este verano a la atmósfera). Probablemente no hubiese sido capaz de hacerlo si supiese que voy a traicionar mi muy trabajada imagen laboral de tipo gris y silencioso, si les dejo saber que bajo la apariencia de esa persona intrascendente vive, realmente, un payaso. Se lo pregunto también a otro amigo, Matías (Uris, fotógrafo y que tiene a punto su primera película como director), al que recuerdo también teñido de rubio pasados los cuarenta. “Quería verme joven. Puede que fuese una crisis de persona loca. Se lo vi al novio de una influencer china y me gustó. A mí no me quedó igual que él, pero lo fuerte es lo bien que te sientes cuando te vuelves rubio, te quede como habías pensado o no. Te sientes como el guapo del instituto. Luego es posible que en realidad seas un cuadro, pero te da igual. Un día, en el pueblo, me dijeron que parecía Jorge Javier Vázquez. Y ahí se fue la magia”.
Sé que tres historias no arrojan una muestra generacional, pero es inquietante lo similares que son, la mía y la de los dos primeros hombres teñidos a los que pregunté. Lo de Jorge Javier es curioso: mi hermana me dijo lo mismo. “Jorge Javier”, escribió en el grupo de WhatsApp de la familia cuando envié mi foto para que no se asustasen al verme cuando llegue a casa de vacaciones. De nuevo, el tópico: homosexual de más de cuarenta años en crisis (él mismo ha hablado de la suya) se tiñe para algo. ¿Para qué? La treta estilística que nos lleva a la juventud (o, para ser exactos, a parecernos a los chicos que se metían con nosotros en el instituto y a los que queríamos moler a palos por hijos de la gran puta a la vez que besar) es ofensivamente básica. Un cabello rubio teñido (ojo al teñido, que equivale a sin canas), ropa deportiva, bermudas (de Adidas, a poder ser,) deportivas con calcetines blancos, camisetas. Pero hay también ahí una milagrosa y bellísima ausencia de complejos o vergüenza, una conquista del descaro que nunca creímos que nos perteneciese: con nuestro pelo rubio, nuestros pantalones cortos y nuestros calcetines con deportivas podemos parecer ridículos, pero nos vemos bellísimos. Por eso me teñí. Hay una especie de ideal de belleza, de firme convencimiento de que eres la criatura más guapa del mundo, que solo se alcanza cuando todo el mundo a tu alrededor te repite que pareces idiota. Como alcanzar la belleza por oposición. Eso te hace formar parte de un club secreto en el que hay otros tipos con aspecto infantilizado cuyo carácter también fermentó en la vergüenza y que te miran cómplice. La próxima vez que vea por la calle a un homosexual adulto travestido de adolescente y con el pelo teñido de rubio puede reírse, pero que sepa que por dentro él está repitiéndose a sí mismo las tres palabras más liberadoras que puede pronunciar un ser humano: lo he conseguido.