Como ha ocurrido en la mayor parte del territorio nacional, el frío y la humedad posteriores a una fuerte lluvia campeaban la mañana en que EL PAÍS llegó hasta la casa de Rubén Stehberg Landsberger (Santiago de Chile, 76 años) en la comuna de La Reina, al nororiente de la capital.

Una vez adentro, el frío persistía, aunque combatido por una estufa a gas sobre un piso de tablas junto al cual se dejaba ver, sin orden ni jerarquía aparentes, un surtido de artefactos y objetos de muy diversos materiales y procedencias, posiblemente coleccionados a lo largo de una vida (vasijas, máscaras, ornamentos, figuras talladas, recipientes de calabaza, una estatuilla asiática de madera que representa una figura mítica; también una menorá, el candelabro de siete brazos propio del judaísmo).

Más o menos temperatura no parece ser gran cosa, dicho lo anterior, para este arqueólogo que entre 1974 y 2017 ejerció distintos roles en la sección de Antropología del Museo Nacional de Historia Natural. O eso sugiere él mismo, cuando refiere las expediciones en las que participó a desde 1983 a las Islas Shetland del Sur, en el Océano Antártico. Ahí sí que hacía que hacía frío. Pero sobre todo había una historia, dice, “invisibilizada”.

“Estuve siete veces ahí, en la octava [expedición] fracasó el viaje”, cuenta Stehberg sobre sus idas al archipiélago bautizado en 1819 por el británico William Smith y al que llegarían loberos de esa y otras nacionalidades en busca de pieles. “Obviamente, cuando no existían Punta Arenas ni Ushuaia, buscaron mano de obra en la zona y solo había indígenas. La faena era bastante intensa porque, además de cazar al animal, había que descuerarlo, salar la piel, prepararla. Los indígenas, adaptados al clima frío y especialistas en caza de lobos, eran los más idóneos para las faenas de cacería, pero nunca nadie ha escrito ni una palabra de esa participación. Cuando volvían a Europa o a EE.UU., los loberos daban charlas y contaban lo que hicieron en las Shetland del Sur, pero jamás mencionaron la presencia de los indígenas”.

Rubén Stehberg, en Santiago (Chile).SOFIA YANJARI

Con los restos materiales de esa historia en la mira, como se estila en su profesión, cuenta que partió “a buscar los campamentos de los loberos: excavamos y empezamos a encontrar, junto a objetos clásicos europeos, restos indígenas. Y con eso pudimos probar la hipótesis. Hasta ahora, otros se han llevado los honores de ser los primeros en llegar a la Antártida y todo eso. Pero tan primeros no eran, porque iban con habitantes del extremo sur americano, con mano de obra barata que incluía mujeres que quedaban embarazadas y [parían] mestizos de los que tampoco se había escrito nada”.

Tocar este último tema, prosigue el investigador, “les dolió a los europeos: me criticaron harto. Decían que los restos que yo había encontrado souvenirs, baratijas que les compraban a los indios. Hasta que apareció un cráneo de una mujer indígena. Ahí les pregunté si esos europeos también acostumbraban comprar cráneos humanos como souvenirs”.

“He dedicado toda mi vida a recuperar la historia indígena, a recuperar una historia se ha borrado y que siguen borrando”, remata Stehberg. “Hace 10 días, conversando con una joven muy estudiosa, alumna de un colegio particular, le contaba de los indios selknam, de los onas, de los yaganes, y ella nunca había escuchado hablar de eso. En Santiago somos casi siete millones de habitantes, la mayoría mestizos, y desconocemos nuestra parte aborigen”.

He ahí una razón, no la única, que tuvo para publicar Mapocho incaico y la fundación de Santiago de Chile (Crítica, 2026): un libro que llegó en mayo a los escaparates y ya va en la cuarta edición. Un superventas, arqueólogicamente hablando.

Alguna licencia, también

Fruto de una investigación interdisciplinaria junto al historiador Gonzalo Sotomayor -fallecido en 2020- y al geógrafo Juan Carlos Cerda, autor de los mapas que en ella aparecen, esta publicación concisa y accesible sigue desde la partida los preceptos reivindicativos enunciados más arriba por su autor. Por lo pronto, está dedicada “al cacique Quilicanta, último gobernador de la provincia incaica del Mapocho”.

Y si el lector ignoraba la existencia de este inca cuzqueño, decapitado durante la revuelta indígena del 11 de septiembre de 1541 en la recién nacida Santiago, he ahí un punto que Stehberg quiere marcar: “Es un personaje fundamental y no es conocido por nadie [fuera de los especialistas], o no lo era antes de este libro y de mi cacareo, porque yo cacareo todo el día con estas historias”.

Y si esto no se conoce, razona el arqueólogo, es porque al menos desde el 12 de febrero de 1541, cuando Valdivia fundó Santiago de la Nueva Extremadura, se ha pretendido que las cosas partieron más o menos de cero, histórica y culturalmente hablando, y que la hoy capital era entonces “un territorio deshabitado, sin potencial agrícola y carente de construcciones”. Como si el Imperio inca -Tawantinsuyu, en quechua- no hubiese extendido su alcance al centro del actual Chile en el siglo XV (o como si el Camino del Inca no hubiese llegado hasta la actual Plaza de Armas santiaguina). Y, peor aún, como si en la cuenca de los ríos Mapocho y Maipo, que irrigan la ciudad, no se hubiese desplegado desde el siglo X la Cultura Aconcagua: un mundo religioso, cultural y político cuya coexistencia con el Imperio inca habla de una elaborada trama de regadío, por ejemplo, que Valdivia usaría para el beneficio de la empresa conquistadora.

Vista del río Mapocho, en Santiago, el 18 de de julio.Cristian Soto Quiroz

He ahí una de esas hebras poco tomadas que interesan al autor del Diccionario de sitios arqueológicos de Chile central, descubridor en los 70 del Pucará de Chena, fortaleza incaica emplazada en las actuales comunas metropolitanas de San Bernardo y Calera de Tango (en principio reconocido sólo como una fortaleza militar, posteriormente se le han atribuido actividades ceremoniales y de observación astronómica. Y no solo eso: hay razones para afirmar que fue un centro de reuniones donde convergían representantes del Inca con las autoridades de la población local).

Entre una cosa y otra, la historia de esta capital tendría más continuidades, y no solo quiebres. Así, proyectada al pasado, puede y debe dar cuenta de una historia “de mil años”. Pero hay que ir tras ella, y a su parecer a los historiadores del XVI, que “privilegian temas más sociológicos, políticos o económicos que afectan más bien a los españoles”, se les “escapa lo indígena”. Para ellos, añade, canales o acequias, caminos o tambos, no pasan de ser datos.

De momento, y aunque no se le dan las redes sociales, ha escuchado buenos comentarios del libro y le contenta saber lo de la cuarta edición. Porque “este no es un libro dirigido a la Academia. He publicado 15 artículos para ellos en revistas especializadas, con todos los tecnicismos que les encantan. Y no es un libro para arqueólogos. Esto está pensado para gente común que no va a leer mis 15 artículos, y está basado en evidencia científica”.

Eso sí, “hay cosas en las que me he dado algunas licencias”. Ahí está el caso de Inés de Suárez, la mujer que acompañó la expedición que fundó Santiago (y que habría sido la decapitadora del mencionado Quilicanta).

“Yo planteo que, quizá, uno de los móviles de Pedro de Valdivia para decidir tan precipitadamente partir a conquistar Chile fue ir a vivir su pasión con Inés de Suárez”, concluye. “Eso lo digo y me hago responsable, pero no sé si va a ser muy bien aceptado”.