animal, comunicación, emisión de frecuencias, soundwaves - (Imagen Ilustrativa Infobae)Más de mil especies usan este sonar natural en cavernas, fondos oceánicos y junglas nocturnas, donde la luz es escasa o nula (Imagen Ilustrativa Infobae)

01 Ago, 2026 02:28 p. m. EST

Murciélagos, delfines y humanos comparten una habilidad que desafía los límites de la percepción: la capacidad de “ver” el mundo a través del sonido. La ecolocalización —el sistema de sonar natural que usan más de mil especies en todo el planeta— permite a los animales emitir ondas sonoras que rebotan en los objetos y devuelven ecos con información precisa sobre distancia y tamaño. Así lo explica National Geographic en un reciente relevamiento sobre este fenómeno.

La mayoría de los animales que dependen de esta habilidad habitan entornos donde la luz es escasa o nula: cavernas, fondos oceánicos, junglas nocturnas. Desde la laringe de un murciélago hasta el cráneo de un delfín, cada especie desarrolló estructuras anatómicas propias para emitir y recibir señales acústicas con una precisión que ninguna tecnología humana logró replicar del todo. Según National Geographic, los métodos van desde hacer vibrar la garganta hasta batir las alas.

Lo que vuelve aún más sorprendente este fenómeno es que no se limita al reino animal. Algunas personas no videntes o con discapacidad visual también pueden aprender a ecolocalizar, y las imágenes cerebrales muestran que, durante ese proceso, se activa la zona del cerebro dedicada a procesar la visión. La biología, al parecer, encuentra sus propios rodeos.

Los murciélagos son el ejemplo más estudiado de ecolocalización. La mayoría de las especies —como el diminuto murciélago de Daubenton— contraen los músculos de la laringe para emitir sonidos por encima del rango audible para el oído humano, según detalla National Geographic citando a Kate Allen, investigadora posdoctoral del Departamento de Estudios Psicológicos y Cerebrales de la Universidad Johns Hopkins.

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Las señales varían entre especies, lo que les permite identificar sus propios llamados entre los de otros murciélagos del mismo entorno. También adaptan sus vocalizaciones según el hábitat y el tipo de presa: el murciélago europeo llega a “susurrar” en presencia de polillas para evitar ser detectado.

Esta capacidad de resolución es tal que algunos ejemplares pueden localizar objetos de apenas 0,18 milímetros de diámetro, equivalente al grosor de un cabello humano. Para rastrear insectos en vuelo, llegan a emitir hasta 190 llamadas por segundo, y pueden consumir la mitad de su peso corporal en insectos durante una sola noche.

No todas las presas carecen de defensas. La polilla tigre flexiona el órgano timpánico ubicado a ambos lados de su tórax y genera chasquidos que interfieren directamente en el sonar de los murciélagos, una estrategia evolutiva para mantenerse fuera del alcance de sus depredadores.

Por su parte, los murciélagos de nariz foliar emiten sus llamados a través de narices con pliegues anatómicos que funcionan como reflectores de sonido, y algunas especies pueden remodelar la forma de sus orejas en fracciones de segundo para captar con mayor precisión los ecos entrantes.

El entorno marino ofrece condiciones ideales para la ecolocalización: el sonido viaja en el agua cinco veces más rápido que en el aire, lo que amplifica la eficacia de este sistema.

Los delfines y otras ballenas dentadas, como la beluga, producen sus señales acústicas en un órgano especializado llamado “bolsa dorsal”, ubicado en la parte superior de la cabeza, cerca del espiráculo.

Una ballena jorobada grande nada en aguas azules profundas, emitiendo ondas sonoras representadas por círculos concéntricos brillantes, con peces pequeños y un hidrófono cercano.Los delfines y otras ballenas dentadas producen señales acústicas en la bolsa dorsal y usan el melón y la mandíbula inferior para transmitir y procesar ecos (Imagen Ilustrativa Infobae)

Un depósito de grasa conocido como “melón” reduce la resistencia entre el cuerpo del animal y el agua, lo que hace que el sonido se transmita con mayor nitidez. Un segundo depósito, en la mandíbula inferior, cumple la función inversa: filtra y aclara el eco que regresa desde las presas.

Wu-Jung Lee, oceanógrafo de la Universidad de Washington, explicó a National Geographic que la mayoría de los sonidos de ecolocalización de mamíferos marinos superan el umbral audible humano, con la excepción de cachalotes, orcas y algunas especies de delfines.

La evolución también operó aquí a favor de las presas: las marsopas comunes emiten chasquidos de altísima frecuencia que sus depredadores naturales —las orcas— no pueden detectar, lo que les permite transitar sin ser percibidas.

Más allá de la caza, la ecolocalización cumple funciones de navegación en distintos hábitats. Los murciélagos marrones de América la usan para moverse en bosques repletos de sonidos ambientales. Los delfines del río Amazonas la emplean para sortear ramas y obstáculos que las inundaciones estacionales depositan en su camino, según señaló Lee.

Cerebro humano translúcido con líneas de energía roja y naranja en su interior, rodeado de una red de neuronas y puntos de luz.La ecolocalización humana puede ser aprendida por personas ciegas o con baja visión, y la ciencia comprobó que activa la corteza visual del cerebro (Imagen Ilustrativa Infobae)

Entre los humanos, la ecolocalización es una habilidad que practican principalmente personas no videntes o con baja visión. Algunos generan los chasquidos con la lengua; otros, con objetos como bastones. Las exploraciones cerebrales muestran que durante ese proceso se activa la corteza visual, lo que sugiere una reorganización funcional del cerebro ante la ausencia de estímulos visuales.

“Al cerebro no le gustan las áreas sin desarrollar”, indicó Allen a National Geographic, al explicar por qué esta habilidad no persiste en quienes no la necesitan.