En el año 2013 coincidían dos libros que se asomaban a la vida fascinante, oculta, de Dora Maar (1907-1997), una artista que despuntó en la fotografía, que se codeó con lo más granado de la intelectualidad francesa y cuyas obras tienen hoy un valor cada vez mayor. Eran dos trabajos distintos y complementarios de dos investigadoras: Victoria Combalía, con «Dora Maar. Más allá de Picasso» (Circe Ediciones), y Alicia Dujovne Ortiz, con «Dora Maar. Prisionera de la mirada» (Vaso Roto). La primera proponía una visión apartada del tópico de considerar a Maar la mera compañera sentimental de un Picasso que la abandonaría tras diez años de relación tempestuosa; la segunda ponía el foco en «el ojo» cual «bola de cristal», «pineal» y «surreal», concepto sagrado para los vanguardistas de la época.

Al final, el mundo del arte olvidó a una artista que había tenido mucha presencia aquella época dorada para la fotografía, con Brassaï, Cartier-Bresson y Man Ray. Maar apenas había difundido sus obras, vendiendo algunas fotografías de vez en cuando, pero negándose a ver gente. Cincuenta años atrás había decidido que tenía que alejarse de todos aquellos que se interesaban por ella porque querían contactar con Picasso, o porque el trauma del abandono por parte del genio malagueño fue demasiado para su hipersensibilidad. Un día, como relata Dujovne, su propio padre refirió a una persona, «rojo de cólera: “¡Con su talento de fotógrafa, irse a meter con ese tal Picasso!”». Y es que la familia vería con malos ojos esa relación, que venía tras otra con el escritor Georges Bataille, obsesionado con la escatología y el psicoanálisis.

«Picasso dejó a Dora sin decírselo de frente», apunta Dujovne. Simplemente dejó de llamarla, de contar con ella, prefiriendo a otra mujer. Según el pintor, Dora, aquella que le fotografió pintando el «Guernica» y en cuyo rostro se inspiró para su cuadro «Mujer que llora», siempre había estado loca. De hecho, Maar se puso en manos de un joven Jacques Lacan, por sus «episodios psicóticos», e ingresada en una clínica. Asimismo, el poeta Paul Éluard acusó a Picasso de haberla trastornado y este se defendió diciendo que habían sido ellos, los surrealistas, los culpables de tal cosa. En cualquier caso, Maar quiso desaparecer socialmente, entregarse a la fe católica y permanecer hasta el resto de su vida en completa soledad, rodeada de fotos y pinturas de un tiempo glorioso que, en las últimas décadas, revive mediante biografías, novelas y exposiciones.

ADY FIDELIN MAN RAY PICASSO DORA MAAR JUNTO A OTROS AMIGOS EN MOUGINS EN DONDE PASARON LAS VACACIONES INVITADOS POR PAUL ELUARD ADY FIDELIN MAN RAY PICASSO DORA MAAR JUNTO A OTROS AMIGOS EN MOUGINS EN DONDE PASARON LAS VACACIONES INVITADOS POR PAUL ELUARD LREl arte como forma de vida

Es el caso de una investigación reciente aparecida en Estados Unidos: «A Vast Horizon: Artists and Lovers, Freedom and War» (editorial Simon and Schuster), de la biógrafa británica Anna Thomasson, que tuvo al alcance diversas fotografías muy útiles para entender el entorno que se había propuesto estudiar. Y es que muchas imágenes condensan el espíritu de una época y sobreviven como testimonio de un mundo que está a punto de desaparecer. Eso ocurre con la imagen que Lee Miller tomó durante un picnic en la isla de Sainte-Marguerite, frente a la Costa Azul, en el verano de 1937. Bajo la sombra de los pinos, un grupo de artistas comparte vino, conversaciones y risas. Las mujeres han dejado caer los vestidos hasta la cintura para tomar el sol, mientras los hombres observan la escena con absoluta naturalidad.

Allí están Picasso y Maar, Man Ray, Roland Penrose, Paul y Nusch Éluard, Eileen Agar y la joven bailarina Ady Fidelin. Dos años después Europa estará inmersa en la Segunda Guerra Mundial y para aquella generación de creadores que entendió el arte como una forma de vivir ya nada será lo mismo. En este sentido, el libro no pretende ser una nueva biografía de Picasso ni otra historia del surrealismo, dado que Thomasson centra la atención en una comunidad artística cuyas vidas permanecieron profundamente entrelazadas durante una década decisiva para la cultura europea. Lo que le interesa no es únicamente qué pintaban, fotografiaban o escribían, sino cómo convivían, cómo se influían mutuamente y de qué manera la amistad, el deseo y la creación terminaron formando parte de un mismo proyecto vital.

La luz ante la oscuridad

El escenario inicial es el Hôtel Vaste Horizon, una pequeña pensión situada en Mougins, cerca de Cannes. Durante aquel verano de 1937 el establecimiento acogió a los artistas e intelectuales referidos, que alternaban jornadas de trabajo con baños en el Mediterráneo, excursiones, largas comidas y continuas sesiones fotográficas. Picasso pintaba; Lee Miller documentaba la vida cotidiana con su cámara; Man Ray experimentaba con nuevas imágenes; Paul Éluard escribía; Dora Maar alternaba la fotografía y la pintura; en fin, Roland Penrose, Eileen Agar, Nusch Éluard y Ady Fidelin participaban en un ambiente donde las fronteras entre trabajo, amistad y vida privada apenas existían. La autora sostiene que aquella convivencia fue mucho más que unas vacaciones compartidas. Allí cristalizó una manera de entender la creación artística basada en la colaboración permanente. Los protagonistas se retrataban unos a otros, posaban para cuadros, comentaban sus obras, compartían ideas y construían una red de influencias recíprocas que resulta imposible separar de sus producciones individuales, de ahí que el libro muestre hasta qué punto muchas de las imágenes más conocidas del surrealismo nacieron precisamente de esa convivencia cotidiana.

Especial atención merece Ady Fidelin. Nacida en Guadalupe, bailarina y modelo, fue pareja de Man Ray durante varios años y protagonista de numerosas fotografías y retratos. Sin embargo, tras la marcha del artista a Estados Unidos al estallar la guerra, desapareció prácticamente de los relatos sobre el surrealismo. Thomasson reconstruye su trayectoria y devuelve visibilidad a una mujer cuya presencia resultó decisiva en aquel círculo artístico. Del mismo modo, dedica amplios pasajes a Maar, cuya carrera quedó durante demasiado tiempo reducida al papel de compañera sentimental de Picasso, o a Eileen Agar, una de las representantes británicas más destacadas del surrealismo, cuya obra rara vez ocupa el lugar que merece en las historias del movimiento. También Nusch Éluard adquiere una dimensión propia. Habitualmente recordada como esposa del poeta Paul Éluard, aparece aquí como una personalidad esencial dentro del grupo, modelo, actriz y colaboradora activa de la resistencia cultural francesa durante los años de la ocupación nazi.

La fotografía constituye precisamente la columna vertebral de la investigación. Thomasson parte de cientos de imágenes tomadas por los propios protagonistas para reconstruir sus relaciones personales. Muchas son escenas domésticas, juegos en la playa, comidas, retratos improvisados o paseos. Otras documentan el proceso creativo de algunos de ellos. La autora analiza cada fotografía como si se tratara de un documento histórico, identificando gestos, posiciones, ausencias, complicidades y cambios que permiten comprender mejor la evolución del grupo. A ese material visual se suman cartas, diarios, poemas, memorias y testimonios personales, lo cual hace del libro casi un collage, donde las voces de los protagonistas se alternan constantemente.

Pero, por supuesto, el aspecto clave del libro, más allá de mostrar una cotidianidad conformada por una mirada liberal de la mente y el cuerpo humanos, y del sexo sin prejuicios ni tapujos, es la manera en que se contrapone el clima de libertad vivido durante aquel verano con el progresivo deterioro político de Europa. Mientras el grupo disfruta de los días luminosos de la Costa Azul, el continente se encuentra al borde del colapso; no en balde, Picasso trabaja en el «Guernica», convertido ya en un símbolo de la barbarie desencadenada por la Guerra Civil española. El ascenso del fascismo y la amenaza de un nuevo conflicto aparecen como un rumor constante que terminará irrumpiendo de lleno en las vidas de todos ellos.

La segunda parte del libro sigue a los protagonistas durante la guerra y demuestra cómo esa comunidad artística respondió de formas muy distintas al desastre europeo. Lee Miller abandonó la fotografía de moda para convertirse en una de las grandes corresponsales gráficas del conflicto. Sus imágenes de los campos de concentración liberados y de la Alemania derrotada forman hoy parte de la memoria visual del siglo XX. Picasso permaneció en París durante la ocupación, trabajando bajo la vigilancia del régimen nazi y viendo cómo buena parte de su producción era calificada de arte degenerado. Éluard colaboró con la Resistencia francesa y escribió algunos de los poemas clandestinos más difundidos durante la ocupación. Man Ray regresó a Estados Unidos, mientras otros miembros del grupo conocían el exilio, la persecución o la pérdida definitiva del mundo que habían compartido pocos años antes.

HOTEL FLORIDAHOTEL FLORIDA LRUn tesoro bajo la cama

Dora Maar almacenó material fotográfico que salió a la luz a su muerte; según Dujovne, «viviría sus últimos años rodeada de un tesoro»: por ejemplo, las fotografías que sacó en su visita a Barcelona y la Costa Brava en 1932 y muchas otras de los siguientes cuatro años en París. De tal modo que «después de su muerte, su viejo departamento del número 6 de la calle Savoie fue invadido por hombres de leyes o de negocios alterados con un hilo de baba en la comisura y ojos como faroles. Se disponían a buscar los tesoros de Picasso, guardados durante cuarenta años por la anciana reclusa». Y en efecto, alguien «se agachó a mirar bajo la cama y lo que halló fue una montaña de fotos que llevaban la firma de Dora Maar, cubiertas de polvo».

Otro grupo de artistas en la guerra

Hotel Florida, en la plaza Callao (en la imagen), fue el lugar desde donde Amanda Vaill partió para la escritura de una extraordinaria crónica de la Guerra Civil española que se publicó en la editorial Turner; el hotel «se había convertido en un refugio para un grupo abigarrado y políglota de periodistas extranjeros, pilotos franceses y rusos, así como de una variada gama de damas de la noche». Por allí pasaron tres parejas decididas a informar sobre el conflicto: «Hemingway y su compatriota y también escritora Martha Gellhorn; los fotógrafos Robert Capa y Gerda Taro; y Arturo Barea e Ilsa Kulcsar, encargados de la oficina de censura de prensa extranjera de Madrid». Para todos ellos la guerra será un punto de inflexión decisivo tanto en su vida como en su trayectoria profesional; el afán por la aventura les corre por las venas, parecen desconocer el miedo y se propondrán desentrañar «la verdad» de lo que empezó en julio de 1936. Un rasgo común: cada uno participa en la guerra diciéndose que una nueva vida –en contraste con la anterior, frustrante, o presidida por el peligro y la huida– es posible.