Lo que pasó en 2012 con Searching for Sugar Man, el documental dirigido por Malik Bendjelloul que narra la vida y obra del músico Sixto Rodriguez, fue algo más que el triunfo de una buena historia y un Oscar inesperado: supuso la fuerza motriz de un revival para el género. Más allá de la polaridad y la potencia que albergan conceptos como éxito o fracaso, es en la escala de grises en donde reside el magnetismo de lo que allí se cuenta.
La configuración de este formato —a caballo entre el cine, el periodismo y el marketing— sigue gozando de una reconocida buena salud y destaca por su falta de rigidez. Mediante este artefacto cultural se ilustran grandes trayectorias, carreras a mitad de recorrido o historias de nicho. Puede focalizarse sobre un momento de alta creatividad, delicado en términos de salud o relatar de manera estresada y satírica a la industria musical, como es el caso de The Moment (2026): el falso documental protagonizado por Charli XCX donde se interpreta a sí misma y hace gala de humor inglés. El primer mandamiento no escrito del documental musical reside en evitar parecer un videoclip largo. El segundo: aportar contexto y generar legado. “Es importante que en 10 o 15 años este material tenga sentido en la memoria colectiva. Lo que estás generando es archivo para futuras generaciones”, destaca Mireia Gubern, directora de la plataforma de streaming CaixaForum+.
El afán de control puede frustrar el resultado, según Toni Querol, director artístico del festival de cine documental In-Edit Barcelona. “En el equipo notamos cuando han querido controlar todo tanto que han dejado un poco sin vida a la película”. Para Marta Miramón, premium content manager de Sony Music España, la “vulnerabilidad” y la “conexión real” son esenciales para una buena película. Como ejemplos cita Cuando nadie me ve (2026), donde Alejandro Sanz aborda su depresión, y Soy Céline Dion (2024), en la que la canadiense habla de su síndrome de persona rígida.