El Eujubasket de 1976 convirtió a Santiago en capital del baloncesto europeo de formación. España logró el bronce ante potencias como Yugoslavia y la Unión Soviética. El torneo también marcó el inicio de la trayectoria de Pepe Casal con las selecciones. Medio siglo después, recuerda la concentración, el ambiente y aquella generación histórica.
¿Cómo empezó su relación con aquella selección?
Yo había comenzado en 1975 con la preparación física en el baloncesto. En España apenas se trabajaba específicamente en ese ámbito: lo hacíamos en el júnior del Obradoiro y también en el Estudiantes, con Ignacio Pinedo como entrenador y Bernardino Lombao como preparador físico. Cuando llegó el Campeonato de Europa, la selección se concentró en Santiago. Primero estuvo en el Colegio Mayor Fonseca y después en el Hotel Peregrino. Yo ya conocía a Lombao de la residencia Blume de Madrid, donde había estado becado como atleta, y también había sido profesor mío en el Curso Nacional de Entrenadores. Me pidió que colaborase con él y el Obradoiro ayudó en lo posible. Pinedo era el entrenador, Aíto García Reneses ejercía como ayudante y Lombao era el preparador físico. Yo gestionaba los entrenamientos en las pistas universitarias y en el pequeño gimnasio que había allí. Cuando Lombao decía que había que buscar un sitio para correr, nos íbamos a O Xirimbao.
¿Cómo terminó asumiendo la preparación física?
Todo cambió cuando Rafael Blanquer consiguió la mínima para los Juegos Olímpicos de Montreal. Lombao decidió marcharse con él, y la selección se quedó sin preparador físico. Pinedo me llamó para una reunión. Aíto también estaba presente y me preguntaron si me veía capacitado para asumir la preparación física. Aunque me temblaban las piernas, contesté con mucha seguridad que sí. Continué con la preparación y creo que el trabajo previo, unido al que realizamos durante la fase final, fue muy bueno. Todo aquello ayudó a que España consiguiese una medalla de bronce merecidísima gracias al esfuerzo de todos.
Romay estaba empezando y parecía una pegatina al lado de Belostenny y Tkachenko».
¿Tenía un mérito especial competir contra esas selecciones?
Muchísimo. No hablamos de la Rusia actual, sino de la Unión Soviética, que integraba otras repúblicas. Lo mismo ocurría con Yugoslavia, que concentraba a jugadores de las futuras Bosnia, Croacia o Eslovenia. Eran auténticas superpotencias. España tenía una enorme desventaja de altura. Fernando Romay estaba empezando y, al lado de Aleksandr Belostenny y Vladímir Tkachenko, parecía una pegatina. Tkachenko medía alrededor de 2,24 metros y Belostenny, 2,18. Romay, con 2,13, parecía pequeño junto a ellos. Recuerdo al conserje del antiguo Colegio Peleteiro, el señor Varela, que ante las bajas escaleras de acceso al gimnasio me decía: «Señor Casal, ¿cómo van a entrar esos dos animales ahí dentro?». Finalmente bajaron completamente agachados. Aquella era la cancha suplente porque en Santiago había muy pocas instalaciones.
¿Qué jugadores recuerda especialmente en aquel campeonato?
Hace poco me encontré en el funeral de Eduardo Portela con Nacho Solozábal, que era el base titular, y Perico Ansa, uno de los aleros. Estuvimos recordando aquellos tiempos. También estaban Josean Querejeta, Juan Manuel López Iturriaga, Epi, Quim Costa, José María Ferrer, Ricardo Gaínza, Ignacio Garayalde y, por supuesto, Quino Salvo. Epi dio allí un salto enorme. Al principio no figuraba en todas las quinielas, pero terminó siendo muy importante y pasó a convertirse en uno de los grandes jugadores de Europa. Romay también vivía sus primeros pasos internacionales y todavía no era el jugador que sería después.
¿Cómo era el trabajo durante la concentración?
Trabajábamos muchísimo. Recuerdo ir alguna vez corriendo desde el Hotel Peregrino hasta el pabellón de Sar. Al llegar, los jugadores se cambiaban de zapatillas, terminaban la parte de preparación física y después hacían el entrenamiento con balón. España solamente tenía un jugador verdaderamente alto, que era Romay, y todavía estaba empezando. Cuando saltaba a la pista defendíamos en zona 2-3 y todo el banquillo lo animaba. Cada vez que ponía un tapón o cogía un rebote, la alegría era tremenda. Fue una concentración muy bonita y divertida, pero también muy dura. El equipo compitió muy bien y contó con un apoyo impresionante. El pabellón se llenaba.
Era aquel equipo el origen de una generación histórica, parecido a los júniors de oro?
Creo que el Eujubasket de Santiago fue, en cierto modo, la génesis de la selección que consiguió la plata en los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 1984. En aquel campeonato estuvieron cuatro jugadores que después formarían parte de ese equipo: Iturriaga, Romay, Solozábal y Epi. La generación de los júniors de oro fue completamente distinta y muy posterior. Allí estaban Navarro, Raúl López, Felipe Reyes, Germán Gabriel y Pau Gasol. Curiosamente, Pau era el cuarto pívot de aquella selección y dos meses después ya jugaba la Euroliga con el Barcelona.
¿Cómo vivió Santiago el torneo?
La ciudad se volcó por completo, y no solamente Santiago, sino toda Galicia. Venía muchísima gente para ver los partidos. Para los aficionados fue el primer gran acontecimiento internacional de baloncesto celebrado aquí. El pabellón estaba siempre lleno y el ambiente era extraordinario. Para mí también representó el comienzo de mi trayectoria. Al año siguiente nombraron a Aíto seleccionador juvenil y me preguntó si quería acompañarlo como preparador físico. Ya me lo planteó al terminar aquel campeonato y le dije que sí. Aquello me permitió iniciar mi carrera con las selecciones españolas. Estuve con la juvenil, la júnior, la sub-23, la femenina y la absoluta. Tuve la suerte de pasar por todas, pero mi comienzo estuvo en aquel Eujubasket. Sin esa oportunidad, probablemente ahora no estaríamos hablando de todo esto.