Algunos piensan que ha vuelto Homero este verano de cines a diez euros, pero tal vez convendría afirmar que nunca se fue. Lo he escrito … muchas veces: la civilización occidental, que no la historia, echó a andar en una playa troyana. Plagas de peste, hombres piadosos e iracundos, muerte y destrucción, mujeres violadas y sedientas de hogar, no hay nada en nuestro mundo actual que no se haya contado ya en hexámetros dactílicos hace casi tres mil años. Lo de Nolan es solo un recordatorio, el último en llegar: tras Troya, todo es interpretación, como si la Humanidad no pudiera salir nunca de esas playas.

Apagados los fuegos de la ciudad, Homero cuenta la vuelta de los héroes. Es el relato fundacional, la maduración del ser. Si Troya fue el nacimiento, las aguas del Egeo surcadas por marineros desarrapados suponen la consagración. ‘La Odisea’ enfrenta al ser humano con sus miedos y pasiones. No navegan héroes buscando su hogar, sino hombres de carne y hueso que se pierden en un laberinto tan intricado y cotidiano como la vida misma.

No podemos desprendernos de ‘La Odisea’ porque es la piel que habitamos, porque bajo nuestros ojos mira un pequeño Ulises con voluntad de decidir sus propios días, porque en cada hijo descansa un Telémaco que añora volver a ver a su padre, porque Penélope no es solo una espera, sino el anhelo y la esperanza, el gobierno sensato mientras los estados se desmoronan. El relato homérico está tan inmerso en nuestra idiosincracia que salpica cada gesto de nuestro cuerpo. ¿Quién no se ha dejado vencer por la melodía de las sirenas o se ha atado a un mástil para soportar su canto? ¿Quién no ha gastado tiempo y vida en las playas de Calipso, nublando su memoria y el juicio? ¿Quién no ha deseado llegar a Ítaca y la ha confundido con los fuegos fatuos de los primero faros al anochecer?

Incluso sin haberla leído, ‘La Odisea’ descansa en nuestro imaginario. El mismo Dante se encuentra en el Canto XXVI de su ‘Divina Comedia’ con Ulises, y este le cuenta su viaje más allá de las columnas de Hércules, el estrecho de Gibraltar. Dante no había podido leer La Odisea porque desconocía el griego, y esta no había llegado aún al Occidente medieval. Su trayectoria por el Atlántico no es un error, sino la constatación de que Homero y sus historias de marineros que vuelven a casa son patrimonio común, y su égida tan poderosa que aunque no la hayamos leído, vive dentro de nosotros.

Sí, dentro de nosotros, por eso aparece su perfil en cada gesto cotidiano, en los inmigrantes que llegan a nuestras costas, en los vencedores y sus relatos, en los tumultos que visitan los turistas todos los veranos. La apreciamos en nuestra carne, en nuestro apellido, en los bostezos por una vida que se nos escapa y que creemos diminuta, en nuestras ensoñaciones de ser héroes, al menos por un día. Nos despertamos creyendo que el Egeo es una ilusión, que los lestrigones no son gigantes, que Caribdis no nos atrapará, que mejor no llegar a Ítaca tan pronto, si Ítaca quiere decir hipotecas, desvelos y sesiones de gimnasio. Nos acostamos con los ojos velados por el esfuerzo de vivir, soñando, tal vez, que ningún Homero cantará nuestra cotidianidad.

Pero ignoramos que la esencia de Odiseo reside en que fue como nosotros, un hombre que amó y odió, que echó de menos, que traicionó a los amigos y a su mujer, que mantuvo su voluntad de volver a encontrarlos para sobrevivir a la historia y al miedo y pedirles perdón por su larga ausencia. Y al despertar, solamente en esos primeros instantes del nuevo día, descubrimos que Troya sigue ardiendo dentro de nosotros, al otro lado de la ventana, aunque no veamos los caballos de madera y el Egeo sea una pista de asfalto.