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La evasión de impuestos y la corrupción política son tan antiguas como la civilización misma. La prueba la ha encontrado un equipo internacional de arqueólogos que acaba de desenterrar los detalles de un monumental escándalo de corrupción en el ocaso del Imperio romano. El hallazgo ha tenido lugar en la antigua ciudad de Estratonicea (en la actual región de Caria, al suroeste de Turquía).
Allí, las piedras han comenzado a hablar gracias al trabajo de investigadores como el doctor Paweł Nowakowski, de la Universidad de Varsovia, y el profesor Mustafa Adak, de la Universidad de Akdeniz. Lo que inicialmente parecía un poema honorífico tallado en mármol, ha resultado ser un decreto imperial del año 480 d.C. que intentaba frenar una sangría económica que llevaba más de quince años arruinando a los ciudadanos.
El ingenioso timo de los recibos en blanco en Anatolia
El epicentro de este escándalo se encontraba en las vastas propiedades de Placidia, hija del emperador romano de Occidente, Valentiniano III. Los habitantes de la región debían pagar sus impuestos, ya fuera en moneda o en especie (productos agrícolas). Hasta aquí, todo normal. El problema radicaba en el «modus operandi» de los recaudadores locales.

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Según han revelado los nuevos fragmentos epigráficos, estos funcionarios corruptos habían perfeccionado un sistema de fraude brillante por la sencillez de su método: emitían recibos de pago en los que omitían deliberadamente la cantidad entregada y la unidad de medida; es decir, daban a los contribuyentes un recibo «en blanco». De esta manera, el ciudadano se quedaba sin pruebas reales de lo que había pagado. Los recaudadores exigían sumas exorbitantes a los locales, pero en los libros de cuentas que enviaban a la capital, Constantinopla, anotaban cifras muy inferiores. Y se quedaban con el resto, claro.
La jugada maestra consistía en embolsarse la jugosa diferencia. Este expolio sistemático se prolongó durante al menos quince años, a pesar de las quejas desesperadas que los ciudadanos enviaban a la administración imperial desde el año 465 d.C.

Salseo político en el Imperio romano.
Una amenaza imperial sin precedentes: la pena de muerte
La situación llegó a ser tan insostenible que el 1 de agosto del año 480 d.C., Flavio Ilo Puseo Dionisio, prefecto del pretorio de Oriente (uno de los cargos más altos del Imperio romano), decidió tomar cartas en el asunto de forma drástica. Emitió un decreto implacable, enviando a un comisionado especial a Caria con un ultimátum: tenía hasta el 1 de diciembre para erradicar el fraude, bajo amenaza de confiscarle todos sus bienes si fracasaba.
Pero lo verdaderamente asombroso del documento es el castigo reservado para los recaudadores corruptos. Mientras que en otros once decretos imperiales conocidos de la época (entre los siglos IV y VI) las irregularidades fiscales se castigaban con fuertes multas, Dionisio dio un paso más allá y decretó la pena de muerte para todo aquel que siguiera emitiendo recibos incompletos o en blanco.
Como señala Nowakowski, esta severidad extrema sugiere que el Imperio no solo veía esto como un delito financiero, sino como un acto de abierta rebeldía y traición contra la autoridad imperial. Nadie roba al Imperio y vive para contarlo.

Los recaudadores de impuestos idearon una estafa tan descarada que el mismísimo Imperio amenazó con la pena de muerte a los culpables.
Dr. Paweł Nowakowski
El irónico (y trágico) final del prefecto justiciero
La historia, sin embargo, tiene un giro insólito. El prefecto Dionisio, el hombre que alzó la voz contra la corrupción y amenazó con la muerte a los estafadores, nunca llegó a saber si su decreto tuvo éxito, pues antes de que se cumpliera el plazo del 1 de diciembre estipulado para solucionar el problema, él mismo fue acusado de conspirar contra el emperador Zenón. Irónicamente, el justiciero fiscal fue condenado y ejecutado ese mismo año. A pesar de su abrupto final, la existencia de copias de su decreto en ciudades como Estratonicea, Milasa y Ceramo demuestra que su orden fue publicada y, muy probablemente, acatada.
Más allá de esta curiosidad, este descubrimiento nos muestra cómo funcionaba la burocracia romana hace más de mil años. Y, al comparar las inscripciones de las distintas ciudades, los expertos se dieron cuenta de que los textos no son copias exactas. Los canteros locales tenían cierta libertad para adaptar el vocabulario y el orden de las palabras a las tradiciones de cada ciudad, demostrando que la ley romana era, en su aplicación visual, algo flexible. Esto no es todo. El detalle más interesante es la firma. Al final del texto en griego, los artesanos lograron tallar en la dura piedra una réplica exacta de la firma manuscrita en latín del prefecto Dionisio.