La expresión ‘ver a un bebe fumando’ suele referirse a una situación o imagen que resulta profundamente antinatural, chocante, fuera de lugar o contradictoria, la cual presenta una incongruencia absoluta.

A mí me gusta usar esta frase cuando veo una película de un director de impronta muy personal y marcada que no tiene absolutamente nada que ver con el resto de su filmografía en términos de estilo, tono, género y temática. Pese a que muchas veces esto de resultados nefastos, no implica que siempre sea algo malo, debido a que hay casos donde funciona, aun siendo chocante si se pone en perspectiva junto al resto de las películas del director.

Cabe señalar que esta máxima no se aplica a autores de la talla de Stanley Kubrick, Jacques Audiard o Paul Thomas Anderson, debido a que siempre están reinventándose y rara vez hacen una película de características similares 2 veces. Por ello me centraré en casos que fueron rupturistas con respecto a un estilo muy solidificado.

‘El reportero’ (1975)

Michelangelo Antonioni fue uno de los autores europeos más reconocidos de los años 60 gracias su trilogía de la incomunicación compuesta por La Aventura, La Noche y El Eclipse, a lo que le siguieron El Desierto Rojo y Blowup. Todas estas cintas eran dramas protagonizados por burgueses que versaban acerca de la alienación moderna, el aislamiento emocional, la incapacidad de comunicarse y el vacío existencial.

Dada esta constancia temática, una película como El Reportero es algo extraña, pues se trata de un thriller protagonizado por Jack Nicholson, quien da vida a David Locke, un periodista que se embarca en una investigación sobre los mecanismos que permiten implantar regímenes dictatoriales en África.

Si bien es cierto que la construcción de todo el ambiente de suspense sigue la lógica que el cineasta había trabajado hasta ese punto, el hecho de pasar de dramas intimistas a un thriller político es algo muy inesperado y extraño. Al fin y al cabo, su estilo funcionaba de maravilla para complejos estudios de personaje, pero no tanto para películas de intriga política.

‘El pequeño Buda’ (1993)

Esta película, al igual que El Último Emperador y El Cielo Protector, se puede situar dentro de la etapa internacional de Bernardo Bertolucci, en la que exploró el choque cultural entre Oriente y Occidente.

La trama sigue a Jesse Konrad, un niño que vive con sus padres en Seattle, que un día conoce a una delegación de monjes budistas que afirman que él es la reencarnación del lama. Pese a que en un principio se niega, a medida que Jesse va conociendo a los monjes y la historia del budismo, comienza a convencerse de que es verdad.

Pese a tener una continuidad temática con sus 2 películas anteriores en lo que al choque de culturas se refiere, esta obra entrañable pero no muy memorable posee un tono de película familiar que se aleja por completo de toda su obra, la cual siempre había destacado por ser profundamente adulta, rallando muchas veces en el terreno de lo perturbador. 

Por otra parte, también abandona otra constante en su cine como lo era la sexualidad, tópico explorado de alguna u otra forma en todas sus cintas a excepción de esta, e implementa un prisma fantástico a la hora de mostrar los orígenes de Buda (que en esta peli fue interpretado por Keanu Reeves.

‘The Grandmaster’ (2013)

La filmografía de Wong Kar-wai se compone de títulos de fuerte propuesta estética como Fallen Angels, Happy Togeher o Deseando amar, cuyo denominador común eran sus tramas centradas en el deseo, la memoria, el paso del tiempo y la imposibilidad de conectar con otras personas.

Sin embargo, The Grandmaster, que fue su última película hasta 2020, va por otro camino al ser un biopic sobre Ip Man (el maestro de Kung Fu que entrenó a Bruce Lee) que se desarrolla entre las décadas de los 30 y los 50.

Como es obvio, esta obra cuenta con escenas de acción alucinantes y una historia épica, aspectos que cuadran más a un director como Zhang Yimou que con el de Hong Kong, pues no hay rastro alguno del retrato intimista de los personajes y sus conflictos que tanto habían marcado sus anteriores trabajos. De todas formas, se trata de una película de artes marciales divertida, pese a que no cuadre con todo lo que Wong Kar-wai hubiese hecho hasta ese momento.

‘Birdman’ (2014)

La película con la que Alejandro González Iñarritu conquistó Hollywood, es uno de los casos más extremos de bebe fumando. Hasta ese momento, sus 4 anteriores cintas, aunque separadas entre las películas de historias cruzadas de la trilogía de la muerte (Amores Perros, 21 Gramos, Babel) y su incursión en la cinematografía española con Biutiful, compartían una estética cruda y realista (se saltaba mucho el eje, empleaba de forma magistral la cámara en mano), estructuras no lineales (siempre jugaba con el tiempo de sus relatos) e historias sobre la cupla, el duelo o la muerte.

Esta pauta tan intensa fue abandonada por completo con Birdman, comedia negra protagonizada por el actor Riggan Thomson, una vieja gloria que se hizo famoso por interpretar a un superhéroe en el cine y que ahora prepara el estreno de una obra de teatro en Broadway para recuperar su prestigio, al tiempo que intenta recuperar a su familia.

Es extraño que, tras realizar 4 dramas tan deprimentes y contenidos, Iñarritu apostase por hacer una comedia con tintes metareferenciales (lo cual explica que no funcionase para muchos adeptos de su cine, entre los que me incluyo) en la que renegó de su estilo tan directo en pos de una puesta en escena mucho más limpia, una fotografía que narraba a modo de falso plano secuencia toda la cinta y una banda sonora jazzística que se contrapone a las melodías de guitarra de Gustavo Santaolalla que había usado en sus otras obras. 

Lo curioso es que, a partir de aquí, Iñarritu ha adoptado la comedia meta referencial como bandera, como se pudo en Bardo y como se verá este año en Digger (la cual, por lo que se ha visto en su nuevo tráiler, parece que bebe mucho de la estética de Roy Andersson).

‘Última noche en el Soho’ (2021)

Este caso se parece al anterior y a la vez, es su antítesis. Es similar debido a que Edgard Wright también había cosechado una reputación al haber estrenado 5 largometrajes de gran éxito de manera sucesiva, pero se diferencia del mexicano en el hecho de que estas películas eran todas comedias. Ya fuese con las diferentes entregas de la trilogía del cornetto protagonizadas por Simon Pegg y Nick Frost (Zombies Party, Arma Fatal y Bienvenidos al fin del mundo), la imaginativa Scott Pilgrim contra el mundo o la desternillante película de atracos Baby Driver, Wright siempre se las ingeniaba para contar historias divertidísimas en las que el montaje era usado para construir muchos de los gags.

Entonces llegó Ultima noche en el Soho, una cinta de terror protagonizada por una joven apasionada de la moda capaz de viajar en el tiempo hasta el Londres de los años 60, donde conoce a una aspirante a cantante que se convierte en su ídolo. Sin embargo, pronto descubrirá que no todo es lo que parece, pues tendrá que enfrentarse a las oscuras consecuencias de su viaje.

Aunque es encomiable tratar de cambiar de aires, esta película no funciona debido a que se siente como una cinta de terror estándar, careciendo en todo momento del lenguaje visual propio de Wright y de su alocado uso del montaje. Por otro parte, la historia es predecible, los personajes están muy mal definidos y a grandes rasgos, ni siquiera funciona como cinta de terror, pues carece por completo de manejo de la tensión y falla a la hora de construir un ambiente inquietante.

‘Bala perdida’ (2025)

Desde luego, esta fue una de las sorpresas más extraordinarias del año pasado. Darren Aronofsky siempre había destacado por hacer oscuros dramas psicológicos como Requiem por un sueño, El luchador, Cisne Negro o La Ballena o marcadas alegorías religiosas del tipo de Pi, La Fuente de la Vida, Noé y Madre, siempre de forma intensa y seria.

Pues bien, Bala perdida no encaja ni en un grupo ni el otro, pues se trata de una comedia ambientada en el Nueva York de los años 90 que sigue a Hank Thompson, un exjugador de beisbol que trabaja de camarero cuya vida da un vuelco cuando Russ, su vecino punki, le pide que cuide de su gato unos días. Esto último hará que un grupo de gángsters comiencen a perseguirlo y amenazarlo, pues buscan algo que Hank posee.

Basada en la novela Caught Stealing de Charlie Huston (que además escribió el guion), esta película no debería haber funcionado, y, sin embargo, es una pasada. Esto se debe a que la trama de comedia de gángsteres que parece sacada de una película de Guy Ritchie se cuenta a un ritmo veloz que impide que te pierdas o confundas y a que cuenta con personajes y diálogos memorables, giros de guion constantes y escenas de acción muy elaboradas en las que el humor logra hacerse un hueco.