España soñaba con vidas perfectas a través de las revistas del corazón. Queríamos ver de cerca allá donde las expectativas de nuestro bolsillo no podían llegar. La jet set protagonizaba el papel couché con sus yates, con sus lujos, con sus veranos en Marbella. En aquellas páginas para fantasear, conocimos a Mila Ximénez. Aunque entonces era Mila Santana. Su apellido fue cambiado por un reclamo narrativo, en un país donde las famas de ellas dependían de su cualidad para cuidar de ellos. Incluso para quedar bien en la foto con ellos. Y Mila apareció en el star system español por ser mujer del tenista Manolo Santana.
Aunque su arrolladora personalidad fue abriéndole rápido puertas. Con una intuición brutal para adaptarse a las necesidades de una prensa rosa que no para de cambiar. Así fue fichada por ABC para realizar entrevistas. De ‘mujer de’ a que mujer independiente que congregaba a las personalidades de la época. Porque Mila sobre todo era periodista. En Café con Mila entrevistó a ilustres como Pedro Almodóvar, Miguel Bosé, Terenci Moix, Carmen Sevilla, Leonard Cohen o Cayetana de Alba. Algunos, hasta abrían las puertas de sus casas para recibirla. Ni se lo plantearían años después.
Mila fue encontrando su sitio reputacional y, en aquel tiempo, también empezó a ser habitual de Directamente Encarna. Su profesionalidad se amoldaba a la mesa camilla de los cuchicheos de Encarna Sánchez, que reinventó -o reventó. la manera de conversar de lo humano y divino poniéndole un poco de barro. Encarna no lo sabía o no lo quería saber, pero estaba ejerciendo el prolegómeno de la rumorología que detestaría años después. Observando además de colaborando, allí estuvo presente Mila hasta que, de repente, desapareció por completo de la esfera pública. El poder de los despechos de Encarna tenía estos efectos colaterales.
Pidió trabajo fijo a María Teresa Campos. Sin suerte. Pero estaba esperando a la vuelta de la esquina la oportunidad de Aquí hay tomate, que cambiaría su vida. Fue reclamada para rajar de Encarna Sánchez. Y no se dejó nada dentro, dejando clara su rivalidad con Isabel Pantoja. El morbo nacional estaba servido. De nuevo, Mila Ximénez se adecuaba a un nuevo tiempo de la prensa rosa: el disparo sin piedad. Eso le convirtió en rostro esencial de Telecinco. Pasó por Crónicas Marcianas, TNT, A tu lado, La Noria. Hasta convertirse en parte del elenco de Sálvame. El corazón emprendía su siguiente vuelco. Primero soñábamos con famosos inalcanzables de vidas idílicas en las fotos de las revistas, después los bajamos a tierra y nos creímos moralmente superiores al contemplar cómo se desgañitaban y, al final, empezamos a sentirnos parte de su propio reality show: convivían tantas horas en el plató de Sálvame que hacían familia. Imperfecta, familia.
Y en todo ese arco narrativo, Mila supo aclimatarse en los vaivenes del ecosistema mediático. Aunque no lo hiciera conscientemente. Pero atesoraba la materia prima de la televisión: la autenticidad. Mila Ximénez era una mujer como tantas. Con sus grandezas, con sus miserias, con sus decepciones, con sus claroscuros, con sus hartazgos. Una mujer que no estaba dispuesta a quedarse callada. Así compartía a cámara sus emociones sin demasiadas corazas, sin demasiados filtros, con mucha y aparente transparencia. También cuando tuvo que confinarse en realities como Supervivientes y Gran Hermano VIP. En este último participó un poco a regañadientes, probablemente por su lealtad y entrega a Mediaset, y allí generó célebres memes donde se mostraba con muchas más ganas de irse a su casa que de estar soportando a sus compañeros ávidos de tele. Incluso en ese mal carácter de Mila, en ese «estar harta de todo» y de solo tener ganas de que te dejen en paz, también era muy fácil conectar con ella. Representaba las reticencias del crecer y, por fin, estar por encima de lo insustancial.
Su éxito definitivo radicó en que era tan humana y vulnerable como todos. Esa proximidad es lo que le hizo ser escuchada, vista y hasta aplaudida. Mila Ximénez ha representado esa popularidad de la cercanía. Su huella es la de haber acompañado durante un buen puñado de años a un país desde la tele más a flor de piel. Como esa vecina que no puede evitar desahogarse contigo y que acaba siendo tu amiga porque la terminas entendiendo y apreciando incluso cuando te echa la bronca.