Los perros intentan escapar, metiendo el hocico entre sus rodillas y trepando uno sobre otro mientras tratan de abrirse paso a zarpazos por la puerta de cristal. Él la mantiene abierta apenas unos centímetros e intenta calmarlos. Todo el vestíbulo es de cristal: una alta puerta de vidrio plano flanqueada por altos ventanales —o paredes— también de cristal, de modo que puede verse toda la escena: él haciendo con suavidad el gesto de que los perros se sienten, moviendo la boca mientras los manda callar, ellos correteando a sus pies.
Entonces grita al otro lado del camino de entrada, a través de la rendija de la puerta: “Te van a sobar un poco durante un par de minutos y luego te dejarán en paz”. Lleva una camiseta del color de la yema de huevo sobre otra de un blanco brillante, unos pantalones de paracaidista dorados que relucen y unas zapatillas blancas. De algún modo, podría ser el look más estiloso de todos los tiempos. En el recibidor, los dos doodles, Sundae (“como en un sundae con chocolate caliente”) y Vandy (“ya venía con ese nombre”), hacen lo que él había dicho, con las uñas repiqueteando sobre el suelo de baldosas mientras dan vueltas, olisquean y jadean. Se portan bien y él está pendiente de ellos, sujetándolos por el collar para que se calmen. Cuando los perros se dan por satisfechos, o dejan de estar interesados, es cuando extiende la mano y dice, a modo de presentación: “¡Hola! Brad”. Al hacerlo, inclina la cabeza hacia atrás apenas un poco, su famoso pelo dorado se mece y él sonríe con esa sonrisa suya, la que te hace preguntarte qué ha descubierto sobre el mundo que tú todavía no sabes.

CHANTAL ANDERSON
En la isla de la cocina, que tiene el tamaño de algunas cocinas pequeñas, se pone manos a la obra. Desenvuelve una cuña de gouda amarillo del plástico retráctil del supermercado y corta casi todo el queso, colocando cuidadosamente las lonchas sobre una tabla. Después hace lo mismo con un trozo de parmesano. (Más tarde, la gente preguntará: “¿Había alguien ayudándolo? ¿Personal de servicio o algo así?”. No. Estaba Brad Pitt en su cocina cortando queso). Abre dos tipos de crackers: unos que se parecen a los Wheat Thins, pero mejores, y esos otros crujientes y de color marrón oscuro con arándanos secos o algo parecido. Después desenfunda un salami de su envoltorio de plástico y también lo corta en rodajas. Es negro por fuera, recubierto de pimienta negra. “La semana pasada estaba cortando uno de estos y me aparté un minuto. ¿Cuando volví? Había desaparecido. El salami entero”, dice mientras señala a Sundae con la cabeza. “Y, además, sin ningún problema. Pero después le di a esta una pastilla para el aliento, que la necesitaba, y enseguida empezó a dejar como regueros de vómito. ¿Sabes, de ese que cuesta limpiar? ¿Como pintura de dedos?”.
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Jersey de Prada, pantalones de Edward Sexton, mocasines de Jacques Solovière, gafas de Jacques Marie Maga, colgantes de Anita Ko, anillo de David Yuman y pulseras del propio Pitt. Fotografías realizadas en localización en Garibaldina Society de Los Angeles.
Lleva la tabla de embutidos y la cesta de crackers hasta una mesa situada al otro extremo de la habitación, cruzando la enorme extensión de la isla, pasando junto a la acogedora zona de estar frente a la chimenea de gas —que está encendida— y junto a las puertas de cristal que se abren hacia el patio que rodea la piscina y las palmeras que compró e hizo plantar a su alrededor (“porque soy un fanático de los árboles”) y, más allá, la ciudad interminable. Compró esta casa de Los Ángeles el pasado otoño. En total, ha pasado en ella tres semanas sueltas. “Las visitas se quedan con las vistas, esa es la norma”, dice mientras me señala un asiento. Saca de la nevera dos botellitas de Perrier y coge un trozo de papel de cocina para cada uno porque no sabe dónde están las servilletas. Trae unos platos de cerámica gruesa, de color azul intenso, con un alegre diseño de líneas blancas entrelazadas. Me está tratando a cuerpo de rey, le digo. “Un día más en casa de los Pitt”, responde.
Esta mañana se ha despertado a su hora, sin alarma. ¿A qué hora? Se ríe, una rápida carcajada de «ajá». “¡Da igual! Esa es la cuestión: es todo un lujo”, dice. Ha leído un rato las noticias en el teléfono. Ha hecho un poco de sudoku. Se ha metido en el gimnasio y ha sudado un poco. Se ha duchado. Ha ordenado su armario. “Digo que lo he ordenado”, puntualiza. “He movido algunas mierdas de sitio”. Se recuesta en la silla y dice, de nuevo con esa sonrisa: “Sí, un buen día de los de siempre”.
Si esta fuera una historia sobre mi vecino o sobre mi cuñado Joe, por interesante que sea Joe, no habrías leído hasta aquí. Un tipo abre la puerta, un tipo calma a los perros, un tipo saca un poco de queso y unos crackers. Un tipo ha ordenado su armario por la mañana. Pero esta es una historia sobre Brad Pitt, que ocupa el 1 % superior del 1 % superior de todas las estrellas de cine, no solo de la actualidad, sino de todos los tiempos, según cualquier baremo que prefieras: talento puro, ingresos totales, belleza, recaudación en taquilla, magnetismo natural, calidad general y valor como entretenimiento del conjunto de su obra hasta el momento. Y también misterio. Su prolongado divorcio de Angelina Jolie, cómo sus hijos no le hablan y, según se ha publicado, han dejado de utilizar su apellido…, sea cual sea la desgarradora situación que esté ocurriendo entre ellos: quizá hayas oído hablar de todo esto y puede que sea parte del motivo por el que sigues leyendo.
Una vez se desvanece la novedad de ver a Brad Pitt preparando aperitivos comprados en el supermercado, lo que viene después se ajusta a las convenciones de esta clase de encuentro. Tiene una película nueva, que es, por supuesto, aquello de lo que me ha invitado a su casa para hablar. Pero resulta que la película trata de algo real para él. Resulta que habla de resistir ante la desesperación y aferrarse a destellos de esperanza y, cuando entramos en ese terreno, este encuentro, esta tarde, se transforma en algo inesperado. Incluso insólito. No lo vi venir.
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Chaqueta de Hermès, camiseta de Charvet, pantalones de Edward Sexton, anillo de David Yuman.
“¿Recuerdas el episodio de Beavis y Butt-Head…?”. Estamos hablando de envejecer y acabamos de establecer nuestra diferencia de edad: once años. (Pitt tiene 62). Se ríe y, durante una fracción de segundo, suena como Floyd, el fumeta al que interpretó en Amor a quemarropa, que se estrenó hace más de tres décadas. “No recuerdo la situación, pero una persona mayor les estaba echando la bronca y la réplica era simplemente [con voz de Beavis]: ‘Eres viejo’. [Se ríe]. ¡Ese era el insulto!”. Sus ojos son tan azules, vivaces y seductores como en aquella habitación de motel de Thelma y Louise, antes de que la mayoría de la gente conociera su nombre. Pero tiene 62 años y antes había muchos tipos mayores que él. Hombres como Redford, Hackman, Newman, Duvall, Sutherland. “Es un relevo extraño”, dice, interrumpiendo lo que estaba haciendo. “Había un colchón reconfortante por encima de nosotros y ahora, al haberse ido todos ellos, en cierto modo es como perder a tus padres. Tú eres la última parada”.
Robert Redford tenía 55 años y ya era una leyenda cuando dirigió a Pitt en El río de la vida, en 1992. (También hicieron juntos Spy Game en 2001, dirigida por Tony Scott: “¡Ese es otro cabrón al que echo muchísimo de menos! Era único”). Hoy Pitt no siente demasiado aprecio por su interpretación en El río de la vida como Paul Maclean, el temerario hermano pequeño, el chico que descendía rápidos, salía con mujeres nativas americanas, apostaba demasiado y murió joven. Pero se adueñó de la película y, tres años después, recibió su primera nominación al Oscar, como mejor actor de reparto, por Doce monos, de Terry Gilliam. “Dios, quiero recuperar mis cincuenta”, dice, clavando la mirada en mí durante un segundo. “Haría más cosas. Los cincuenta son… Tío, cualquier cosa que tengas en mente, hazla. Ve a por ella. Ve a por ella ahora”.
Estuve sobrio durante siete años. Y después volví a caer. Un par de veces me confié demasiado y pensé: esto no me conviene. No en grandes cantidades. Puedo tomarme unas cuantas. Pero no muchas. Tengo que tomármelo con profesionalidad
En la cincuentena, Pitt protagonizó once películas, produjo diecisiete y ganó un Oscar como mejor actor de reparto por Érase una vez en… Hollywood. También está atacando con fuerza los sesenta. Acaba de salir de dos años y medio de trabajo ininterrumpido, la racha más larga de su carrera. Primero llegó el estreno del taquillazo F1: La película, incluida una larga gira internacional de prensa. Después rodó, uno detrás de otro, En el corazón de la bestia, una intensa historia sobre un hombre y su perro que se estrenará este otoño y que filmó en Nueva Zelanda; una nueva película escrita por Quentin Tarantino y dirigida por David Fincher, en la que Pitt retoma su papel ganador del Oscar como el especialista de cine de Hollywood Cliff Booth; y, terminada hace solo unas semanas, The Riders, un oscuro thriller que se estrenará el año que viene.
Nos bebemos bastante rápido las botellitas de Perrier y le señalo que antes me ha ofrecido vino. En una entrega de premios de 2020, dio las gracias a su amigo Bradley Cooper por ayudarlo a dejar de beber, y el pasado junio habló con mayor profundidad sobre su sobriedad en el pódcast Armchair Expert, de Dax Shepard. Le pregunto si el vino es solamente para las visitas. “No, yo… Estuve sobrio durante siete años. Y después volví a caer”. Se ríe un poco. Levanta sus famosas cejas, inclinadas en direcciones opuestas como dos signos diacríticos, y alza un dedo: “De una manera más contenida. Un par de veces me confié demasiado y pensé: esto no me conviene. No en grandes cantidades”. “Puedes tomarte una copa de vino”, le digo. “Sí. Bueno… Puedo tomarme unas cuantas. Pero no muchas. Tengo que tomármelo con profesionalidad”.
De todos modos, ahora le gustan las mañanas, y puedes perderte una mañana preciosa si bebes demasiado la noche anterior, y beber tanto ya no le resulta tan interesante. Las mañanas son interesantes y no quiere que se le escape ninguna más sin verla. Ni siquiera en un día como hoy. Su casa ofrece unas vistas de la ciudad propias de una revista de viajes, pero hoy las nubes borran el azul de horizonte a horizonte, como algodón estirado. Es algo habitual en esta época del año, pero la mayoría de los anfitriones se habrían disculpado porque el cielo no estuviera azul el día de mi visita. Pitt no. Contempla el cielo, sonríe y dice: “El gris de junio. Me encanta el gris de junio. Es mucho más contemplativo e introspectivo”. Mira hacia fuera con una sonrisa orgullosa, como si hubiera construido la ciudad él mismo y dispuesto las vistas. “Precioso”.
El Mundial está puesto, sin sonido, en una televisión de pantalla plana. Paraguay-Alemania. Pitt mira ocasionalmente hacia su derecha para ver qué está ocurriendo. En lugar del sonido del partido, por el altavoz Bluetooth suena una y otra vez un álbum que lleva una semana escuchando en bucle: So Help Me God, de Kelsey Lu, cantante y violonchelista. Es una música de ensueño, carnal; la voz de Lu es una cinta volando al viento. Una cálida brisa de Los Ángeles llena la habitación, los doodles duermen y, por un momento, este buen día de los de siempre parece encontrarse fuera del tiempo. Ha traído un cuenco de uvas verdes y tersas, con la piel mojada, y va arrancando algunas del racimo y metiéndoselas en la boca de una en una, como si fueran palomitas.
La mala interpretación me saca de quicio. Por eso no puedo ver porno
En la pantalla, un jugador paraguayo tropieza, rueda por el césped como un muñeco de trapo y se agarra la pierna como si se la hubieran cortado con una motosierra. “Voy a empezar a dar clases para tirarse, porque estos tipos son malísimos”, dice. Se levanta y finge una caída. Deja las manos flácidas desde las muñecas, trastabilla y hace una mueca de dolor exagerado y falso. “Es de las peores interpretaciones que he visto en mi vida. Sé que forzar una falta forma parte de la picaresca del juego, pero, tío, necesitan muchísima ayuda. Y voy a empezar por Neymar porque, por mucho que se mueva como un bailarín de ballet sobre el campo, tío, necesita ayuda. Voy a enseñarle a venderlo, a hacerlo con contención y a no repetirlo demasiado para que parezca real. Tengo todo un programa de estudios”.
Se acerca a la nevera para buscar más hidratación: esta vez, dos latitas de agua con gas de pomelo. No ha terminado con el tema. “Es una de esas cosas que se aceptan pero que no le gustan a nadie, como la interpretación de los años cuarenta, cuando las actrices se desvanecían”. Se lleva el dorso de la mano a la frente y dice con voz aguda de mujer: “‘¡Dios! La mala interpretación me saca de quicio. Por eso no puedo ver porno”.
[Sobre James Gandolfini] Sentí que estaba viendo al mejor Brando durante dos días seguidos. Yo era solo un pasajero, disfrutando de cada minuto
Pitt es aficionado a la interpretación como un niño pequeño lo es al béisbol. La estudia, es un entusiasta de la misma. Cuando habla de un actor o de una interpretación que le encantó, lo hace a ráfagas de admiración, con su voz relajada y arenosa llenándose de asombro. Basta con mencionar a James Gandolfini, por ejemplo, para que de pronto adopte un tono reverencial y susurre: “Dios, qué bien estaba en Mátalos suavemente”, un estupendo y nervudo thriller de 2012. “Aquella escena del hotel. Sentí que estaba viendo al mejor Brando durante dos días seguidos. Yo era solo un pasajero, disfrutando de cada minuto”. El otro actor con el que Pitt compartía más escenas en aquella película era Richard Jenkins, el sobrio, conmovedor y divertidísimo actor secundario. “¡Jenkins!”. Levanta las manos, se le ilumina toda la cara con una sonrisa y emite un sonido como si acabara de probar el mejor bocado de tarta de su vida.
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Camisa de Louis Vuitton Men, pañuelo de Charvet, camiseta y pantalones vintage.
“También es uno de mis favoritos de todos los tiempos. Entablé amistad con él al instante. Nunca decepciona. Es jodidamente divertido”. Lo ve todo. Se define más como espectador que como lector. (Exceptuando los guiones. Como actor y productor, lee muchos guiones). La mayoría de las noches se queda dormido viendo alguna serie. El Pingüino, con Colin Farrell. Esa fue un de ellas. “¿Cómo expresas emociones como lo hizo él con una capa de goma sobre la cara? Te lo digo, es imposible sacar ninguna emoción, ¡pero él lo hizo! Y con una cojera, y teniendo que pasarse horas en la silla para las prótesis… Eso me vuelve loco. De niño tuve muchas veces hiedra venenosa en la cara y el cuello por, ya sabes, revolcarme por el bosque”, dice, arrugando la cara y frotándose el cuello como si tuviera hiedra venenosa en este preciso momento. “Eso me saca de quicio. No puedo hacerlo”. Le han ofrecido papeles en series de streaming y aceptaría uno si le pareciera adecuado. “Winslet ha hecho un par”, dice sobre Kate Winslet, a quien no conoce, pero cuya interpretación le encanta. “Se ha marcado algunas maravillas. Mare of Easttown. Apabullante. Pero luego la última que hizo, El régimen, era una auténtica locura. Se entrega sin reservas, tío. Me encanta su entrega. Yo he intentado aportar ese nivel de compromiso, desde luego en The Riders, lo último que he hecho, después de ver a Kate”.
Mucho antes de que se estrene The Riders, veremos a Pitt en El corazón de la bestia, escrita y dirigida por David Ayer. (Ayer también escribió y dirigió Corazones de acero, en la que Pitt interpretó a un comandante de tanque al final de la Segunda Guerra Mundial que vivía y luchaba según un código cuya brutalidad y pureza lo convertían en un héroe). En cada papel que acepta a los 62 años, Pitt quiere hacer algo que nunca haya hecho antes como actor: aunque sea algo pequeño, aunque solo sea en una escena, un único filamento de emoción que nunca haya tejido delante de una cámara en ninguna de sus películas anteriores. Eso le basta.
La película cuenta la historia de un exsoldado de las Fuerzas Especiales que pilota una avioneta en Alaska junto a su perro, que trabajó con él como K-9 en el Ejército. El avión se estrella y el hombre y el perro quedan atrapados, a kilómetros de cualquier lugar, solos. Un compañero de viaje, encarnado por J. K. Simmons, atraviesa la historia como un fantasma o un necio. (“¡J. K. Simmons! ¡Otro actor enorme! ¡Joder, Whiplash! Qué interpretación tan incendiaria”). “El corazón de la bestia es una historia de amor”, dice Pitt. La película me conmovió. Se lo digo porque es verdad. Me arrastró hacia una parte remota de mi propia mente. Me hizo pensar en las cosas que hacemos los unos por los otros. Pitt y el hermoso pastor alemán que interpreta a Odin encarnan a cualquiera que haya tenido que decidir qué hacer cuando ya no queda nada por hacer; es decir, nos encarnan a todos.
“¿Y ese tatu?”. Está inclinado hacia delante, mirando el tatuaje de mi antebrazo izquierdo. “Es bueno”, dice, supongo que refiriéndose al trabajo. “Me gusta”.“¿Esto?”. Me paso un dedo por encima. “Es mi hermano. Sus iniciales, en banderas náuticas. Murió hace unos años”. Se recuesta en la silla. “Oh, tío”. “Mike. Un infarto fulminante. Cuarenta y seis. Le encantaba navegar. Así que…”. “Es precioso”. “Gracias”. “Y está muy bien hecho. ¿Hace cuánto, si puedo preguntarlo?”. “Sí. Hará unos cinco años. Un poco más”. De inmediato, dice: “Ohhh. Acabas de llegar al punto en que empiezas a poder asimilarlo”. Vaya… Lo dice como si lo sintiera, como un hombre que ha conocido la pérdida.
El duelo es probablemente la emoción que más nos iguala a todos. La pérdida es, desde luego, lo más profundo que puede soportar un ser humano. Y la soledad que puede venir después es la mayor tortura
De pronto, eso es Pitt. Un hombre que ha conocido la pérdida. De pronto, eso es todo lo que es. Una estrella de cine del mismo modo que yo soy escritor, mi cuñado Joe es técnico de sonido y tu fontanero es fontanero. Levanta la mirada, vuelve a mirarme y dice: “Creo que el duelo es probablemente la emoción que más nos iguala a todos”. Sujeta el borde de la mesa con los dedos y mueve la cabeza un milímetro de un lado a otro, un estremecimiento tan rápido que podrías perdértelo. “Y hasta eso se queda corto. La pérdida es, desde luego, lo más profundo que puede soportar un ser humano. Y la soledad que puede venir después es la mayor tortura”. Es la misma voz con la que dijo «ataca tus cincuenta», pero menos urgente, ofrecida no como consejo, sino como una verdad compartida. Pitt mira el televisor, aunque en ese momento el partido no parece llegarle. Después, las ventanas y el cielo gris, y por último vuelve a mirarme a los ojos. “Tío, vas por el quinto año”, dice, moviendo ahora la cabeza lentamente y todavía agarrado al borde de la mesa como si fuera un lastre. “En el quinto año empiezas a respirar de nuevo”.
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Jersey de Visvim, mocasines de George Cleverley, calcetines de Charvet, reloj Patek Philippe, pantalón vintage y pulseras del propio Pitt.
La conversación que sigue deambula por el cáncer, el divorcio, las indignidades del alzhéimer y los perros que hemos conocido y querido. Me habla de grupos de mujeres que conoció en África, que sonreían con alegría, cocinaban una comida deliciosa y nutritiva y seguían contando historias divertidas, y de que después descubrió que la mayoría había visto cómo masacraban a sus padres y hermanos delante de ellas. Me cuenta que, desde que su madre murió el año pasado, su padre… “Digamos que es mejor ser quien se va primero”. Hablan con regularidad, él y su padre, y Pitt viajará a Misuri la próxima semana para visitarlo. Se sentarán en el porche delantero por las tardes, contemplarán las luciérnagas, escucharán las cigarras y hablarán de la mujer que ya no está. “Pero somos gente de campo. No profundizamos, ¿sabes a qué me refiero? De vez en cuando surge una sola frase que llega hasta el fondo y luego pasamos a otra cosa”.
Hace poco, Pitt le decía a una amiga que siente que a veces es demasiado emocional, que está demasiado tenso, lo que puede hacer que se enfade de manera descontrolada o se ponga eufórico, y que le gustaría ser más equilibrado. “Y ella me dijo: ‘Sí, podrías hacerlo. Podrías irte a un ashram y ser más equilibrado’. Pero luego añadió: ‘No sé, yo creo en la experiencia humana, y la experiencia humana significa que estoy aquí para sentirlo todo. Sentirlo todo. Los extremos de la euforia y las profundidades de los bajones que te destrozan el alma’. Y eso me liberó. Lo oí y pensé: voy a dejar de sentir que hay algo malo en eso”. Uno de los perros, dormido a mis pies, exhala un suspiro largo, resoplante y dulce.
Pero esos bajones te destrozan el alma. No sé si las almas pueden quedar destrozadas, pero puede sentirse así y, cuando se siente así, podemos pensar que nunca volveremos a experimentar esos extremos de euforia. O, mejor dicho, esos extremos pueden parecer algo reservado a otras personas, personas que no han conocido nuestros bajones ni sus profundidades. Cojo un trozo de queso y lo equilibro sobre un cracker. Brad Pitt me mira. Se mete una uva en la boca. Respira.
Nunca fui suicida salvo durante un breve periodo. No iba a hacerlo, pero podía sentir… podía sentir el acero frío de la bala en mi cabeza, y parecía un alivio
Las palmeras nuevas se mecen ligeramente con el viento. “Sí”, dice. “Nunca fui suicida en ningún sentido. Sencillamente no estaba en mi naturaleza. De hecho, si padezco algo, probablemente sea de optimismo congénito. Eso me ha ayudado muchas veces, y también me ha llevado… Por culpa de mi optimismo, me he lanzado de frente, como un idiota, contra un camión Mack. O, como diría mi siempre divertidísimo amigo David Fincher: sí, tú ves el vaso medio lleno, pero está medio lleno de orina. En cualquier caso, nunca fui suicida salvo durante un breve periodo. Hubo una época de mi vida en que el dolor era tan opresivo que no veía ninguna salida. No iba a hacerlo, pero podía sentir… podía sentir el acero frío de la bala en mi cabeza, y parecía un alivio. Y pensé: ah, vale, ahora lo entiendo… entiendo el suicidio en el sentido de que solo es alivio. Solo consiste en buscar alivio al dolor. Pero también creo que tenemos unos instintos de supervivencia increíbles. Y en mi caso entraron en acción de inmediato, pero fue…”.
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Camisa y pantalones de Giorgio Armani, mocasines de Jacques Solovière y chaqueta vintage.
Hace una pausa, moviendo un poco la cabeza sobre el cuello, forcejeando con la idea, buscando las palabras. “Sí. A ver, escucha: esta mierda no es fácil”. Me mira fijamente. “Y estás hablando con un tipo al que le tocó la lotería”. Solo Pitt, Jolie y sus hijos saben exactamente qué está ocurriendo entre todos ellos. Las acusaciones de ella, el silencio de él, al margen de lo que se diga en habitaciones con abogados y mediadores. Pero se lo pregunto, menos interesado en el drama que en las consecuencias: cuando hablamos de esos momentos, aquellos en los que el dolor era tan opresivo que podía imaginar el acero frío como un alivio, ¿estamos hablando de ellos? “¿Cosas de hijos?”, pregunto. Se inclina hacia delante apoyándose en un codo, toma media bocanada de aire y me mira desde el otro lado de la mesa. “Cosas de familia”, dice. Asiente, me mira. Asiento. «Cosas de familia», digo. Algo cambia en en la habitación, algo molecular, por un segundo. Hay un cortocircuito, un instante detenido en blanco y negro. «Cosas de familia», dice, «podemos dejarlo en eso».
Me dio por el matcha una temporada y compré unos cuencos muy elaborados. Haga lo que haga, me entrego por completo
Ya están en la tanda de penaltis. Cada equipo dispone de cinco lanzamientos y, si siguen empatados después de los cinco, pasan a muerte súbita. Siguen empatados después de cinco. “Por esto el deporte es algo tan grande”, dice agachado y agarrándose el pelo. “Es toda una vida en un minuto”. Sobre el aparador situado frente al televisor hay nueve cuencos pequeños, todos distintos, pero pertenecientes al mismo juego, cada uno imperfecto de una manera artesanal, de modo que, juntos, son perfectos. Durante una breve pausa del partido le pregunto si son reliquias de toda una vida viajando por el mundo. “Qué va, me dio por el matcha una temporada y compré unos cuencos de matcha muy elaborados”, dice, negando con la cabeza y mirando los cuencos como si llevara tiempo sin verlos. “Me entrego por completo. Haga lo que haga, me entrego por completo”.
No sé por qué, pero le pregunto si sabe hacerse el nudo de una pajarita. “Eh”, dice. “No. ¿Y sabes cuántos años llevo diciendo: ‘Voy a aprender’? Y luego llego al evento sin haber aprendido, así que me pongo una de clip y sigo a lo mío”. “¿Ni siquiera haces que alguien te la anude? ¿Te limitas a engancharla?”. “Engancho la jodida pajarita y listo. Creo que nunca he ido a una entrega de premios sin una de clip”. “Recogiste tu Oscar con una pajarita de clip”. “Cien por cien”.
Los jugadores se colocan en fila, uno detrás de otro. Los porteros se agachan. Pitt no tiene ningún interés personal en el resultado, le da igual quién gane y odia que uno de los equipos tenga que perder. “Odio… Odio…”. Lo de viajar por el mundo en la vida de Pitt va en serio. (Y se le da fatal hacer las maletas, asegura. Llena maletas enteras que después ni siquiera abre. Me cuenta que su novia desde hace varios años, Inés de Ramon, no solo es buena haciendo la maleta, sino que coloca cuidadosamente la ropa en los cajones de la cómoda del hotel. Pitt dice que está “aprendiendo”). En el corazón de la bestia, por ejemplo, se rodó en Nueva Zelanda porque los incentivos fiscales abaratan la producción. En ese instante, su mente salta a la práctica, que se extiende como una metástasis, de utilizar IA para crear efectos visuales para películas que, de otro modo, quizá serían demasiado caras siquiera para rodarse. “Hay mucho rechazo contra la IA, pero la IA va a ser precisamente lo que, utilizada como una herramienta, ayudará a que se hagan esas películas de presupuesto medio, películas con presupuestos de entre 40 y 90 millones de dólares”, dice.
[Sobre la IA] Me llevan escaneando veinte años y siempre he incluido en mi contrato que los escaneos me pertenecen y que los destruyo. ¡Debería haberlos conservado! Todo este tiempo los he mandado destruir porque soy un chico paranoico de los Ozarks
Y entonces mi mente salta a la práctica latente de utilizar la IA para sustituir a los actores. ¿Podría un director haber hecho En el corazón de la bestia protagonizada por una versión de Pitt creada mediante IA, del mismo modo que el pasado diciembre alguien creó un vídeo con IA en el que aparecía peleándose con Tom Cruise sobre un tejado? Hace una pausa y mira al techo. “Bueno, podrían haberlo conseguido… O no, porque… Bueno, depende de quién lo cree, ¿sabes? De quién esté detrás, de quién cuente la historia”, dice, elaborando su respuesta poco a poco. “De quién diga: ‘Quiero ver esta emoción en él’, y después pueda rebuscar entre todo lo que proporcione la IA y decir: ‘Más en esta dirección’, y moldearlo de esa manera. Así que podrían hacerlo, pero quizá el producto final no reflejara mis decisiones ni lo que yo encontraría y descubriría en la obra. ”Mira, va a ser un experimento muy interesante. Nos están diciendo a todos que…”. Mira por la ventana.
“Por aquí aparecen unos halcones magníficos. Son preciosos». Y entonces vuelve: «Que nos escaneemos. Me llevan escaneando veinte años y siempre he incluido en mi contrato que los escaneos me pertenecen y que los destruyo. ¡Debería haberlos conservado! Todo este tiempo los he mandado destruir porque soy un chico paranoico de los Ozarks”.
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Camisa de Giorgio Armani, pantalones de Anderson & Sheppard, mocasines de Jacques Solovière, gafas de Jacques Marie Mage, pañuelo de Kerchief, calcetines de Charvet y chaqueta vintage.
Es una idea interesante, la de un Brad Pitt que sea únicamente la suma de todas las emociones que ha expresado y de todos los movimientos que ha realizado en películas anteriores. Resulta especialmente interesante teniendo en cuenta que el Brad Pitt real busca cosas que nunca haya hecho antes, que todavía no formen parte del algoritmo Pitt, como si tratara de dejarse atrás a sí mismo. “El otro día escuché una canción hecha con IA que era jodidamente buena”, dice. “Pero tenía algo repetitivo. Nunca será igual que escuchar su voz: la voz de una mujer, la voz de una persona”. Se frota la parte posterior de la cabeza.
“La otra semana vi un concierto en París. Vi subir al escenario a Flea y Thom Yorke e interpretaron a Marvin Gaye. Con la banda de jazz de Flea”, dice, levantando la mirada hacia mí. “Ohhh, fue increíble, rebosaba alegría”. Levanta un dedo y dice: “La IA no puede hacer eso”.
Pitt vuelve a interpretar a Cliff Booth, el especialista de cine de Hollywood que le dio su Oscar como actor, en una película que se estrena el 25 de noviembre. (¿Podría el director, David Fincher, haber utilizado la IA para fabricar una interpretación de Pitt para esta película a partir de su trabajo en Érase una vez en… Hollywood, en la que interpretaba al mismo personaje?). En determinado momento, la película de Booth estaba muerta. Tarantino había declarado que dirigiría diez películas a lo largo de su vida y después se retiraría, y esta iba a ser la décima. Pero entonces decidió que quería hacer algo nuevo como película final, no una cinta que pudiera interpretarse como una secuela. Así que aquello fue el final de la película de Booth. Pero Pitt empezó a darle vueltas. ¿Y Fincher? Fincher lo había dirigido en Seven, El club de la lucha y El curioso caso de Benjamin Button, y su amistad es sólida. Pitt escribió a Tarantino para preguntarle si, al menos, podía enseñarle el guion a Fincher. “Quentin me dio su bendición”, dice Pitt. Se va entusiasmando mientras cuenta la historia. “Finch y yo íbamos en un avión y le di el guion. Cuando aterrizamos, me dijo: ‘La voy a hacer’”.
La película no es realmente una secuela. Es “la continuación de las aventuras de…”. Vi sus primeros veinticuatro minutos en una pequeña sala de proyección de las oficinas de Fincher en Los Ángeles y es el sueño de cualquier amante del cine. ¿La dirección letal de Fincher sobre el magistral guion de Tarantino y Pitt cargando con todo con una media sonrisa? Que hagan otra.
Tuve que entrar en el dormitorio y llorar en silencio porque no quería que me vieran. Me daba vergüenza. Aquella no era una época para eso. ¿Sabes a qué me refiero? Los chicos y las lágrimas
Más que con una secuela, Pitt la compara con la clase de televisión episódica con la que Tarantino ha dicho que creció, con personajes a los que podías seguir de una aventura a otra, aunque cada episodio también funcionara por sí solo: «Los casos de Rockford, Joe Mannix en Mannix, Alias Smith and Jones y todas esas cosas”, dice Pitt, enumerándolas. Aquella era un western episódico de corta vida que se emitió durante un par de años a principios de los setenta. “Se basaba en Butch y Sundance. Y voy a contarte una historia curiosa”. Se frota la barbilla, sonriendo. “Me encantaban Butch y Sundance. Había visto aquello en preescolar, así que seguramente estaba en primero, y me encantaba esta serie, Alias Smith and Jones. Puede que estuviera en segundo. Empezó la segunda temporada y vi en las noticias que uno de los actores protagonistas se había suicidado. Estaba con mis padres en la casita de tres habitaciones de mi abuela y tuve que entrar en el dormitorio y llorar en silencio porque no quería que me vieran. Me daba vergüenza. Aquella no era una época para eso. ¿Sabes a qué me refiero? Los chicos y las lágrimas”.
Sé a qué se refiere. Asiento ligeramente, también con una mano en la barbilla. Últimamente Pitt está reconsiderando aquella canción de Stephen Stills, Love the One You’re With. Siempre la había odiado porque, para él, hablaba de conformarse con algo inferior o, al menos, distinto de lo que de verdad querías. Ahora la interpreta como una canción sobre apreciar lo que sí tienes, en lugar de lamentarte por lo que no tienes. Los amigos que permanecieron a tu lado, la familia que te entiende, las personas que todavía están aquí. Él lo llama centrarse en lo positivo.
El duelo, si sobrevives a él, deja un agujero enorme, pero también deja una belleza profunda. Es una belleza dolorosa, pero es belleza
A veces Pitt va en el coche, circulando, y ve a personas sentadas en una cafetería, comiendo y riéndose, y piensa en lo felices y despreocupadas que parecen. Siente algo parecido a la envidia. Quizá piense en sus hijos. Sin duda piensa en su padre, crujiendo al moverse por las habitaciones a oscuras de la vieja casa, completamente solo, y siente algo parecido a la ira. ¿Contra Dios? ¿Contra el mundo? ¿Contra esas personas despreocupadas? “Es difícil de conciliar”, dice. “Pero vuelvo a lo mismo: creo que el desafío consiste en sostener ambas cosas a la vez. El duelo, si sobrevives a él, deja un agujero enorme, pero también deja una belleza profunda. Es una belleza dolorosa, pero es belleza”.
Un día simplemente me desperté y todo parecía un poco más soleado y el aire parecía un poco más dulce
La pregunta —o una de las preguntas— es qué puede hacer una persona cuando se siente como se sintió aquel actor de Alias Smith and Jones, o como se sintió Pitt durante las cosas de familia —y todos nos hemos sentido así, lo admitamos ante nosotros mismos o no—. ¿Cómo se sale de ahí? “Vaya”, dice, y guarda silencio durante un momento. Después responde: “No lo veo como salir de ahí. Consiste en atravesarlo e intentarlo, e intentarlo, e intentarlo, e intentarlo hasta quedar agotado y después volver a intentarlo. No quiero pasar por alto ese lugar en el que te das de bruces contra la pared. Pero un día simplemente me desperté y todo parecía un poco más soleado y el aire parecía un poco más dulce. Solo necesito microdosis de eso”.
CHANTAL ANDERSON
Camisa de Louis Vuitton Men, pañuelo de Charvet y camiseta vintage.
Mientras canta Kelsey Lu, un jugador paraguayo elimina a Alemania del torneo con un solo lanzamiento. La sorpresa. Nuestra conversación deriva hacia asuntos como los horarios, los pases de películas y el final de la tarde. Pitt rebusca una nota adhesiva y un bolígrafo para darme su dirección de correo electrónico, murmurando: “¿Dónde está el…?”. Y entonces, como si se hubiera accionado un interruptor, regresa de golpe a la idea. Necesita terminar el pensamiento. Deja de buscar el bolígrafo.
Quizá tengamos que empezar por renunciar a todo control, a esa necesidad, a esa creencia sobre cómo deberían ser las cosas, qué debería haber ocurrido o cómo se supone que deben ser
Dice: “Quizá lo estemos enfocando de la manera equivocada. Quizá tengamos que empezar por renunciar a todo control, a esa necesidad, a esa creencia sobre cómo deberían ser las cosas, qué debería haber ocurrido o cómo se supone que deben ser, y después dejar de intentar controlarlo, de tratar de darle forma a martillazos y con tenazas, algo imposible. Quizá ese sea realmente el camino para despertarte y descubrir que un día el sol brilla un poco más y el aire es un poco más dulce. Y eso, en sí mismo, es la aceptación, diría yo”.
Miro los pequeños cuencos de matcha y asiento ligeramente. Los jugadores de Paraguay ruedan sobre el césped, se abrazan, gritan, eufóricos. Creo ver llorar a un alemán. Pitt dice que esta noche pedirá barbacoa coreana para cenar. De Genwa, el sitio de Wilshire. Es el mejor. Utiliza Postmates. Y después quizá vea algo.
Peluquería: Jason Low / Maquillaje: Jean Black / Producción: Hyperion / Diseño de set: Peter Gueracague/ Sastrería: Marta Sánchez / 16mm: Luke Hanlein / Agradecimientos: The Garibaldina Society, LA