Hay detectives que llegan abren la puerta de casa y se sirven un whisky. Pepe Carvalho prefiere preparar un suquet de pescado, unos fideos a la cazuela o un arroz elaborado con la misma concentración con la que minutos antes había seguido la huella de un asesino. Porque antes que detective es gourmet; y de los buenos. Porque mucho antes que héroe la ciudad profunda, es un señor de mesa y mantel. Junto con el inspector Méndez, de Francisco González Ledesma, representa la más alta cima de la novela negra patria.

A través de cada entrega, Montalbán se ocupaba de retratar mejor que nadie las ilusiones, las miserias y las contradicciones de la España de la Transición, que luego matizaría en sus crónicas periodísticas… ¡cómo se le echa de menos! Pues no solo creó un investigador privado, sino que construyó una conciencia crítica contemporánea de nuestro país.

Alto, moreno, de complexión fortachona y aspecto desarrapado, Pepe Carvalho viste como quien compra buenos trajes para luego llevarlos como si fueran ropa tendida. El paso del tiempo le ha endureciendo los rasgos y hinchando la cintura porque bebe, come y fuma como si no hubiera un mañana. Se mueve con la calma de iguana como quien ha visto tanto que nada le sorprende, y su mejor arma es la mirada, con una mixtura texturizada de agudeza, sarcasmo y desencanto.

Resulta difícil encontrar un currículum más extravagante en detective alguno. Militó en el Partido Comunista, pasó por la trena, terminó trabajando durante varios años para la CIA y acabó instalado en un modesto despacho de las Ramblas barcelonesas investigando desde adulterios hasta asesinatos. En otro personaje parecería una biografía excesiva; en él solo nos pone tras las pistas de por qué no cree en casi nada. Desconfía de las ideologías, de los poderosos, de las palabras grandilocuentes y, sobre todo, de quienes aseguran tener siempre razón -¿qué memo se atreve a tenerla?-. Si Marlowe perseguía la idea romántica de la justicia y Sam Spade sospechaba hasta de su sombra, Carvalho se limita a comprobar cuánto cuesta mantener incólume la dignidad en un país empeñado en venderla al mejor precio.

Gourmet descreído

Su gran extravagancia no pasa por tener más dinero, sino tiempo para cocinar sus delicatesen. Mientras los sajones se alimentan de café recalentado y fumeque, él recorre el Mercado de la Boquería, elige verduras, mira los ojos de los pescados expuestos, discute con los tenderos y hace alquimia en su cocina como un acto de resistencia frente a un mundo vulgarizado. «El sexo y la gastronomía son las cosas más serias que hay», afirma en Tatuaje. Y cuesta llevarle la contraria. En su universo, comer bien no constituye una frivolidad, sino una forma de ser civilizado.

Todo lo dicho no supone que lleve una vida ordenada, sino todo lo contrario. Bebe cuanto le aguanta el gaznate, duerme a salto de mata, vive solo en Vallvidrera y mantiene una relación intermitente con Charo, una prostituta de lujo que acaba convirtiéndose en el vínculo afectivo más estable de toda su vida. Nunca se prometen nada porque ambos saben que suele durar menos que un buen vino abierto y sin escanciar. Y luego está Biscuter, antiguo delincuente, ayudante, cocinero a tiempo parcial y compañero inseparable…, quizá el único capaz de soportar el persistente escepticismo del detective sin poner pies en polvorosa.

«En su universo, comer bien no constituye una frivolidad, sino una forma de ser civilizado»

Carvalho posee, también, una de las manías más extravagantes de toda la literatura policíaca: quema libros en la chimenea de su casa. No porque deteste la lectura –es un hombre de gran cultura–, sino porque considera que llegó un momento en que los libros comenzaron a separarle de la vida real. Cada volumen convertido en cenizas funciona como un ajuste de cuentas con el intelectual que un día fue, como hiciera Umbral tirándolos a la piscina de su casa.

Como casi todos los detectives imperecederos, Carvalho terminó encontrando rostro en el cine y la televisión. Carlos Ballesteros, Patxi Andión, Juan Luis Galiardo, Eusebio Poncela, Juan Diego o Juanjo Puigcorbé intentaron apropiarse de él con no demasiada fortuna. Ninguno consiguió borrar al personaje, quizá porque Carvalho pertenece a esa extraña estirpe de protagonistas que solo terminan de existir cuando el lector los recrea en su mente. Puede parecer un hombre desastrado, desordenado e incluso cínico. No se le niega nada. Pero bajo esa apariencia de gourmet descreído late un detective incapaz de aceptar que todo tenga un precio, puesto que él no lo tiene. Cocina para evadirse, bebe para recordar, ama con pocas esperanzas y resuelve casos porque alguien tiene que hacerlo y… ¿por qué no él? Quizá por eso continúa siendo, medio siglo después, el detective español por excelencia.

Hay investigadores que persiguen asesinos. Pepe Carvalho perseguía algo mucho más difícil: una buena comida, una verdad digerible y una España equidistante, que no terminara de perder el gusto por ambas.