El Paseo de La Concha de San Sebastián y la costa de Cantabria se unen de manera inesperada a través del arte contemporáneo. Una vivienda particular de Laredo alberga una singular obra de arte creada por el escultor Ariel Elizondo, (Bruselas, 1968) quien ha logrado rescatar y reinterpretar uno de los símbolos más icónicos del patrimonio donostiarra: la barandilla de La Concha.

La escultura, titulada por el autor como ‘Mi Barandilla de la Concha’, tiene como base fundamental un pilar de piedra y varios bordillos originales que formaron parte del paseo donostiarra «durante largas décadas». Estos elementos históricos, que corrían el riesgo de ser triturados en una prensa de piedra para convertirse en simple grava, según explica el artista de origen navarro, fueron recuperados y salvados por el propio artista, dándoles una inesperada y poética segunda vida.

Fuerza física y comunión con la naturaleza

Elizondo, caracterizado por su constante búsqueda del equilibrio estético entre el hierro y la piedra natural, ha fundido estos elementos en un solo cuerpo mediante una cuidadosa distribución de cargas y pesos. Para dar forma al acero que reinterpreta las líneas de la célebre barandilla, el escultor emplea un proceso físico extremadamente exigente: dobla el metal a mano mientras permanece frío. Según explica el propio artista, esta práctica al aire libre le permite «sentir el material en profundidad» y poner a prueba sus propios límites físicos en estrecho contacto con la naturaleza, que actúa como su principal fuente de inspiración.

Visualmente, la pieza destaca por el contraste de sus materiales: las líneas de acero corten fluyen en curvas sinuosas y onduladas de aspecto casi orgánico, elevándose hacia el cielo al lado de la imponente y geométrica solidez del pilar de piedra recuperado.

Tradición frente a globalización

La obra refleja una profunda tensión conceptual entre el pasado y la modernidad acelerada. Para el escultor, el acero representa su interpretación personal de la Barandilla de la Concha, la tradición y el inevitable paso del tiempo frente a una globalización vertiginosa, describiendo este contraste como «este mundo que vuela hacia el infinito».

Esta pieza encarna a la perfección la línea más clásica de Elizondo, marcada por el uso de acero corten oxidado por el paso del tiempo y la combinación con piedra natural recuperada de residuos de construcción o canteras. Gracias a este trabajo artístico, un fragmento del paisaje urbano histórico de San Sebastián se convierte también en un tesoro escultórico que mira hacia el mismo mar Cantábrico pero desde Laredo.