Ojalá todas las películas de Netflix las dirigiera Louis Leterrier. El realizador de Transporter o El increíble Hulk filma supervivencia, no metáforas; acciones, no reflexiones. Algo que, créanme, le viene fenomenal a un producto como La última casa, un film de puro high concept post-pandémico en el que un matrimonio y sus dos hijos se ven confinados en su casa debido a una misteriosa fuerza que parece provenir de la lluvia.
Una idea enigmática que parece querer evocar a Shyamalan en clave coronavírica, elemento al que el director francés trata de despojar de todo tipo de poética potenciando el ritmo de la planificación y el montaje. Eso convierte en un espectáculo decente un film que podría haber elegido ciertos virajes pretenciosos, variedad ecologista o simplemente melodramática, pero que a cambio sabe apoyarse en la labor visual de Leterrier y en dos buenos actores como Wagner Moura —Narcos— y Greta Lee —Vidas pasadas—.
Decimos esto porque La última casa, incluso cuando se descubre el pastel, no es más que uno de esos puros y duros relatos derivativos de, en este caso, los terrores silenciosos de la saga Un lugar tranquilo y el encierro familiar de films como Señales, del citado Shyamalan —a la que la correcta banda sonora de Yair Elazar Glotman parece rendir cierto homenaje—. El desarrollo dramático resulta abrupto en las derivas psicológicas de los cuatro protagonistas, pero sobresaliente siempre que estos se proponen hacer algo, cosa que sucede a menudo.
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Pese a la misteriosa insistencia del film en la caza animal, que por otro lado parece desafiar a cierta corrección política, e incluso prolongarse quizá diez minutos más de la cuenta, La última casa agrada gracias a la nerviosa cámara de Leterrier y sus dos protagonistas, dos actores siempre por encima del guion que interpretan. El creador de la saga Transporter, de excursión en las franquicias USA como Fast and Furious desde hace tiempo, pasa olímpicamente de la alegoría y filma la odisea de supervivencia del grupo, y lo hace con su talento habitual. Un desnudo integral de pretensiones que, junto a cierto alarde de humor negro —fíjense en el sobre de alquiler de Netflix y los dos DVD que la familia revisiona una y otra vez, incluyendo el de Air Force One— y el evidente homenaje final a la memorable Poltergeist dota de cierta entidad a la aventura y se mantiene fiel a su premisa, incluso cuando esta se agota.