Parece mentira, pero ya han pasado 15 años desde la muerte de Jani Lane, el 11 de agosto de 2011. Su final en un hotel modesto, solo y alcoholizado, fue algo que desde luego no merecía —de hecho, casi nadie lo merece—, pero también una triste metáfora de su vida. Lane fue siempre una persona llena de claroscuros, a quien solo la música pareció ayudar a sobrellevar una existencia en la que nunca dio la impresión de ser feliz.
Creo que en estos 15 años su figura, fuera de los círculos del hair metal, sigue siendo percibida de la misma manera: el cantante de una banda que tuvo éxito durante unos pocos años y que representa una época de la historia del rock llena de excesos y, supuestamente, con poco que decir musicalmente. No creo que mucha gente decidiera indagar en lo que había detrás de esa persona. Por suerte, la proliferación de páginas en redes sociales y canales de YouTube dedicados al hair metal que estamos viviendo parece estar poniendo la figura de Jani en el lugar que merece. Y es que él fue mucho más que el vocalista de Warrant. Cada vez son más quienes opinan que fue el mayor talento compositivo de aquella generación y, personalmente, no puedo estar más de acuerdo.
La historia oficial es más o menos sabida por todo el mundo que se haya interesado alguna vez por su figura. Después de un primer álbum de éxito, el debut de Warrant, Dirty Rotten Filthy Stinking Rich, editado en 1989, repleto de temas redondos pero bastante ceñidos a la fórmula de lo que triunfaba en ese momento como la balada ‘Heaven’, Lane se vio con la fuerza suficiente para dar un paso adelante a la hora de crear sus nuevas canciones.
Cuando presentó el álbum a la compañía, esta se llevó las manos a la cabeza al ver que faltaba uno de esos hits redondos que pudieran propulsar el disco hacia ventas millonarias. Poco se fijaron en las joyas que ya había en ese segundo álbum: ‘Uncle Tom’s Cabin’, que daba título provisionalmente al disco, ‘Bed Of Roses’ o ‘Song And Dance Man’, y obligaron al grupo a crear un hit. Ahí Lane tuvo su gran baño de realidad. Se dio cuenta de lo que se esperaba de él y de que le iba a resultar muy difícil desarrollar una carrera que se saliese de los estándares del género.
Enfadado y frustrado, compuso en unos minutos ‘Cherry Pie’. La grabaron en apenas un día y no solo fue el hit que quería Columbia Records, sino que acabó convirtiéndose en el título del álbum y marcó la imagen sobre la que giró esa nueva etapa de la banda. Dos millones de copias vendidas, su exitosa primera gira como cabezas de cartel y, además, Jani se lio con la guapa protagonista del videoclip de la canción de marras. Todo parecía ir sobre ruedas en su vida y, mientras los dólares siguieran llegando, nadie se iba a atrever a frenar la vorágine de alcohol con la que el cantante intentaba calmar toda la tristeza que llevaba dentro.
Cómo sigue la historia también lo sabemos casi todos. Llegó el tsunami alternativo y las bandas de hard rock fueron borradas del mapa en tiempo récord. Warrant entre ellas, por supuesto. La parte buena de todo aquello fue que, para el tercer álbum, la compañía sabía que una banda así iba a tener pocas oportunidades y dejó que el grupo hiciese lo que le diera la gana. Total, el destino del disco ya parecía estar escrito. Y ahí Lane tuvo su gran momento, creando Dog Eat Dog, su obra maestra, donde mostró su versatilidad como compositor y también como letrista, ya fuera hablando del mundo superficial que le rodeaba en ‘Hollywood’ o del amor adolescente en esa joya llamada ‘Sad Theresa’, un tema de sus primeros días totalmente remodelado. Podía escribir sobre cualquier cosa, pero la tristeza, la rabia y la melancolía con las que impregnaba sus textos eran el nexo común.
Como era de esperar, Dog Eat Dog (1992) fracasó, la gira empezó en arenas y acabó en clubs y todo se fue por el desagüe. Pero, a diferencia de la mayoría de sus compañeros de generación, Lane necesitaba seguir escribiendo para mantenerse vivo. El éxito era un fin, pero no el motivo por el que hacía música. Y aunque ya casi nadie se enteró, Warrant aún sacaron dos discos más de manera independiente, Ultraphobic (1995) y Belly To Belly Volume One (1996), que, de haber contado con los medios y el tiempo de los que disfrutaron sus tres primeros trabajos, podrían mirar cara a cara a cualquiera de ellos. Por fortuna, el tiempo está reivindicando esos discos. De hecho, existe una corriente con cada vez más adeptos que sostiene que Ultraphobic es su gran obra maestra —afirmación quizá un poco exagerada, pero que demuestra el alto nivel que seguían teniendo sus canciones—. En directo continuaban siendo una apisonadora —Warrant fue una de las mejores bandas sobre un escenario de aquella época— a pesar de tocar en clubs donde apenas cabían en el escenario. Hay conciertos en YouTube de la gira de Ultraphobic que no dejan lugar a dudas.
Pero, a partir de ahí, llegó la caída en picado. Jani Lane nunca pudo salir de su espiral de adicciones más que en momentos puntuales. Ni siquiera la paternidad consiguió que pusiera orden en su vida. Por lo que cuentan, era una persona fantástica y bondadosa que se convertía en un auténtico diablo cuando bebía, y da mucha pena verlo en infinidad de fotos hinchado por el consumo de alcohol. De haber ido las cosas de otra manera, seguramente podría haber tenido su oportunidad escribiendo para artistas mainstream de cualquier tipo, porque su talento y versatilidad daban para ello.
Y quién sabe si, en el momento en que las bandas de los 80 volvieron a tener cierta demanda, Warrant no habría sido una de esas formaciones que disfrutaron de una segunda oportunidad. Su breve vuelta a la banda —no olvidemos que Warrant ha seguido en activo y que actualmente continúan en ella todos sus componentes originales excepto Lane— fue un desastre de proporciones bíblicas y la gira ni siquiera pudo terminar debido al estado en el que se encontraba. Fue una pena que su talento apenas saliese a la luz durante sus últimos años de vida. Un disco en solitario y un proyecto fallido tras otro. ¿Quién pudo pensar que convertirlo en cantante de Great White era una buena idea?
Su muerte no pilló por sorpresa a nadie. Hay una última entrevista aterradora en That Metal Show, el programa de Eddie Trunk, donde, a pesar de decir que está en plena forma, su mirada ya es la de alguien que parece haber decidido dejar este mundo. Era la crónica de una muerte anunciada. El inicio de una leyenda que dejó mucho menos legado del que nos hubiese gustado. Y así estamos los fans: buscando demos de sus primeras bandas —dicen por ahí que hay mucho material grabado de Plain Jane, su banda anterior a Warrant— y oyendo una y otra vez canciones no incluidas en sus álbumes como ‘Thin Disguise’, un tema redondo que se quedó fuera de Cherry Pie en favor de la canción de marras, o ‘Game Of War’.
Dudo que la percepción sobre Lane cambie y que, de la noche a la mañana, su figura empiece a ser reivindicada fuera de los círculos del hard rock. Pero, como mínimo, a todos los que estamos a un paso de la obsesión por sus canciones nos queda el consuelo de saber que no estamos solos al reconocer su talento descomunal y su carisma. Jani Lane Forever!
RICHARD ROYUELA