Cuando llega una ola de calor, no todos los cuerpos parten en igualdad de condiciones. Las personas con obesidad y quienes viven con enfermedades cardiovasculares afrontan un riesgo significativamente mayor de sufrir complicaciones graves relacionadas con el calor, un hecho respaldado por la evidencia médica y que tiene una explicación fisiológica clara detrás, no una simple coincidencia estadística.
Para entender por qué unos cuerpos se ven más afectados que otros, hay que partir de cómo funciona la termorregulación humana. Cuando la temperatura ambiente sube, el organismo dispone de dos mecanismos principales para eliminar el exceso de calor: la sudoración, que enfría la piel al evaporarse, y la vasodilatación, es decir, la ampliación de los vasos sanguíneos cercanos a la piel para que la sangre libere calor con más facilidad hacia el exterior.
Ambos mecanismos requieren que el sistema cardiovascular trabaje más de lo habitual: el corazón debe bombear más sangre hacia la piel para favorecer esa pérdida de calor, al mismo tiempo que se pierde líquido a través del sudor, lo que reduce el volumen de sangre circulante. Es, en esencia, una sobrecarga de trabajo añadida al sistema circulatorio en un momento en el que también necesita seguir abasteciendo al resto de órganos con normalidad.
Por qué el tejido graso complica esta ecuación
El tejido adiposo actúa, entre otras funciones, como aislante térmico. Esta característica, que resulta útil en ambientes fríos, se convierte en una desventaja clara durante una ola de calor: dificulta que el calor generado en el interior del cuerpo llegue hasta la piel para disiparse hacia el exterior. Además, un mayor volumen corporal implica, en términos generales, una mayor masa que el organismo necesita mantener a una temperatura estable, lo que exige un esfuerzo adicional al sistema de termorregulación.
A esto se suma que la obesidad se asocia con frecuencia a una menor eficiencia de la sudoración y a una respuesta cardiovascular menos ágil ante los cambios de temperatura, dos factores que, combinados con el efecto aislante del tejido graso, explican por qué el riesgo de complicaciones por calor es mayor en este grupo de población.
En el caso de las personas con enfermedades cardiovasculares, insuficiencia cardíaca, cardiopatía coronaria, hipertensión mal controlada, entre otras, el problema tiene una lógica distinta pero igualmente clara: su sistema cardiovascular ya funciona con un margen de reserva más reducido en condiciones normales. Cuando llega el calor y el corazón necesita aumentar su trabajo para favorecer la pérdida de calor a través de la piel, ese margen extra de esfuerzo puede no estar disponible, o puede generar una sobrecarga que el corazón no tolera bien.
Esta situación explica por qué las olas de calor se asocian, de forma consistente en los estudios epidemiológicos, con un aumento de infartos, arritmias y descompensaciones de insuficiencia cardíaca, no solo con golpes de calor en sentido estricto. El calor extremo no solo genera un riesgo térmico directo: también actúa como un factor de estrés adicional sobre un sistema cardiovascular que en estas personas ya parte con menos reserva funcional.
Muchas personas con enfermedades cardiovasculares toman medicación, diuréticos, betabloqueantes, algunos antihipertensivos, que puede interferir con la capacidad del organismo para regular la temperatura o para responder adecuadamente a la pérdida de líquidos por sudoración. Esto no significa que deba dejarse la medicación durante una ola de calor, algo que nunca debe decidirse sin consultar antes con el médico responsable, pero sí explica por qué este grupo requiere una vigilancia especialmente atenta durante los episodios de calor extremo.
Más allá de las recomendaciones generales frente al calor, hidratación, evitar las horas de más sol, buscar espacios frescos, las personas con obesidad o con enfermedades cardiovasculares deberían prestar especial atención a señales de alarma como mareo, palpitaciones, dificultad para respirar o hinchazón repentina en piernas, y consultar con su médico si tienen dudas sobre cómo adaptar su medicación o su actividad habitual durante los días de temperaturas más extremas. La vigilancia activa, en este grupo concreto, no es una precaución exagerada: responde a un riesgo fisiológico real y bien documentado.