«Islandia ocupa el primer lugar entre los países más pacíficos del mundo. Aquí los niños juegan solos en la calle, los padres dejan a sus bebés durmiendo en sus cochecitos fuera de casa para que respiren aire fresco mientras duermen la siesta, la gente deja sus coches abiertos y hacer dedo era una manera bastante habitual y segura de viajar por el país». Lo escribe la sueca Linda Flores Ohlson, profesora titular de español en la Universidad de Gotemburgo y creadora de un podcast de true crime. Lo hace en Un año entre tinieblas nórdicas (RBA), un libro en el que explora cómo, detrás de las calles tranquilas y los paisajes idílicos, se esconde una crónica negra fascinante y compleja.
La autora rompe el mito de la idílica perfección escandinava recopilando los casos criminales más impactantes de estos países: «Lo que busco es que el lector reflexione justamente sobre el hecho de que la maldad existe en todos lados; no hay ningún paraíso en la tierra ni ningún lugar completamente seguro. Pero también busco que vean el duro trabajo de la policía para resolver los casos. Hay una lucha constante contra de la maldad, no dejamos que gane».
La relación de la autora con la crónica negra comenzó en su infancia. Criada en el campo, recuerda jugar de niña en una casa abandonada que sus padres usaban como almacén. «Yo entraba ahí y montaba un escenario con muñecas con la cabeza arrancada, utilizaba ketchup para hacer manchas de sangre y cosas así», cuenta con naturalidad. Aquella temprana atracción por lo siniestro evolucionó hacia las películas de terror y, años más tarde, hacia el true crime, desembocando, como era su sueño, en Un año entre tinieblas nórdicas.
Lejos de ser «alimento para el morbo», su objetivo es ofrecer un boceto de las tradiciones, la forma de vivir, el clima e incluso la lingüística de la región con los crímenes como hilo conductor. «Doy una perspectiva desde dentro», insiste.
Cuando el clima influye
Uno de los factores más determinantes y singulares de la crónica negra en estas latitudes es el clima extremo. No es que el asesino se envalentone cuando nieva, sino que las condiciones climáticas llegan a entorpecer la investigación. La profesora recuerda con tristeza el caso de una niña hallada sin vida en una colina de Noruega: «El problema fue que cuando la encontraron llevaba nevando toda la noche. La nieve cubrió todas las huellas que pudo haber alrededor de ella».
Aunque el clima puede ser un arma de doble filo: «Cuando ocurre un asesinato en una casa particular en invierno, la nieve puede dejar huellas de zapatos o de las llantas de un coche al caminar o pasar por ahí, mientras que en verano es más difícil detectarlas».
El intenso frío al que están habituados hace «sospechoso» que alguien decida ventilar la casa. La autora apunta el caso de la primera descuartizadora de Suecia, quien dejó la ventana de su baño abierta durante días. Ese gesto encendió las alarmas de los vecinos. «En verano ese detalle habría pasado desapercibido, pero en invierno nadie deja abiertas las ventanas», opina.
Las horas de luz son un factor crucial. Un crimen cometido a las cinco de la tarde en pleno mes de enero ocurre bajo una oscuridad absoluta, «reduciendo la probabilidad de encontrar testigos». «En julio, a esa misma hora, la luz solar es total, e incluso de madrugada el día ya ha despuntado», explica Flores Ohlson.
Cada país, un estilo
No todos los países nórdicos son iguales. «En Suecia ha habido un aumento en la criminalidad, sobre todo a raíz de la aparición de bandas que secuestran a rivales o ponen bombas en los portales de otras bandas. Ha ocurrido tanto que ya ni se les da espacio en los medios de comunicación». En Finlandia, en cambio, son más frecuentes los asesinatos en el seno de la propia familia, por lo que registra «una mayor tasa de resolución de homicidios».
Relacionado
Sin embargo, los números siguen siendo los grandes aliados de esta zona del planeta. En Islandia se registra una media histórica de 1,8 asesinatos al año y la policía suele patrullar sin portar armas de fuego. Dada la escasa población, si alguien roba un coche, el riesgo de que el ladrón conozca a alguien de esa familia es bastante alto. En Dinamarca hay entre 45 y 55 asesinatos al año, una cifra extremadamente baja teniendo en cuenta que su población ronda los 6 millones de habitantes. Noruega se enfrenta a 25-35 asesinatos al año, frente a España, donde se cometen unos 330-350.
Groenlandia apenas aparece en las crónicas negras de los periódicos, pero ostenta el dudoso honor de tener la tasa de suicidios más alta del mundo.
Groenlandia | Pixabay/CC/makabera
En cuanto al tipo de asesino, sostiene que hay más asesinos en masa —aquel que mata a varias personas en una sola ocasión— que asesinos en serie: «Hay un caso muy conocido, pero de hace ya mucho tiempo. Fue un enfermero de un hospital en Malmö, en el sur de Suecia, que mató a muchos pacientes. Él trabajaba en una sección geriátrica y mataba a los pacientes porque creía que les hacía un favor. Los obligaba a beber un detergente de limpieza. Fue uno de esos casos realmente espantosos y muy especiales».
La herida de Gotemburgo
Al hablar de los casos que más le han marcado a nivel personal, la profesora no duda en señalar la tragedia de la discoteca de Gotemburgo, ocurrida en octubre de 1998, apenas dos meses después de que ella se mudara a esa ciudad para estudiar. Era una fiesta de Halloween organizada por jóvenes inmigrantes. Cuatro adolescentes provocaron el fuego de forma intencionada y bloquearon una salida de emergencia. Murieron 63 personas y más de doscientas resultaron heridas: «Me parece tan inexplicablemente cruel que sí que fue verdaderamente difícil escribir sobre él».
En las últimas décadas, el sector editorial ha importado numerosos thrillers y novelas negras escandinavas, siendo sus autores los reyes del género: Camilla Läckberg, Arnaldur Indridason, Jo Nesbø o Stieg Larsson.
«Creo que hay interés porque aún resultan países exóticos. Los españoles no han ido mucho a los países nórdicos de vacaciones si lo comparamos con la cantidad de nórdicos que hemos ido a España. Cuando viví en España en los 90, me acuerdo que al informar del tiempo, el mapa de Europa terminaba en Alemania», ríe.
A pesar de desmitificar esa seguridad absoluta, la autora confirma que no tiene «ningún problema» en regresar sola de madrugada, sea en el autobús o caminando: «Incluso a veces cruzo un cementerio en plena noche con la bici porque es el camino más rápido. No es que yo sea rara, es que se suele hacer».