Es el debate que ocupa los vídeos de Subway Takes. El hilo conductor de un sinfín de foros de Reddit con miles de usuarios teorizando sobre el erotismo de unas gafas graduadas de montura fina y un peto de trabajo. El meme recurrente de TikTok. Y el gancho marketiniano con el que firmas como Milkbar se han colado en la conversación. El reclamo The sluttiest thing a man can wear —en español, “lo más provocativo que un hombre puede vestir”— empezó como un juego de palabras y se ha convertido en el termómetro cultural más preciso de una nueva forma de entender la masculinidad.
Las respuestas oscilan desde unos formales zapatos sin calcetines a una camisa desabrochada —el límite, por voto popular, está en el cuarto botón: cualquier cosa por debajo pasa a ser soft porn sartorial o un anuncio de Dolce & Gabbana en los dos mil—. Pero detrás de la ironía del meme asoma una realidad que ya se despliega en el asfalto: el armario del hombre contemporáneo está perdiendo metros de tela a una velocidad inédita.
Diseño de Pasqualetti.Filippo Fior (Launchmetrics.com/spotlight)
Se le podría echar la culpa a los 40 grados en los que este verano se ha instalado el termómetro —incluso en Pinsk, Berlín y Varsovia—, y considerarlo una mera cuestión de pragmatismo climático. Pero sería un tanto inocente (y muy reduccionista) pensar que en el hecho de que los pantalones sean cada vez más escuetos, las camisetas se corten para enseñar ombligo y los tops ahora vengan con escote, hay una lectura más política. Y más polémica.
Connor Storie, en la gala MET.Arturo Holmes/MG26 (Getty Images )
“Vivimos en una cultura muy visual, así que el cuerpo se ha convertido en otra herramienta de comunicación”, señala la estilista Alba Melendo, que colabora asiduamente con Palomo Spain, ha enfundado a Yung Beef en un mono de Gaultier de 1987 y vestido a Rauw Alejandro con tops de escote prominente y camisas que hacían un uso testimonial de los botones. Detrás de la corporeidad hay un mensaje latente que, curiosamente, “habla de una masculinidad mucho más cómoda con la vulnerabilidad y con la idea de mostrarse. Antes el hombre utilizaba la ropa para transmitir un poder o estatus y ahora también la utiliza para expresar su identidad. Una sensualidad que incluso puede transmitir cierta fragilidad. Enseñar el cuerpo ya no está tan necesariamente ligado a la fuerza, sino a la confianza”, apuntala la estilista.
Lo decía el filósofo Georges Bataille, allá por 1957: “La desnudez se opone al estado cerrado, es decir, al estado del ser replegado en su propia soledad. Es un estado de comunicación”. Y el vestir, por incongruente que parezca, es la forma de hacer ese mensaje patente y visible. El erotismo siempre se ha fabricado jugando con lo que se muestra y lo que se esconde, y la moda ha perfeccionado ese lenguaje a base de enfatizar escotes, dibujar aperturas, airear transparencias, ceñir siluetas y recortar metrajes. De las calzas con las que Luis XIV lucía pantorrilla a los pitillos envasados al vacío de Hedi Slimane y las camisetas de sisa inexistente con las que Pedro Pascal presume de dorsales. Lo curioso es que la fórmula funcione en un siglo XXI donde OnlyFans es una forma de vida y las redes son un bufé libre de carne al descubierto —por mucho que pixelen algún que otro milímetro de piel—.
Diseño de Van Notten.Isidore Montag (Launchmetrics.com/spotlight)
Venía fraguándose, escalando hasta lo inevitable con esa conjunción todopoderosa de redes sociales, celebridades y pasarelas. De Wisdom Kaye abanderando la baby tee —básicamente, una camiseta salida de la sección infantil— en posts virales que amasan decenas de miles de likes y una gala del MET donde por primera vez ellos dieron más que hablar que ellas en materia sartorial, a los desfiles de Dries Van Noten, Prada y Saint Laurent.
No puede decirse que ni las prendas en el candelero ni la idea del exhibicionismo anatómico del hombre sean nuevos. Un repaso a la hemeroteca basta para tirar de un hilo que llega hasta los años cuarenta y la revista Physique Pictorial de Bob Mizer, y toca cima en los ochenta, cuando la cultura de gimnasio se convirtió en un fenómeno de masas y la testosterona se disparó en Hollywood. La época en que Schwarzenegger sacaba bíceps en pantalla, los niños jugaban con figuras de He-Man y Gianni Versace encumbraba el look gigoló de torso torneado. “Para mostrar esos hermosos pectorales, los diseñadores han creado estilos transparentes y stretch”, escribía Woody Hochswender en The New York Times un 27 de agosto de 1991. De los jerséis de malla de Perry Ellis a las blusas de chifón de Marcus Ergas. “Es una prenda para enseñar cuerpo”, le explicaba Montgomery Brown, socio de Ergas, al periodista. “La gente trabaja duro para mejorar su físico y está orgullosa de cómo luce”.
Diseños de Saint Laurent. Daniele Oberrauch
Adelanten la cinta 35 años y la historia no ha cambiado. En todo caso, de hecho, se ha amplificado. El looksmaxxing —esa obsesión por optimizar la apariencia física personificada por Clavicular, un Patrick Bateman con ínfulas de viralidad espoleadas por la exposición facilona de las redes— es el culto al cuerpo de los ochenta pero en esteroides. Y esa fijación se refleja en el armario. “La moda habla de lo que pasa en la sociedad”, dice Melendo. Y la proliferación de crop tops, transparencias, shorts de un palmo y escotes en el ajuar masculino no son una excepción. “Hoy hablamos constantemente de nutrición, entrenamiento y longevidad, pero muchas veces detrás sigue existiendo una exigencia estética, porque es la sociedad en la que vivimos. Si la ropa deja más piel al descubierto, inevitablemente el cuerpo adquiere más protagonismo y, por lo tanto, hay que ponerse fit”, señala la estilista.
Si fue antes el huevo o la gallina es una pregunta bizantina. Pero “es muy interesante observar hasta qué punto la masculinidad actual dialoga con la obsesión por el culto al cuerpo; algo que, además, no está exento de cierta perversidad disfrazada de bienestar físico y salud”, apuntala Darío Ferreiro, experto en moda y cultura y docente en el Istituto Europeo di Design de Madrid. Descubrir el cuerpo masculino como objeto de deseo sexualizado empezó con los anuncios de Coca-Cola y siguió con Bruce Weber, Mark Wahlberg en calzoncillos de Calvin Klein, Abercrombie & Fitch y el metrosexual. Pero el quid de la iteración actual es que desvelar el cuerpo no es tanto un alarde de músculo y hombría como la materialización sartorial de un nueva forma de entender la masculinidad.
Diseños de Saint Laurent.Launchmetrics.com/spotlight (Launchmetrics.com/spotlight)
Sí, ya lo hacía Gaultier en los noventa, cuando en sus desfiles de costura —los primeros que unieron hombre y mujer y dinamitaron los roles de género— ridiculizaba las nociones convencionales de la vanidad y el comportamiento masculinos sacando a sus modelos con faldas, transparencias y corsés. Lo que marca un punto de inflexión real es que ahora la prerrogativa no se restringe a las reducidas esferas de la alta moda, sino que desfila por la Gran Vía.
Según Lyst, la plataforma de búsqueda digital, las pesquisas de los escuetos shorts de Adidas con los que Harry Styles y Paul Mescal hicieron arder las redes suben un 73% mes a mes, mientras que los analistas de Accio dan fe de una tasa de crecimiento anual del 5,9% hasta 2033 en el negocio del crop top masculino. Las camisetas con escote en V hasta el ombligo son el nuevo superventas de American Apparel y la gasa transparente gana adeptos. Incluso los pies, en su día tabú masculino, se dejan ver con chanclas que puntúan como objeto de deseo: de las de The Row a las de ERL —que se adueña de la premisa con una campaña con modelos esculpidos con cincel, bronceados y completamente desnudos, excepto por los pies—. Incluso el Speedo vuelve al ruedo, con la venia de Bode y Wales Bonner.
Prince, en un concierto en 1986.Jim Steinfeldt (Getty Images)
“La masculinidad no necesita que la rescaten, necesita que la reinventen”, reivindican desde la firma Oh Posies, donde el crop top es bandera —y superventas—. “En algún punto entre los gym bros de los ochenta y las boy bands de los noventa, las camisetas cortas estaban en la onda. Ahí están los primeros uniformes de fútbol americano, Prince, Will Smith en El príncipe de Bel-Air o Lenny Kravitz simplemente existiendo. Después llegaron los años dos mil con saña y cualquier cosa vagamente poco macho fue desterrada. Pero ahora, con el auge de la moda sin género y una generación Z que se niega sistemáticamente a seguir las reglas de nadie, el crop top vuelve a hacerse ver como si nunca se hubiera ido”.
Diseño de Prada.Launchmetrics.com/spotlight (Launchmetrics.com/spotlight)
Lo atestiguan la calle, las redes, las pasarelas de esta primavera-verano —y las de las próximas dos temporadas también—. De Dolce & Gabbana y Dsquared2 a Rick Owens, Fiorucci y Vetements: una sucesión de aperturas, americanas abiertas sin nada debajo, pantalones mínimos, tops de tirantes espagueti y transparencias que se declinaban hasta en los zapatos. “Muchas colecciones recientes son un síntoma claro de que las fronteras de género se están diluyendo”, dice Ferreiro. “Todo ello, sin embargo, en un contexto global muy complejo, marcado por la batalla cultural que ejerce el conservadurismo político. Se me ocurren ejemplos muy claros, como las propuestas de Jonathan Anderson en Dior, con esos tops de malla metálica. También Jacob Elordi vistiendo una chaqueta de mujer de Chanel de la colección de primavera-verano de 2026 de Matthieu Blazy. O Troye Sivan en uno de sus últimos posts de Instagram: una foto en blanco y negro en la que viste una mínima prenda interior de encaje y, encima, un abrigo. Es una manera muy gráfica de expresar su identidad queer a través del destape y la sexualidad, manifestando una libertad fantástica”.
Un power dressing a la inversa: si las mujeres se apropiaron de los pantalones y las hombreras en un ejercicio de empoderamiento, ahora son los hombres los que se adjudican prendas, tejidos y siluetas asociados a la mujer. Con todo lo que eso conlleva. “Por un lado, es positivo que un hombre pueda ponerse una transparencia o un crop top sin que esto cuestione su masculinidad. Cada vez hay más ejemplos, incluso de futbolistas, que han abrazado esta filosofía”, señala Melendo. “Eso amplía el lenguaje de la moda, pero también es verdad que aparece esta nueva presión que es que, si el cuerpo es protagonista, hay que respetar ciertos cánones. Igual que ha ocurrido durante muchísimos años con las mujeres”.
Fotograma de El príncipe de Bel-Air. Chris Haston (NBCU Photo Bank / Getty Images)
El actor Troye Sivan, modelo de Saint Laurent.Taylor Hill (FilmMagic / Getty Images)