El centenario del nacimiento de Fidel Castro encuentra este jueves a los cubanos sin luz ni agua y con poco espacio para las celebraciones. Bajo el asedio de la Administración de Donald Trump, que ha agudizado la deriva política interna, son obligados a vivir un presente que solo admite urgencias. Parte de la población lo recuerda. Dice que los pesares no habrían sucedido si «Él» estuviera. También le atribuyen la responsabilidad principal. Los que ya tienen 20 años no lo conocieron en el ejercicio del poder, y tampoco lo extrañan. No tienen tiempo ni, tal vez, deseo de una inmersión nostálgica por lo no vivido. Una isla arruinada apenas los invita a imaginar maneras de fugarse.

«Nada de pan sin libertad, nada de libertad sin pan», proclamó Fidel al entrar en La Habana el 8 de enero de 1959. Y dijo entonces a la revista Bohemia que se retiraría del mando político cuando en su barba despuntara la primera cana, el síntoma inequívoco del envejecimiento. No sucedió una cosa ni la otra, por una combinación de factores que también desafían por estas horas de apagones a una de sus frases más recurrentes, «la historia me absolverá«, dicha el 21 de septiembre de 1953 durante el juicio por el ataque a un cuartel militar que supuso su bautismo armado.

Hijo de un inmigrante gallego que llegó a poseer tierras en Birán, en el oriente de la isla, de tales dimensiones que lo llevaron a levantar una sala de primeros auxilios y una escuela, casi un pequeño Estado, el «Comandante en Jefe» ha sido perseguido por el número seis. Además del año de nacimiento (1926), lanzó la lucha armada en 1956, abandonó su cargo en 2006 debido a una enfermedad, y falleció en noviembre de 2016. Ahora, en 2026, el Gobierno se anticipó al «cumpleaños» con exposiciones, conciertos, conferencias y sentidos discursos del presidente Miguel Díaz-Canel en los que se destacaron su coraje y estatura intelectual y política. Un Castro altruista y visionario surge de los discursos y las alabanzas estatales. El aniversario reaviva a la vez la discusión crítica con su fantasma.

Una ley aprobada tras su muerte prohibió erigirle monumentos o utilizar su nombre para bautizar instituciones públicas. El rostro que solía imprimirse en vallas se descascaró por efecto del salitre hasta que, con el paso del tiempo, dejó de tener preeminencia. El centenario le dio otra tenue visibilidad. Surge también la constatación de que existen tantos «Fideles» como discursos que permiten enfrentarlo: el nacionalista y el jacobino, el que quería construir el socialismo y el comunismo al mismo tiempo y aquel que fomentó el turismo como tabla de salvación después del derrumbe soviético; está el purista y el que sostenía que las prostitutas cubanas eran las más cultas del mundo. Muchos más «Fideles», el promotor de la lucha armada continental y el pragmático de las relaciones internacionales.

Los Simpson y el final temido

Hay un capítulo de Los Simpsons de 1998 en el que Homer, el señor Burns y Smithers viajan a Cuba con un billete de un trillón de dólares. En un momento se escucha a Fidel decir, antes de quedarse con el dinero: «Camarada, nuestra nación está en la ruina, no tenemos más opción que abandonar el comunismo». Ante las expresiones de lamento añade: «Lo sé, lo sé. Pero sabíamos desde el principio que esto no funcionaría». El Gobierno cubano se enojó, y mucho, con Matt Groening. Pero el Fidel real no tardó demasiado en coincidir con su caricatura. En noviembre de 2005, poco antes de dar un paso al lado en la función pública, el «Comandante en Jefe» se presentó en el Aula Magna de la Universidad de La Habana y dijo algo que 21 años después tiene resonancias especiales: «Este país puede autodestruirse por sí mismo; esta Revolución puede destruirse, los que no pueden destruirla hoy son ellos… Nosotros sí, nosotros podemos destruirla, y sería culpa nuestra».

El reconocimiento de esa posibilidad es leído a través de la lente que ofrece la coyuntura más dramática que enfrenta la isla. Hubo un tiempo también en el que el primero de los Castro, pasado el derrumbe soviético, admitió que «entre los muchos errores que hemos cometido todos, el más importante era creer que alguien sabía de socialismo o alguien sabía cómo se construye». Aquellas frases dejaban entender que el laboratorio social que fue el castrismo tenía posibilidades eternas de corrección. En medio del «cerco energético» de Washington y las sanciones económicas cada vez más agresivas, Díaz-Canel, el relevo de los Castro, promueve una apertura al capital extranjero, si es cubano-americano, mejor, la privatización a escala, un nuevo uso de la tierra y, además, un ajuste que el viejo Fidel habría tachado de «neoliberal». Solo faltaría que Washington le dé el aval para que Cuba cambie radicalmente. Pero Trump y el secretario de Estado, Marco Rubio, parecen buscar una solución al viejo problema cubano más humillante y drástica.

Divisiones internas

A la espera de la posibilidad de una solución negociada, el Partido Comunista muestra cada vez opiniones más enfrentadas respecto a la viabilidad de un programa de esa naturaleza. En los hechos, aunque no de manera formal, una sutil división comienza a manifestarse en el seno de esa formación, algo que quizá nadie preveía para el centenario de Fidel. Cada facción, la que defiende la apertura y la que le tiene miedo por el recuerdo de lo que pasó en la URSS con Gorbachov, se considera «fidelista».

Díaz-Canel encabezó el «Coloquio Internacional Fidel: legado y futuro», y les dijo a los invitados, como si ese trasfondo no existiera, que «estudiar y asumir con convicción la obra inmensa del Comandante en Jefe, tanto en pensamiento como en acción, es una necesidad imperiosa para todos los que estamos empeñados en promover transformaciones económicas y sociales que detengan el proceso de asfixia al que está siendo sometida la Revolución Cubana, como parte de una criminal guerra que dura ya más de seis décadas». Y añadió: «salvar la Revolución Cubana de una de las amenazas más graves que haya enfrentado en 67 años, bajo agresiones de todo tipo, es el mayor desafío de nuestra generación y nos honra asumirlo convencidos de que venceremos».

Un apellido que no dice lo mismo

El significado del apellido Castro ha mutado. Nombró a Fidel y luego su hermano, Raúl, el primer promotor de las reformas y artífice del restablecimiento de las relaciones con Washington durante la era de Barack Obama tan criticada por su hermano. Pero Castro remite en la actualidad a Sandro Castro, nieto del «padre fundador» y verdadero bon vivant en una isla devastada. La otra figura es más compleja. Raúl Guillermo Rodríguez Castro, más conocido como «El Cangrejo«, pasó de ser el guardaespaldas de su abuelo Raúl a convertirse en el principal interlocutor informal entre La Habana y Washington.

Es hijo de Déborah Castro Espín, la hija mayor de Raúl Castro, y del difunto general Luis Alberto Rodríguez López-Calleja, fundador del emporio militar GAESA que quedó en la mira de EEUU. Es conocido por su afición a la ropa de diseñador y los viajes en jet privado. Llegó a justificar sus gastos de modo sorprendente: el dinero provenía de «amigos adinerados y admiradores» que ayudaban a mantener una vida sin preocupaciones. «Ahora, cuando la presión interna y externa parece a punto de desbancar a la familia del poder, algunos de sus vástagos se ofrecen como posible Castro III, el nuevo mesías capaz de mutar la naturaleza obsoleta del régimen y lograr el futuro promisorio sin que desaparezca la dinastía», señaló Mario Juan Valdés Navia en el portal ‘CucaxCuba’.

Fidel, en tanto, fue motivo de mensajes evocatorios del presidente ruso, Vladímir Putin, y su homólogo chino y secretario general del Partido Comunista de China (PCCh), Xi Jinping. Una carta siempre es más barata que un buque con petróleo, ironizan en la isla.

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