El chileno Antonio Ona ‘Muralonas’ pasó, casi por casualidad, de ser un grafitero clandestino en Barcelona a ganarse la vida como artista urbano. «Estaba pintando paredes por las calles de Sant Andreu. Una mujer se dirigió a mí. Pensaba que iba a llamarme la atención, pero me dijo que le gustaba lo que hacía y me preguntó si podía pintar la persiana de su comercio».

Antonio dijo ‘sí, quiero’ y el boca a boca hizo el resto. «Otros establecimientos de la zona me empezaron a reclamar. Acabé firmando un acuerdo con una asociación de comerciantes de Sant Andreu para pintar sus persianas». De ahí a dejar su sello en otros lugares de Barcelona como El Clot o El Carmel, en su Santiago natal o hasta en Nueva York. Ahora regenta ‘Muralonas’, una empresa dedicada a este tipo de intervenciones artísticas callejeras.

A menudo, las referencias al grafiti están asociadas a vandalismo, trenes pintados o cuerpos policiales incorporando sistemas de vigilancia como drones para evitar que se firmen las paredes. Pero pintar en la calle también ha pasado de ser un acto de rebeldía a convertirse en una herramienta transformadora. De los comercios de los barrios, del urbanismo de las ciudades e incluso de pueblos enteros. EL PERIÓDICO habla con algunos de los protagonistas de una generación de artistas, nacidos en la década de los 80, que reivindica un mayor papel del arte callejero en el urbanismo.

La valenciana Julieta XLF pintando un mural

La valenciana Julieta XLF pinta un mural. / Luis Carbonell

Escuela NYC

«En España ya había tradición de pintadas y de muralismo en los 80. Había muchos espacios libres en las ciudades y una legislación bastante laxa», cuenta Fernando Figueroa, doctor en Historia del Arte por la UCM y tal vez el mayor estudioso del grafiti y el arte urbano en España.

Pero entonces llegó la explosión de la cultura hip-hop de los 90. «Nació una nueva escuela inspirada en el modelo de Nueva York, que llegó por las películas y se estableció incluso una nueva filosofía. Antes se evitaba la confrontación con las fuerzas del orden si te sorprendían pintando. Huías o te entregabas. Y si te pillaban, te ponían una multa o te regañaban. La llegada del modelo neoyorquino fijó otras reglas. Dejó de rehuirse el enfrentamiento con la autoridad y se impuso una actitud combativa. El ‘vandal’ se convirtió en la nueva apuesta».

«Ahora, a veces, el grafiti no es más que un medio para conseguir el objetivo real: generar contenido para las redes. Grabar la misión de llegar a un lugar y pintar, editar el vídeo y subirlo a las plataformas»

Fernando Figueroa

— Doctor en Historia del Arte por la UCM

El ‘vandal’. Como su propio nombre indica, consiste en actuar en espacios públicos. Pintar en la calle. Y es casi siempre el inicio de una gran parte de artistas urbanos que triunfan en la actualidad. «Yo empecé ahí y cuando era joven me pusieron mis multas, como a todo hijo de vecino», afirma la gallega Lula Goce, una de las españolas más exitosas. La mayoría de ellos comenzaron a pintar con colegas del barrio.

Ella no era una grafitera al uso. «Más que el rollo firmas de Nueva York, a mí siempre me gustó el muralismo, la ilustración del surf californiano». Eso, sumado a su formación en Bellas Artes, la llevó hasta los botes de pintura y a las brochas. De ahí pasó a dar clases de arte en la universidad, a doctorarse en creación artística y a ejercer de comisaria en exposiciones de arte.

La gallega Lula Goce delante de uno de sus murales

La gallega Lula Goce, frente a uno de sus murales. / Cedida

‘Boom del arte urbano’

Lula inició su recorrido a principios del siglo XXI, cuando el grafiti y el arte urbano empezaban a separar sus caminos. «El ‘boom’ del arte urbano generó polémicas –apunta Figueroa–. Por una parte, la pintura urbana fue absorbida por el mundo del arte y entró en las galerías. El artista urbano aceptó esa profesionalización, pero el grafitero callejero no aspiraba a llegar a las galerías».

Dos décadas después, las fronteras siguen siendo difusas. De hecho, muchos artistas actuales combinan una carrera profesional con la pulsión de seguir pintando en la calle.

El grafiti debe tener un componente subversivo porque es antisistema; también es un mundo bastante masculino, territorial, de dejar la firma, aquí he estado yo»

Julieta XLF

— Artista urbana

«El grafiti debe tener un componente subversivo porque es antisistema«, explica la valenciana Julieta XLF, una de las artistas urbanas más renombradas de España. Es artista urbana y muralista, pero reconoce que sigue saliendo a la calle «con un par de botes de pintura en el bolso» por si encuentra algún «lugar interesante». Julieta señala que «el grafiti es más invasor, mientras que el arte urbano dialoga –afirma–. En realidad es un mundo bastante masculino, territorial, dejar la firma, aquí he estado yo». Y apunta que «el arte urbano también es subversivo. Es el motor por el que empecé a pintar en la calle».

En general, los artistas urbanos y muralistas no criminalizan la pintada pura. Saben que es la cantera «y la única forma posible de empezar a pintar. Te pueden multar, pero… ¿cómo se empieza si no? Debería haber más espacios para aprender. Pintar, borrar, pintar. Sería muy fácil para los ayuntamientos disponer de bloques de hormigón para permitir a la gente que practicase», apunta Lula Goce.

Julieta también defiende las intervenciones en la calle «sin permiso», la frontera que separa el arte urbano del muralismo, pero tiene otras ideas sobre lo de montar espacios para que se pueda ensayar: «La escuela del grafiti, lo que te permite es aprender a pintar muy rápido». Ambas, Lula y Julieta, coinciden en que el arte urbano debería integrarse cada vez más en el urbanismo.

Pueblos con arte

Con sus defensores y detractores, esa colaboración entre gente que pinta en la calle y administraciones que lo fomentan existe. Y ha dado excelentes resultados en lugares como Penelles (Lleida), un municipio de menos de 500 habitantes que este año ha celebrado la 11ª edición del Gargar Festival: un evento artístico dedicado al muralismo que ha transformado al pueblo. Literalmente.

«La única forma posible de empezar a pintar es en la calle. Te pueden multar, pero… ¿cómo se empieza si no? Debería haber más espacios para aprender. Pintar, borrar, pintar»

Su alcalde, Eloi Bergós, explica que en estos 11 años se han pintado más de 200 murales y ha habido una transformación total del pueblo. «El nuestro es un municipio pequeño donde el turismo no estaba ni se le esperaba. Ahora hemos conseguido que la gente venga a vernos. Esta experiencia va mucho más allá del festival, porque sobre todo los fines de semana el pueblo se llena de gente. Eso ha logrado que persistan los establecimientos que no podríamos tener en el pueblo por el número de habitantes que somos. Ya hay dos bares, una tienda, una farmacia, un cajero. Un montón de servicios que ahora tienen sentido», concluye.

Una realidad similar se vive en Villafranca (Navarra), que ya ha celebrado seis ediciones del 31330 Art Festival, un evento de arte urbano que transforma las calles del municipio en una galería al aire libre. «La idea inicial era bastante sencilla: había fachadas y zonas degradadas o poco atractivas y pensaron que el arte urbano podía servir para recuperarlas y, al mismo tiempo, hacer Villafranca más bonita y amigable» explica Josu de Pablo, uno de sus impulsores. «Este festival ha transformado físicamente Villafranca, ha creado un producto turístico permanente. Ha creado nuevos iconos del pueblo. Ha conseguido implicación vecinal y ha proyectado a Villafranca fuera de su entorno inmediato».

«El festival ha transformado físicamente el municipio, ha creado un producto turístico permanente. Ha creado nuevos iconos del pueblo. Ha conseguido implicación vecinal y ha proyectado a Villafranca fuera de su entorno inmediato»

Josu de Pablo

— Portavoz del 31330 Art Festival de Villafranca

Nuevo escenario

Más allá de estas colaboraciones, el arte callejero se encuentran en una nueva fase: la del algoritmo. De hecho, las redes sociales pueden ser el elemento que encumbre a un artista y han dado un vuelco a la escena.

Uno de los murales de Lula Goce

Uno de los murales de Lula Goce / Cedida

«Ahora, a veces, el grafiti no es más que un medio para conseguir el objetivo real, que es generar contenido para las redes. Grabar la misión de llegar a un lugar y pintar, editar el vídeo y subirlo a las plataformas. Eso, a menudo, es más importante que la obra en sí», apunta Figueroa. Sea como sea, las redes permiten dar una vida virtual a un acto tan efímero como una pintada y llegar a audiencias millonarias, lo que arroja nuevas preguntas sobre cómo se preservan los códigos, la reputación y la autenticidad en la cultura urbana.

«Hay gente que solo está pendiente de ver quién tiene más ‘likes'», afirma Antonio Ona. Es cierto que siguen existiendo «los grafiteros de la vieja escuela que imprimen la foto de su trabajo y la guardan en el álbum en lugar de compartirla en redes», apunta Julieta. Sin embargo, está claro que las redes sociales han cambiado las reglas del juego y los artistas urbanos post-Banksy a menudo se mueven entre la clandestinidad y la notoriedad de Instagram, y entre la calle y las marcas, las instituciones y las galerías de arte.

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