A Javier Garrido Romanos (Calahorra, 1970) es fácil verle pintando en la ribera del Ebro o del Cidacos. En su obra abundan las referencias … a lugares y entornos calagurritanos. Y lo que tampoco faltan son los premios, aunque en los próximos días llegará uno de los más inesperados y con el que recibe el cariño de la ciudad que pinta y para la que pinta.
– ¿Cómo recibió la noticia del nombramiento de ‘Calagurritano de Honor’?
– Con sorpresa y muchísima alegría.
– Sus inicios en la pintura llegaron de la mano de otro artista calagurritano como fue Pablo Torres.
– Fue una figura crucial en mi formación y vocación como pintor. Él tuvo mucho que ver en ese despertar hacia la fascinación que supone el arte y la expresión plástica. Pero fue clave también en la visión afectiva y emocional que siento hacia todo lo que es Calahorra. Él me iba formando en la disciplina del dibujo con una enseñanza casi ‘espartana’. Me enseñaba el dibujo desde la pura praxis caligráfica. Después ya vino el conocimiento de las técnicas, de la pintura del natural, del dibujo desde una visión más amplia, y sobre todo, el amor hacia los clásicos como Miguel Ángel, Rubens, Velázquez… Torres me hablaba de todos ellos y a la vez me trasmitía todo el acervo cultural de Calahorra. Por eso aprovecho estas líneas para decir que considero que no se le ha hecho el reconocimiento que merece su figura.
– Después de formarse en la Universidad de Barcelona, regresó a Calahorra, donde ha desarrollado su carrera. ¿Se siente afortunado?
– Cuando acabé la carrera tenía dos opciones: quedarme en Barcelona para hacer la tesis doctoral o volver a Calahorra y comenzar a pintar. Me decidí por venir porque, aquí, tenía un espacio para tener un taller propio. Ello condicionó el que yo pudiera dedicarme a pintar y después el que me pudiera presentar a concursos y ganar premios de pintura. El reconocimiento con los premios me abrió muchas puertas, tanto para galerías como para clientes.
– ¿Cuáles han sido los hitos de su carrera?
– A nivel nacional, el premio Penagós de Dibujo (1994) y el Premio Durán de Pintura (1998). Son dos galardones con mucho prestigio y mucha proyección en el mundo del arte especializado. Y a nivel, regional, el haber ganado la primera edición del Premio de Pintura del Parlamento de La Rioja. Ese premio, en ‘casa’, fue muy emotivo.
– En sus obras se puede ver arte figurativo y bodegón, pero está claro que está centrada en el paisaje. Y, evidentemente, se inspira en el que le rodea con la ribera del Ebro.
– El gran caballo de batalla de mi pintura ha sido y es el paisaje. Es una vinculación emocional con el entorno que me rodea. Es igual que sean los Agudos, la vega del Cidacos, la ribera del Ebro o la propia ciudad de Calahorra, que siempre pinto desde fuera. También lo pinto porque tengo una necesidad de estar en ese paisaje, de habitarlo y de pintarlo del natural.
– Hace 30 años impulsaba el Certamen Nacional de Pintura ‘Ciudad de Calahorra’. ¿A qué cree que se debe su permanencia cuando vemos que otros muchos han desaparecida?
– Por un lado, mi cabezonería ( ríe), pero también, evidentemente, al respaldo durante muchos años de la Fundación Cruzcampo, del Cafetín (cuatro años) y al Ayuntamiento.
– ¿Cómo está afectando al arte y a los artistas la IA?
– La inteligencia artificial, como todas las innovaciones que han venido a lo largo de la historia, son herramientas de las que dispone el ser humano. No creo que lo vaya a sustituir. En el Renacimiento, Davinci, Brunelleschi o León Battista llevaron a la cima de la pintura la ciencia de la perspectiva. Entonces, era una novedad enorme, y fue bienvenida.