«Por otro lado, las nubes, el vapor, la niebla, el agua y la atmósfera no tenían por qué tener una forma definida y, en consecuencia, aquello que hoy interpretamos como un paso audaz hacia la abstracción no fue, en su época, más que una expresión de naturalismo»
Clement Greenberg
Se ha señalado en alguna ocasión que el posicionamiento de la abstracción española en los ochenta parecía fuertemente influenciado por la pintura francesa, y que lo abstracto se reafirmaba frente a las corrientes estéticas del movimiento conceptual. Posicionamiento que reivindicaba la pintura como un procedimiento que no renunciaba a ser considerado de vanguardia, capaz de mantener su influencia cultural, artística y, también, política, en la sociedad española de esos años. Las obras de José Luis Cacho, ya desde mediados los setenta, con esas cualidades matéricas intrínsecas a su pintura, el atrevimiento en sus composiciones, a veces casi –lo que no resulta desde mi punto de vista contradictorio– desmaterializadas… a punto de desaparecer ante la mirada del espectador, respiran esos aromas, atrevidos y sofisticados, teñidos de un aura poética, en cierta manera melancólica –que parece enlazar, de forma directa, con aquellas palabras de Greenberg referidas a la pintura de William Turner–; y que, por cierto, no renuncia a apropiarse en alguna medida, del sentido de lo conceptual a la hora de acercarse a aquello que ha decidido convertir en objeto y motivo de sus lienzos, el aire, la niebla, la fugacidad de las formas.
En esa manipulación de las materias, tan habitual en los lienzos del extremeño –Cacho nació en Barcarrota, Badajoz, aunque pronto se estableció en Murcia–, podríamos pensar que la estética ha pasado a segundo plano; o que forma, color, composición, dibujo, no son más que meros componentes, ingredientes del cuadro, y que ninguno de ellos es, por sí solo, indispensable… vana ilusión. Puede que Cacho nos parezca, como individuo, incluso como pintor, irónico, o desapegado de su papel como artista… una falsa percepción. Porque lo que siempre cuenta, al referirnos a José Luis Cacho es el valor de revelación que confirma el acto de pintar; la obra, el enigma de la obra, como resultado. Un enigma sí, Cacho constituye un enigma… No hacen falta exégetas para explicar su pintura, ni su actitud como artista, basta dejarse arrastrar por las sugerencias de sus obras, de sus escogidas propuestas.
Tal vez fue su interés por el barroco, el inicio de un nuevo camino a abordar desde su manera, desde su conocimiento artístico, lo que hizo percibir a nuestro pintor, en la Catedral, un vehículo trasmisor de sus propuestas plásticas. A comienzos de los ochenta Cacho comenzó a realizar un ciclo inspirado en la Catedral murciana. Evocaciones arquitectónicas que sirvieron de excusa para otorgar, en sus óleos y acrílicos, protagonismo al juego de la luz que tiembla en amarillos, ocres y grises sobre el lienzo. La Catedral. El mirador de la luna, un óleo de 1981; La Catedral. Estudio de detalle desde la Puerta del Pozo, pintado en 1982; La Catedral en el mirador del sol, texturas esenciales donde la forma se diluye; o, en tono ciertamente irónico y como homenaje a dos de sus pintores de referencia, el díptico: La Catedral vista por Zurbarán. Según Gómez Cano aquí hubo una ventana. Unas obras, algunas de las cuales dieron lugar a distintas serigrafías.
Esta obra: Inscripción en la fachada de la Catedral, es una serigrafía con evidentes vínculos con el citado óleo sobre lienzo de título La Catedral en el mirador del sol; una pieza de 97×130 cm. que se expuso en junio de 1990 en el Almudí para celebrar los 25 años de CajaMurcia. Aunque la serigrafía incorporó un texto que aún hoy podemos ver –un tanto desdibujado– grabado bajo la ventana derecha de la fachada de la Catedral. Un texto que advierte que será excomulgado de excomunión mayor, y castigado con pena de cuatro ducados, todo aquel que orinase, echase, o permitiese echar, basuras o inmundicias en el entorno de la Catedral; y que parecía anticiparse a la suciedad que durante muchos años rodeó el monumento catedralicio. Aquí hay que recordar que, a finales de julio de 1934, el arquitecto de la Sexta Zona, conservador de los monumentos nacionales, Torres Balbás, visitó Murcia, inspeccionó el exterior de la Capilla de los Vélez –declarada Monumento Nacional– y, como responsable de las obras de conservación que en ella se ejecutaban, ordenó su limpieza y prohibió que se fijasen carteles en sus muros. Inscripción en la fachada de la Catedral, una obra gráfica que formó parte de una carpeta, realizada por Pepe Albacete en su taller, Junza, que contenía serigrafías de Antonio Ballester, Vicente Ruiz, Pedro Cano y Alfonso Albacete.
Y es que un cuadro, una pintura, o está serigrafía de Cacho que comentamos, es la proyección, la imagen real de un artista, sin imposturas ni apariencias falsas, con sus miserias y sus bellezas, con sus luces y sus sombras, sin posibilidad alguna de engaños. La pintura no acepta, ni admite, mentiras ni falsedades.