Albania es un hervidero cultural, turístico, social y, sobre todo, inmobiliario. El país balcánico lleva años así, pero este verano ha acaparado la atención internacional. Los albaneses llevan semanas saliendo a las calles de Tirana para protestar, entre otras razones, contra el resort de lujo que Ivanka Trump y Jared Kushner, hija y yerno del presidente de Estados Unidos, planean construir en la reserva natural de la isla de Sazan. Bajo el grito de “Albania no se vende”, miles de ciudadanos se han unido a la revolución de los flamencos, bautizada así por los animales que habitan la reserva.
En esas mismas fechas, José Selgas y Lucía Cano, fundadores del reconocido estudio de arquitectura Selgascano, viajaban al país para otra reunión multitudinaria. En este caso, la segunda edición del festival Bread and Heart que juntaba a los más de 300 estudios de arquitectura involucrados en la impresionante transformación urbanística del país en los últimos años. “Éramos arquitecto tras arquitecto. Te dabas la vuelta y tenías otros tres detrás”, bromea Selgas, que también compartió el viaje con sus colegas Fernando Rodríguez y Pablo Oriol del estudio FRPO con los que lleva dos años trabajando en Albania con proyectos como las torres Sky-K, que se tiene previsto comenzar su construcción este año,
Simulación del aspecto final del proyecto. Detrás de esas moles rojas y amarillas se esconderán hasta 27 plantas diseñadas para responder a la demanda social de vivienda asequible en el lugar.
Con su arriesgada silueta, a medio camino entre una chimenea de fábrica y una cáctus gigante, estas dos torres proponen un equilibrio casi imposible: homenajear el pasado industrial de la ciudad costera de Durrës al mismo tiempo que la impulsan en su vertiginosa renovación. Pero conviene no dejarse llevar por su llamativa fachada. Detrás de esas moles rojas y amarillas se esconden hasta 27 plantas diseñadas para responder a la demanda social de vivienda asequible en el lugar. El proyecto es uno de los muchos que Selgascano y FRPO preparan en Albania, pero demuestra a la perfección la filosofía con la que los arquitectos españoles abordan todos sus trabajos en un momento y un país tan efervescentes como Albania en 2026.
“En algunos proyectos se nos han ofrecido construir en ciertos espacios en los que pensábamos que no debía construirse y hemos dicho que no. La ética del arquitecto siempre debe estar presente. Lo que está ocurriendo, que creo que viene de las estupidez de algún promotor, surge de una protesta más general. En Tirana los precios están subiendo mucho, los jóvenes ya no pueden acceder a casas, como está sucediendo en Madrid y muchos lugares europeos. Albania ha dado un salto a una velocidad enorme”, aclara Selgas. Por su parte, Pablo Oriol defiende que la administración del primer ministro Edi Rama también es muy consciente de los peligros del superdesarrollo.
Una maqueta virtual del proyecto.
“El festival de este año hablaba en buena medida de la necesidad de atender al medio ambiente. Seguramente es necesario que esas buenas intenciones que nos transmiten a los arquitectos se comuniquen mejor. Hay una necesidad de mayor transparencia porque todo esta yendo muy rápido y es muy difícil comunicar cuando las cosas van tan rápidas”, defiende Oriol. El arquitecto madrileño también alude a los pecados del desarrollismo español de los años cincuenta y sesenta como un manual de errores a evitar que aplican casi inconscientemente en su trabajo: “No lo hemos vivido pero lo tenemos muy presente”.
En Albania el turismo representa más de la cuarta parte de su PIB. Al fin y al cabo, la apertura que vive ahora el país, un país que sufrió casi cinco décadas de dictadura comunista y entró en democracia hace poco más de 30 años, no dista tanto de la que en su día vivió España. Tampoco el clima, la gastronomía, el estilo de vida. De allí que los arquitectos convirtieran el espíritu mediterráneo en la base sobre la que construir proyectos como las torres Sky-K. Pero, ¿cómo llegaron estos dos estudios madrileños hasta este lado del Mediterráneo?
A pie de tierra, las dos torres estarán unidas por un jardín. De aquellos pabellones, estas torres
La primera vez que los cuatro arquitectos trabajaron juntos fue precisamente en un intento de exportar la marca España. Juntos trabajaron las propuestas para el pabellón español de las exposiciones universales de Milán en 2015, Dubái en 2020 y Osaka en 2025. En ninguna ganaron el concurso. En un momento se les propuso presentar una propuesta para el pabellón de Albania. “Nos invitaron a participar y no teníamos ninguna relación con el país. Nos sonaba a chino y eso que nosotros trabajamos en China”, bromea Selgas. Mandaron la propuesta y tampoco tuvieron suerte. Pero ya se habían acercado a la gran revolución que se armaba en Albania.
El primer concurso que sí obtuvieron en el país fue para la torre Rozafa en la ciudad turística de Skodra. “Allí empezó la locura albanesa, amigos albaneses, proyectos albaneses, historias albanesas”, resume Selgas. La adaptación al terreno fue fácil, apenas le bastó un viaje antes del concurso para quedarse con las claves del entorno. “El país no nos es nada extraño. En el fondo es un país mediterráneo con una cultura que mezcla los orígenes musulmanes, otomanos, griegos y católicos, con lo cual es muy similar a España”, explica Fernando Rodríguez.
Desde entonces, no han dejado de conseguir proyectos. Muchas de las lecciones que han aprendido sobre el terreno durante este periodo están encerradas en las torres Sky-K, su proyecto más particular ya desde el propia ubicación. La ciudad de Durrës, que el régimen comunista de Enver Hoxha convirtió en centro de la industria pesada, forma casi un continuo metropolitano con Tirana y es, además de la segunda ciudad más grande, la capital costera del país. En pleno centro de la ciudad, junto al puerto, se escondía un solar discreto próximo a una piscina pública y a la histórica Villa Real construida en 1937 durante el efímero reinado del rey Zog I de Albania.
Pero, lo más curioso es que la parcela pertenecía a una cirujana plástica llamada Kejsi, de allí la K del nombre de las torres. “Es una historia bonita. No es una gran promotora de apartamentos de playa, de hecho, para ella es el legado que le dejó su padre. Hay muchas historias de este tipo en Albania, mucha gente que, en esta situación en la que se están haciendo cosas importantes, están invirtiendo. Para esta mujer es algo muy personal, le sale casi de las entrañas. Para hacer un buen edificio hace falta un arquitecto que no sea manco, pero también un buen cliente que lo entienda y acepte”, explica Oriol.
Selgas, sin embargo, remarca la importancia que ha tenido el primer ministro Edi Rama a lo largo de toda su aventura albanesa: “Si no fuera porque está detrás de los proyectos, ayudando y apoyando a los arquitectos, los promotores privados no nos tendrían en cuenta”. Rama, que también es artista, pintor e hijo de un conocido escultor, lleva en el cargo desde 2013 y es el responsable de que el país, uno de los más pobres de Europa, se haya convertido en el gran laboratorio arquitectónico europeo. De hecho, el político se hizo famoso cuando era alcalde de Tirana por su iniciativa de pintar con colores vivos los edificios antiguos para sacar a la ciudad del brutalismo grisáceo. En las torres Sky-K el mismo Rama es, en parte, responsable de la forma.
Recreación digital del aspecto que tendrán las torres en el ‘skyline’ de Dürres.Lo sensato no quita lo arriesgado
Los arquitectos le presentaron el proyecto, que en principio iba a consistir de dos torres que se acababan uniendo, y el primer ministro les recomendó plantearlo a la inversa. Empezar con las dos torres unidas por una gran planta baja rodeada de jardín y luego separar las dos torres como si fueran dos chimeneas industriales. El nuevo diseño permitía asegurar las vistas a la costa para los edificios colindantes, pero hacía las plantas de cada torre muy pequeñas. Entre las escaleras y el ascensor se hacía muy difícil encajar todos los apartamentos. Además, se encontraron con otra limitación. Entre las condiciones sísmicas del lugar y los estándares de la industria local, solo podían construir con un material.
“A mi me gusta que el proyecto responda a una demanda social. Los apartamentos son muy pequeños, de 40, 50 o 60 metros cuadrados máximo. Se quedan en niveles adquisitivos bajos, esto conlleva costes de construcción bajos y limitados. El mejor material siempre es el que hay en el lugar y aquí solo había hormigón”, señala Selgas. Pero de esa restricción salió también uno de los principales atractivos del edificio: el color, una de las señas de identidad de Selgascano con la que FRPO se encuentran cada vez más cómodos.
“Hemos aprendido mucho. La pintura es una herramienta muy poderosa, pero sobre todo muy barata. El color ayuda a que los elementos de bajo coste puedan tener una gran expresividad arquitectónica”, apunta Oriol. De hecho, las antiguas chimeneas artificiales también solían destacar por su colores vivos y replicando ese modelo, las torres van cambiando de color con grandes franjas. La pieza central que une las dos torres tiene un tono más parecido a los edificios colindantes y luego, con el blanco, rojo y amarillo, se escalonan las distintas alturas del edificio.
Sin embargo, el verdadero hallazgo han sido los grandes huecos que perforan esas fachadas tan estructurales. Los arquitectos buscaban que, dentro de este desarrollo local tan acelerado, las torres se degradaran lo menos posible con el tiempo. Observando otros edificios del lugar, se dieron cuenta de que en pocos meses las fachadas acababan repletas de aires acondicionados y toldos. Decidieron entonces que las ventanas de los pisos no asomaran directamente al exterior, sino a distintas terrazas. Acristaladas en su conexión con el interior, abiertas con grandes huecos al exterior y con la posibilidad de cerrarse con cortinas, estas terrazas ofrecían el espacio perfecto para situar, entre otras cosas, los aires acondicionados.
“Es un hallazgo que sale de la experiencia de mirar el entorno y ser capaces de anticiparnos con el diseño al uso del edificio, que a veces es un poco incontrolable. En términos tipológicos este espacio es un gran hallazgo”, explica Rodríguez. Sobre todo, porque estas terrazas se distribuyen a lo largo de los 360 grados de cada una de las torres y aseguran que los distintos apartamentos tengan vistas a las puestas de sol en el Adriático, pero también a las colinas verdes y a la Villa Real. Con las torres Sky-K, Durrës, y por extensión Albania, no quiere mirar solo hacia sus costas, sino que también busca proyectarse hacia el interior.