Vivimos más conectados que nunca gracias a la tecnología y, sin embargo, la soledad, la ansiedad y el malestar emocional no dejan de crecer. Para la doctora Ana Asensio, neurocientífica, psicóloga sanitaria y psicoterapeuta, la explicación está en que hemos olvidado una necesidad profundamente humana, el vínculo. La ciencia confirma que el cerebro necesita sentirse seguro, querido y acompañado para funcionar en equilibrio. Ana Asensio reflexiona sobre el poder de los abrazos, la importancia de las relaciones humanas y cómo el afecto, la empatía y la conexión social pueden convertirse en una de las mejores herramientas para cuidar nuestra salud física y mental.

QUIÉN ES

Ana Asensio es psicóloga sanitaria, psicoterapeuta y doctora en neurociencia por la Facultad de Medicina de la Universidad Complutense de Madrid. Tiene veinticinco años de experiencia clínica, es profesora universitaria, divulgadora y conferenciante, y compagina la atención a pacientes con la investigación y la docencia. Es la autora de El cerebro necesita abrazos, además de Vidas en positivo, Neurofelicidad y Escucha a tu intuición, obras en las que acerca la neurociencia y la psicología al bienestar cotidiano.

¿Es imaginable reunir a 50.000 chimpancés en un estadio? Los humanos lo hacemos pacíficamente, como seres sociables. ¿Por qué olvidamos algo tan básico?

Porque hemos olvidado hasta qué punto el contacto humano, tanto físico como emocional, influye en nuestra salud. Solemos pensar que nuestro bienestar depende únicamente de factores como la alimentación, el ejercicio o la genética, dejando de lado algo esencial, la calidad de nuestros vínculos. Nuestro cerebro está diseñado para relacionarse y necesita sentirse acompañado y conectado con los demás. Sin embargo, vivimos en una sociedad que valora mucho la productividad y la autonomía, lo que nos hace creer que podemos prescindir de los otros. La ciencia demuestra justamente lo contrario, que necesitamos a las personas para nuestro buen equilibrio físico y emocional.

Solemos vivir como zombis solitarios, vamos juntos pero ajenos. ¿Las ciudades son un ecosistema idóneo para que nuestros cerebros se abracen o al menos se acerquen?

Las ciudades nos permiten convivir con miles de personas y, paradójicamente, sentirnos profundamente solos. Muchas veces caminamos mirando una pantalla o inmersos en nuestras preocupaciones, sin apenas establecer contacto visual ni intercambiar una sonrisa. Hemos olvidado que un pequeño gesto de cercanía también tiene un impacto biológico. Una conversación amable, una mirada, una sonrisa sincera o un gesto de interés generan sensación de seguridad y pertenencia. No hace falta abrazar físicamente a todo el mundo, pero sí recuperar la cultura de cercanía humana. Nuestro cerebro necesita esas pequeñas señales para sentirse acompañado.

«La conexión humana no es un lujo, es una necesidad biológica”

La salud mental se deteriora. ¿Las benzodiazepinas son la solución, o es mejor parar, establecer conexiones y recordar vivir a ritmo humano?

Las benzodiacepinas pueden ser una herramienta útil en momentos concretos y siempre bajo supervisión médica, pero no deberían convertirse en la única respuesta al malestar emocional. Nuestro organismo es muy capaz de producir sustancias que favorecen el bienestar cuando vivimos relaciones sanas, descansamos, hacemos ejercicio, encontramos espacios de calma y cultivamos vínculos de calidad. No podemos vivir permanentemente acelerados y esperar que una pastilla resuelva las consecuencias de ese ritmo. Necesitamos vivir a una velocidad más humana, cuidar nuestras relaciones y recordar que el bienestar también se construye desde el afecto.

Ansiedad, estrés, malestar emocional… ¿abrazarse un poquito más relajaría estas manifestaciones patológicas?

Sí, siempre que esos abrazos sean con personas con las que nos sintamos seguros. El contacto físico activa la liberación de oxitocina, la hormona del apego, la confianza y la calma. Un abrazo mantenido durante unos segundos puede favorecer esa respuesta fisiológica y disminuir el estrés; más allá del número exacto de abrazos diarios, el mensaje importante es recuperar la cultura de la cercanía. Un abrazo sincero transmite protección, pertenencia y seguridad, con efectos positivos sobre nuestro sistema nervioso.

Un avance médico mejora nuestra salud, pero más allá de la mejora del riñón o páncreas, ¿no debiéramos recordar más a menudo que la salud es un todo global?

Sin duda. La medicina avanza en la comprensión y el tratamiento de enfermedades concretas, y eso permite mejorar la calidad y la esperanza de vida. La especialización ha sido esencial para lograr esos avances, pero cada vez sabemos mejor que el organismo funciona como un todo. No podemos entender un órgano de forma aislada ni separar el cuerpo de la mente o las emociones; hoy sabemos que el estrés, la ansiedad, la falta de sueño o la soledad influyen en el sistema inmunitario, cardiovascular, endocrino o digestivo. Y viceversa, una enfermedad física puede afectar profundamente al estado de ánimo y a la calidad de vida. La salud no es solo que un órgano funcione bien o que la analítica sea normal, es un equilibrio entre el bienestar físico, mental y social. Nuestro reto como profesionales es mantener esa visión global y recordar que tratamos personas, no únicamente enfermedades.

Si la salud es holística, ¿el equilibrio dialogado continuo entre órganos es lo que nos llevará a una buena salud?

Exactamente. Somos un todo. El cerebro, el sistema inmunitario, el sistema hormonal y el sistema nervioso mantienen un diálogo constante. Si una persona vive en soledad, con miedo o bajo un estrés mantenido, todo el organismo recibe ese mensaje y responde biológicamente. Del mismo modo, cuando una persona se siente querida, segura y acompañada, también se desencadenan respuestas fisiológicas beneficiosas. La salud no se puede fragmentar, porque nuestro cuerpo no funciona de manera fragmentada.

Empatía, amor, solidaridad, abrazar, escuchar…, ¿son lujo emocional o necesidad biológica? ¿Fomentamos poco la relación nerviosa-hormonal, hipotálamo-hipófisis?

Son una auténtica necesidad biológica. Durante mucho tiempo hemos considerado el afecto, la empatía o la cercanía como aspectos secundarios, casi un complemento del bienestar, pero hoy sabemos que son fundamentales en nuestra salud. Cuando nos sentimos seguros y conectados con los demás, el sistema nervioso parasimpático, especialmente a través del nervio vago, favorece estados de calma y recuperación. Eso repercute también sobre el sistema hormonal y sobre el eje hipotálamo-hipófisis, ayudando a regular la respuesta al estrés y favoreciendo un mejor funcionamiento del organismo. Las emociones no son algo abstracto; tienen un reflejo muy concreto en nuestra fisiología. Un abrazo, sentirse escuchado o contar con una red de apoyo pueden amortiguar el impacto del estrés, mientras que la soledad mantenida tiene consecuencias sobre la salud física y mental. Por eso, cuidar las relaciones humanas no es un lujo emocional, sino una parte esencial del cuidado de nuestra salud.

Vemos el amor, sentimiento, emociones como asuntos del corazón fuera del objetivo de la ciencia. Pero el amor en sentido amplio y generoso, ¿es buena medicina también bajo el prisma científico? ¿Es metáfora o neurociencia?

Es neurociencia. Sabemos que el amor, entendido como cuidado, respeto, disponibilidad, empatía y deseo genuino del bien del otro, produce cambios medibles en nuestro organismo. Cuando una persona se siente querida y aceptada disminuye su estado de alerta, aumenta la sensación de seguridad y se activan mecanismos biológicos que favorecen la regulación emocional. No hablamos de una idea romántica, sino de procesos fisiológicos perfectamente estudiados. Amar y sentirse amado constituye uno de los grandes factores protectores para la salud.

Dice Rojas Marcos que las mujeres viven más entre otras razones porque hablan, se relacionan y empatizan más. ¿Relacionarse puede aumentar la esperanza de vida o al menos proporcionarnos una vida mejor y más saludable?

Sí. Un conocido estudio de Harvard sobre el desarrollo adulto demuestra que el principal predictor de una vida larga y satisfactoria no es la riqueza ni el éxito profesional, sino la calidad de las relaciones personales. Los vínculos sólidos protegen frente al estrés, favorecen mejores hábitos de vida y mejoran la salud física y mental. No se trata de tener muchas relaciones, sino de contar con personas con las que podamos sentirnos seguros y auténticos.

Somos seres sociables, pero la soledad no deseada va en aumento. Si la ciencia dice que El cerebro necesita abrazos, ¿conectar con los demás puede salvar nuestra vida?

La evidencia científica es muy clara, la soledad no deseada constituye un importante factor de riesgo para la salud. Diversos estudios muestran que aumenta significativamente el riesgo de mortalidad prematura y que su impacto puede compararse al de otros factores de riesgo, como fumar de forma habitual. La conexión humana no es un lujo, es una necesidad biológica. Sentir que pertenecemos, que alguien nos escucha y que contamos con una red de apoyo protege nuestro cerebro, nuestro cuerpo y también nuestra salud emocional.

Buscamos éxito, no estar solos, vivir más y mejor, pero vemos soledad y ansiedad. ¿A quién dirigiría con especial dedicación su plan de abrazar el cerebro como camino de buena salud?

A todo el mundo, porque todos necesitamos a los demás. Confundimos independencia con aislamiento, cuando en realidad pedir ayuda, apoyarse en otras personas o cuidar los vínculos es una muestra de inteligencia y de salud. Animaría a cada persona a revisar la calidad de sus relaciones, a fortalecer aquellas que le aportan bienestar y a alejarse de los vínculos que generan daño de forma continuada. Nunca debemos resignarnos a una mala relación por miedo a la soledad, pero tampoco aceptar la soledad como si fuera inevitable. Conectar con otras personas, crear comunidad y cuidar los afectos es una de las mejores inversiones que podemos hacer en nuestra salud.