No os imagináis lo poco motivada que me siento hoy para escribir, me gustaría decir lo que pienso de este verano fallido por espantosos incendios que parecen importar solamente a los que los padecen y sufren las consecuencias. Esas preciosas tierras calcinadas duelen. Nuestra España arde por los cuatro costados, huele a humo en Madrid por la Castellana, en pleno centro, y el cielo está cubierto, pero ¿a quien le importa?
Los que viven a costa nuestra, destrozando la dignidad y el país, están de vacaciones. A ellos no les importa que suba el gasóleo ni la gasolina. Ellos van ahora en alpargatas y solo pueden moverse en Falcón y Jets privados. ¿Que nos invaden las fronteras una panda de desalmados en avalancha y muertos de risa, tal y como hemos visto, hablando con sus móviles de última generación? ¡Da lo mismo!
En nuestra querida Ceuta, ciudad que existe mucho antes que el reino alauita de Marruecos, no aparece nadie del Gobierno. ¿Para qué? Si ya lo sabían, les viene muy bien. Así no se habla de las barbaridades de Zapatero ni de Begoña ni de la panda de mangantes que andan por ahí sin mover una ceja por terminar con tal desvarío.
Ahora nos han comunicado todo tipo de infecciones provenientes de las cuevas donde se han metido los marroquíes. ¿Y por qué no se van por donde han venido? Esto no es una crisis migratoria como cuentan en los telediarios, esto es una invasión del lumpen procedente de África.
¿Y qué me dicen del fenómeno eclipse? Todos como borregos mirando al cielo. Unos amigos organizaron una estupenda cena para verlo con gafas incluidas en su jardín. Me quedé en casa hasta que pasó. Reconozco que me impresionó momentos antes de que la luna tapase al sol. La luz blanca fue tornándose en gris mientras la temperatura subía muchísimo y el silencio era absoluto. Ningún ser vivo se escuchaba, ni un ladrido, ni una mosca o chicharra. Era como si hiciesen un homenaje a la naturaleza, un respeto con su silencio. Yo miré al suelo me santigüé y di gracias a Dios por su inmensidad de creación. Así fue pasando este fenómeno tan especial y maravilloso.
En Marbella sentimos que estamos entre Oriente Medio, Arabia Saudí, Qatar, Abu Dabi y muchos más países islámicos. Al-Ándalus ha vuelto. Ayer salí a cenar con dos amigas guapísimas y nos reíamos comentando que ahora es imposible conocer gente europea y, por tanto, «ligar» con cristianos. Nos echaron «la caña» tres amigos en el Marbella Club, procedentes de Arabia Saudí, donde cenábamos. Eran de Riad y, por supuesto, prefiero ahorrarme la absurda y corta conversación que intentaron mantener.
En fin, así va pasando este extraño mes de agosto en el que disfruto del mar y el buenísimo clima marbellí con nuestra montaña mágica que nos abraza y refresca siempre al atardecer. Y como tampoco pienso permitir que incendios, políticos, eclipses ni pretendientes saudíes me arruinen agosto, seguiré haciendo lo que mejor se puede hacer en Marbella: bañarme, arreglarme para cenar, reunirme con mis amigos y contemplar el atardecer bajo La Concha. Al final, los veranos también son una cuestión de resistencia. El mundo puede empeñarse en ponerse patas arriba, pero una no tiene por qué acompañarlo. Mientras queden el mar, una buena conversación y ganas de reírse, todavía podemos declarar agosto territorio de vacaciones.