Hay una pregunta que desde hace algunos años parece inquietar a una parte de la población mexicana: ¿por qué chingados me va tan bien en la literatura si no tengo talento, no tengo técnica y soy una pinche vieja “verguera” y problemática que vende “pornomiseria”?

La pregunta tiene sentido si uno acepta las premisas que esa misma gente ha construido sobre mí porque mis libros se venden en cantidades bastante inusuales para el mercado mexicano. Soy sin hipérboles un fenómeno literario.

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Mis libros han conseguido una combinación extraña. Tienen prestigio, premios, traducciones, tesis, artículos académicos y toda esa parafernalia, pero también circulan por cárceles, barrios y periferias donde hay personas que los leen, los recomiendan y se enamoran de ellos. Sí, mis libros se traducen, aparecen en listas de premios importantes y se leen fuera de México, pero eso también lo consiguen otros autores. Yo tengo algo adicional que pocos podrían decir y que un rapero mexicano sí: a mí la calle me quiere. Como dice Metrika: soy perfecta, xoxo. Y eso genera suspicacias.

Porque si no tengo técnica y soy una pinche vieja verguera y problemática, tiene que haber otras explicaciones que no sean talento, disciplina y aferrarse al sueño.

Y vaya que las han encontrado.

Soy un producto de marketing. Nací en una cuna de oro con diamantes. Tengo contactos poderosos. Una élite editorial decidió fabricar mi carrera. No vendo tantos libros como digo, inflo las cifras. Hice un pacto con una deidad para tener éxito. Y mi explicación favorita: mi carrera está financiada por un cartel de la droga mexicano.

Cuando le conté fascinada esta última teoría a una amiga, inmediatamente imaginó a El Mencho (QEPD), líder en ese momento del Cartel Jalisco Nueva Generación, sacando un fajo de billetes y diciéndole a uno de sus sicarios: “Tlacuache, venga para acá, tiene una misión de alto rango. Aquí tiene 20.000 pesos en efectivo. Vaya a una librería y dígales, me dan 20.000 pesos de libros de nuestra compa la viejona Dahlia de la Cerda”. Icónico. Qué fantasía. Ojalá.

Durante mucho tiempo pensé que el problema de todas estas historias era que eran mentira. Y me dediqué a desmentirlas. Hasta que entendí que la falsedad o verdad era lo menos interesante de las hipótesis.

A finales de los dos mil apareció en Estados Unidos una escena que se llamó alt-lit. Escritores como Tao Lin convirtieron su personaje de internet en una extensión de su literatura: publicaban qué comían, con quién cogían, qué drogas se habían metido y cuánto dinero tenían o no tenían. A mí siempre me quedó una duda: ¿cuánto de todo aquello era verdad?

Pero la pregunta interesante era otra: ¿qué pasa cuando la personalidad de internet o pública de un escritor deja de ser una herramienta para promocionar sus libros o una persona real y empieza a ser un texto en sí misma?

A mí me pasó algo parecido, pero al revés. Yo no fabriqué nada. Escribí tres libros, los publiqué, les fue inexplicablemente bien… Y se armaron una novela coral sobre mí. No sobre mi obra. Sobre mí. No sobre la autora. Sobre mí, la persona.

Aunque cueste trabajo entenderlo, no soy un personaje de internet. Soy una persona real que comparte algunos aspectos de su vida, problemas, polémicas, tristezas y pensamientos. Pero, en general, mi vida es bastante menos interesante de lo que algunas personas quisieran y bastante más absurda de lo que otras consideran verosímil.

Un día puedo estar en un festival literario y al siguiente en una fiscalía brotada exigiendo que respeten los derechos humanos de alguien de mi familia.

Puedo presentar un libro frente a 200 personas y después regresar a Aguascalientes a resolver algún desmadre muy tercermundista y barrializado familiar.

Puedo comer ceviche en un mercado popular y unos días después estar mirando Las meninas en el Museo del Prado con guía privado porque las filas me dan ansiedad. No estoy construyendo una narrativa con esas escenas. Me están pasando.

Pero parece que una vida así necesita explicación. El éxito de una mujer que pasó de vender en el tianguis a ser una “estrella literaria”, que tiene tatuado el cuello, que cita más raperos y corridistas que autores literarios necesita una explicación científica, mística o religiosa. Y mis explicaciones sobre el trabajo, la disciplina, el sacrificio, las lágrimas, el talento y el construir una comunidad lectora no bastan.

Internet inventó muchas Dahlias. La niña rica que se apropió de una identidad barrial para vender libros. La muerta de hambre que vive en un chiquero. La discapacitada que no puede moverse y se caga encima. La satanista. La protegida del narco. Algunas de estas Dahlias no podrían coexistir en el mismo universo, pero en internet ninguna necesita ser compatible con las otras porque ninguna necesita ser cierta: nomás necesitan servirle a quien las escribió para chingarme o para menospreciar lo que he logrado.

Al principio intenté desmentirlas. Esto no es cierto. Esto tampoco. Eso nunca ocurrió. No conozco a esa persona. Jamás hice aquello.

Hasta que me cansé. Decidí que si iban a escribir el libro sin mí por lo menos que me dejaran meterle mano al manuscrito. Entonces empecé a participar.

Si decían que había pactado con una deidad para tener éxito literario: sí, claro, le ofrecí mi cabello. Si aparecía un rumor divertido, en lugar de desmentirlo decidí dejarlo crecer y crecer y alimentarlo. Empecé a exagerar cosas. A publicar estupideces deliberadamente. A sembrar pistas falsas. A contradecirme.

No estaba haciendo marketing. Estaba escribiendo. Solo que esta vez el texto no estaba contenido en un libro y yo no era su única autora. Estaba extendiendo mi obra.

Mi figura pública se convirtió en un cadáver exquisito. Yo escribo una parte. Mis lectores agregan otra, la de los afectos alegres. Mis haters, que son muy trabajadores, escriben capítulos enteros. Y la obra es perfecta porque tiene de todo lo que me gusta: sangre, brotes psicóticos, delirios místicos, brujería, conspiraciones, delincuencia y mala fama. Pero también tiene otros elementos que no me gustan, como que me cago encima.

Soltar el control me quitó un peso enorme de encima. La credibilidad, la transparencia y la fama de verguera es lo único que tengo. Durante años pensé que tenía que administrar esa mala reputación, pero con principios éticos. Aclarar, corregir, mantener una narrativa coherente, asegurarme de que la mujer de Twitter, la de los festivales, la de las entrevistas y la de los libros fueran exactamente la misma es una joda. Entonces que se jodan.

Lo interesante es que la novela no se comió a la escritora. Mientras en internet puedo ser una proxeneta satanista financiada simultáneamente por el Gobierno y el crimen organizado, mis libros siguen traduciéndose y estudiándose.

La persona soy yo. La que escribe, tiene una familia, se mete en problemas todo el tiempo. La que paga cuentas y a veces dice pendejadas en internet nomás por ver el mundo arder. Pero Dahlia de la Cerda, la figura pública, tiene demasiados autores. Unos muy hábiles y otros muy pendejos.

Yo solo soy una más.

Eso sí: si algún día conozco al Tlacuache, espero que me pida que le firme los 20.000 pesos de libros que compró. Al final de cuentas, él también forma parte de la obra.

Dahlia de la Cerda (Aguascalientes, México, 1985) es escritora y activista. Su último libro es Medea me cantó un corrido (Sexto Piso, 2024).