El fentanilo un opioide sintético cien veces más potente que la morfina que en el ámbito sanitario se usa de forma muy controlada para aliviar el dolor moderado y agudo en pocos minutos o como anestésico. Pero su conocimiento se ha generalizado por la grave crisis de salud pública que ha ocasionado en Estados Unidos, con decenas de miles de muertes por sobredosis, al extenderse el uso de este fármaco para uso recreativo. En los hospitales de España y, en particular, de Vigo, los casos de este consumo que llegan son muy excepcionales. «No queremos generar una impresión de alarma, pero tampoco queremos ir al extremo contrario de pensar que esto no tiene nada que ver con nosotros», alertan desde el Servicio de Neurología del Hospital Ribera Povisa.

El fentanilo actúa sobre el sistema nervioso central, disminuyendo la percepción del dolor y generando «una intensa sensación de bienestar», «relajación y una disminución de la ansiedad», según detalla la neuróloga Esther Valiente, coordinadora de la unidad de cognitivo. Con estos efectos, no es difícil entender por qué hay a quien tienta su consumo recreativo. Su particularidad, tal y como explica la doctora, es que es un opioide más potente que otros y la diferencia entre una dosis que produce esas sensaciones y una letal es muy pequeña. «El riesgo de sobredosis es muy elevado», advierte, además de alertar que, por su bajo coste, se está mezclando con otras drogas sin que, en muchos casos, lo sepa el consumidor.

Esa primera sensación de euforia, bienestar y relajación puede «evolucionar rápidamente a una depresión del sistema nervioso central, con disminución del nivel de conciencia y, lo más importante, depresión respiratoria» y esto puede llevar al coma, producir daño cerebral por falta de oxígeno, «e incluso la muerte si no se actúa con rapidez». Un riesgo que aumenta en combinación con otras sustancias como benzodiacepinas o alcohol —potencian el efecto depresor— o como anfetaminas —estimulantes que camuflan los síntomas de sobredosis—.

Se trata de una emergencia médica y el protocolo, por desgracia, está de sobra estandarizado en España porque es el mismo que el de la heroína —y el resto de opioides en general—. Se trata con antagonistas, la naloxona, como la que los policías de Estados Unidos ya llevan en sus coches patrulla en formato de spray nasal.

Repercusiones

Superado el momento agudo, llega el de evaluar las secuelas. Además de posibles lesiones cerebrales por falta de oxígeno, también se han descrito posibles daños persistentes en la función cognitiva. «Y esto se puede producir con una sola toma», subraya la neuróloga.

«Es algo poco conocido por los propios médicos», apunta su colega, el doctor Santiago Trillo. Aunque es una complicación rara y también puede pasar con el consumo de otros opioides como la heroína, se ha registrado «con especial frecuencia en relación al fentanilo».

Se trata de un síndrome amnésico, «caracterizado por una lesión selectiva del hipocampo», una de las zonas más sensibles del cerebro, y «una dificultad para generar nuevos recuerdos». En Ribera Povisa ya han tenido que tratarla. «Es fundamental la rehabilitación cognitiva por parte de un equipo de expertos», subrayan los neurólogos de Povisa, que explican que es una terapia menos extendida en España. Se entran funciones como la memoria, el lenguaje, las capacidades espaciales…

La duración de estas secuelas es variable, cuentan los doctores y explican que aunque en algunos casos se da «una recuperación significativa, en otros, las alteraciones de memoria pueden persistir a largo plazo e, incluso, llega a ser permanentes». Pueden ser discapacitantes.

Otros fármacos

Destaca el doctor Trillo que no se prevé un aumento del consumo recreativo del fentanilo en España, pero advierte de una alerta europea de vigilancia de otros opioides sintéticos más potentes: los nitacenos. «Se diseñaron como medicamentos sobre los años 50, pero nunca se utilizaron porque tienen un margen de seguridad estrechísimo», resalta.

Aunque los casos de consumo no pautado de fentanilo son excepcionales en el área, lo que no es infrecuente es el desvío de fármacos de los circuitos legales para fines recreativos, según explican los neurólogos. Como las benzodiacepinas —como el rivotril—, por ser muy recetadas para calmar la ansiedad, relajar músculos…

También otros opioides, como el tramadol, la oxicodona o la codeína. O estimulantes como el metilfenidato, habitualmente indicado para el trastorno por déficit de atención e hiperactividad. La ketamina, que es un anestésico que también se usa en la depresión resistente, también está ganando protagonismo como droga «relativamente frecuente».

El grupo que quizás «más ha sorprendido durante la última década», es el de los gabapentinoides, que tratan la epilepsia y el dolor neuropático. «Su uso recreativo ha aumentado mucho, especialmente, entre personas con antecedentes por consumo».

Cuando estos casos de consumo recreativo llegan al hospital, suelen ser por consumos combinados con otras drogas que acaban en intoxicaciones.

Otra peligrosa modalidad son los retos virales de consumo de medicamentos habituales en los hogares, como pudo ser el que invitaba a la ingesta excesiva de paracetamol. Una sobredosis no produce síntomas importantes al principio ni mientras se inicia una lesión hepática que podría acabar en una insuficiencia potencialmente mortal, que requiera trasplante.

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