Los números son más que elocuentes: en Estados Unidos el 15% de la población adulta ya consume algún fármaco GLP-1 (sea Ozempic, Wegovy, Mounjaro … u otros similares). En España la estadística no es tan escandalosa, pero según la consultora Lantern quienes utilizan estos medicamentos ya alcanzan el medio millón de personas, alrededor del 1% del censo estatal. Algunos lo hacen para controlar enfermedades como la diabetes, pero la gran mayoría los utilizan para perder peso gracias a su efecto sobre el apetito, pero también sobre la cantidad de comida que se consume, que puede ser de entre 500 y 1.000 calorías menos cada día, y hasta un 20% inferior a la ingesta normal. Y eso, por supuesto, está teniendo su traducción en la industria alimentaria.
Aunque en España aún no existen datos concretos, algunos países ya están midiendo su impacto. En el Reino Unido, un estudio estimó que los hogares en los que se consumen estos fármacos gastan 500 euros menos al año en alimentación, un total de 900 millones de euros menos de consumo cada año. Y en Estados Unidos, la Universidad de Cornell ha calculado que en las familias que al menos cuentan con una persona con este tipo de prescripción, el gasto mensual en alimentación disminuye entre un 5 y un 8% cada mes.
«Si esta tendencia continúa, el impacto podría ser dramático. Podría producirse una reducción generalizada de la cantidad de alimentos que se consumen, especialmente de aquellos con alto contenido en grasas e hidratos de carbono», explica Bill Knudson, profesor de la Michigan State University y autor de un estudio sobre el impacto de esta tendencia en diferentes sectores económicos. «Es un cambio de fondo, no una moda pasajera. La industria se lo está tomando en serio: consultoras que llevan tiempo siguiendo el fenómeno hablan de un factor estructural que va a ir a más según se generalice el uso de estos fármacos. Pero tampoco hay que dramatizar. Será una erosión lenta a lo largo de una década, no de un desplome rápido», explica el tecnólogo alimentario, creador de contenido y divulgador Mario Sánchez Rosagro.
Los productos que están en la diana son, sobre todo, los ultraprocesados de alto contenido calórico. Desde dulces, chocolates, bollería y todo tipo de ‘snacks’ hasta el alcohol, en cualquier formato y concentración, o refrescos y bebidas azucaradas. «Se está notando, sobre todo, en los productos de picoteo y los ultraprocesados poco saciantes: bollería, galletas, patatas fritas, refrescos… Los congelados también están experimentando un bajón. Se pica menos entre horas y se compra menos cantidad en el súper. Las comidas espontáneas o por aburrimiento prácticamente desaparecen», apunta Sánchez Rosagro sobre cómo cambia el consumo de alimentos en quienes consumen este tipo de fármacos. Los alimentos con alto contenido en azúcar también están en la lista negra. Y la industria de la alimentación, que en las últimas décadas ha diseñado su estrategia en torno a saciar todo tipo de antojos y dar opciones prácticamente ilimitadas de ‘pica-pica’, poco a poco está cambiando el enfoque hacia la eficiencia nutricional y la alimentación intencional. Nada de comer por comer.
«Se pica menos entre horas y las comidas espontáneas casi desaparecen. Por eso, se compra menos cantidad en el supermercado»
«Hay un mayor interés por las proteínas porque quienes toman estos fármacos pierden tono muscular además de grasa», apunta el tecnólogo alimentario, que también apunta a un creciente interés por los alimentos ricos en fibra para prevenir los problemas digestivos que, a veces, se ocasionan como efecto secundario de los fármacos. Es el caso de los productos denominados ‘GLP-friendly’ que ya comercializan algunas grandes marcas como Nestlé, Danone, PepsiCo… «Las grandes multinacionales tienen una actitud de esperar y ver qué pasa hasta que se entienda el impacto real de los GLP-1», señala Knudson.
Mercado más ‘premium’
Pero no es solo una cuestión de contenido, el continente (y el tamaño) también importa. «Vamos hacia porciones y envases más pequeños, aunque esto va a ocurrir independientemente de si tomas o no estos fármacos. El concepto clave es ‘más por bocado’: si vas a comer menos cantidad, que esa cantidad aporte más proteína, más fibra y más saciedad. Consiste, básicamente, en aplicar densidad nutricional a formatos que antes eran puro placer sin mucho aporte», dice Sánchez Rosagro. Y esto no se aplica solo al supermercado. «Los consumidores también parecen interesados en raciones más pequeñas en los restaurantes», apunta el profesor de Michigan State Bill Knudson.
Eso sí, sin que nada de esto afecte al margen de beneficio, porque perder dinero no está en los planes de nadie. «Vamos a un mercado más premium. Si vendes menos unidades, que valgan más: mejor calidad, mejor perfil nutricional, precio algo más alto…», señala el tecnólogo alimentario. Aquí es donde entra en juego una estrategia clásica del sector: la reduflación. «Reducen el peso, el volumen o el número de unidades de un producto mientras mantienen o incluso incrementan su precio. En paralelo, refuerzas las líneas de proteína y fibra para no perder al consumidor que empieza a mirar las etiquetas de otra manera», concluye el experto.
Gran impacto en la restauración
«El efecto en los restaurantes va a ser mucho mayor que el del consumo de alimentos en los hogares», adelanta Bill Knudson, profesor de la Michigan State University y autor de un estudio sobre las implicaciones en ambos sectores. «Las bebidas alcohólicas y los postres son una fuente de beneficios muy importante para los restaurantes, y una disminución en su consumo reducirá sensiblemente sus beneficios. Tendrán que apostar por los ‘mocktails’ (cócteles sin alcohol) y los postres más pequeños, pero apetecibles, para mantener sus ingresos», indica el experto.
La Universidad de Cornell ha calculado que las reservas en restaurantes han caído un 8%, mientras la cuantía de las facturas también ha disminuido en ese mismo porcentaje y cadenas de ‘fast food’, como Shake Shack, especializada en hamburguesas, han lanzado menús pensados para quienes consumen estos fármacos. De hecho, la Asociación Nacional de Restaurantes de Estados Unidos calcula que el 78% de las personas que consumen GLP-1 cambian de hábitos relacionados con la restauración: desde lo que piden hasta cuántas veces comen fuera al mes. No es, sin embargo, la primera vez que una tendencia alimentaria tiene una traducción directa en la restauración, que a inicios de los 2000 tuvo que adaptar sus menús a la popular dieta Atkins, que sancionaba el consumo de carbohidratos, pero fomentaba el de proteínas y grasas.