Mikel Rodríguez firmó el sábado el debut soñado en Primera, el que todo niño se imagina cuando empieza a pegarle patadas al balón. Su participación … en la victoria ante el Getafe lejos de ser anecdótica superó los 40 minutos. Devolvió la confianza depositada por Sánchez Flores con desparpajo sobre el verde. Y le puso la guinda a su estreno con un tanto inolvidable. Un segundo, un instante que reveló como un carrete toda su carrera. «Cuando vi que el balón entraba casi me da algo. Estábamos todos llorando, gritando, celebrando… El grupo de Whatsapp echa desde entonces humo», confiesa a este periódico su hermano Iñigo. La familia y la cuadrilla –15 personas– se desplazaron desde Getaria para arroparle desde las gradas de Mendizorroza, que gritó bien alto su nombre en un tanto que puso el broche a una noche mágica.

Un momento que, entre tanta euforia, tuvo una ausencia: la de su madre. «Ama también vino, pero no quiso ver el partido. Se fue fuera cuando ingresó al campo porque no podía verlo, tenía miedo a que le diesen alguna patada y le pudiesen lesionar. Se enteró del gol por nosotros. Estaba emocionada», recuerda Iñigo. Y toda esa tensión concentrada explotó al final del partido. «Mikeeeel Rodríguez, lolololoooo….», gritaron una y mil veces, ya con el campo vacío. «Nos entregó la camiseta. Esta la vamos a guardar como oro en paño. Tiene un valor incalculable», apunta su hermano. «¡¡¡No me lo creo!!! Encima menudo golazo metió. Con la zurda, que tiene más mérito», bromea su amigo Lander Moreno. Esos mismos que hace justo dos meses le escoltaron en su presentación, repitieron formación en su debut y el premio al sacrificio.

Porque sólo su círculo más cercano sabe por todo lo que ha tenido que superar para llegar a recoger este premio. «Las lesiones le han golpeado en varias ocasiones. Si no las hubiese tenido… Quién sabe, quizá hubiese llegado antes. Aunque mira, lo ha hecho en un momento de madurez perfecto», apunta su círculo.

El centrocampista ha fichado este verano por el Alavés tras capitanear al filial de la Real en Segunda División. Se puso a los mandos del barco txuri-urdin en la categoría de plata para llevarlo al puerto de la salvación, una maniobra que llevó al Alavés a darle un billete para ingresar en su proyecto justo hace dos meses. En Vitoria le han brindado la oportunidad de «dar el salto», como reconoció en su presentación.

El fútbol profesional parecía un destino escrito para él, pero primero debía superar varios capítulos. Como la mayoría de los niños en Getaria, empezó en pelota, pero el fútbol no tardó en llamarle a la puerta. La falta de un campo en esta localidad le hizo hacer las maletas y dar sus primeras patadas en el Zumaiako. Sólo necesitó una temporada para demostrar el potencial que se escondía en ese frasco. El Antiguoko, una de las canteras más potentes en el fútbol vasco, le captó en edad alevín. «Claro que me acuerdo de ‘Rodri’. Le traía siempre su padre a los entrenamientos. Físicamente no era gran cosa, le costó hasta edad juvenil pegar el estirón. Pero eso le favoreció para reforzar la calidad que tenía en las piernas. Era un ratón con el balón», le describe Roberto Montiel, la primera persona que realmente apostó por él.

«Me ha encantado»

Ya en cadetes decidió subirle una categoría, aunque en infantiles le ‘repescó’ de manera esporádica en entrenamientos y partidos. «Tuvo mala suerte porque en esa generación del 2001 coincidió con gente muy buena, como Barrenetxea. Pero Mikel tenía unas condiciones brillantes. Le he estado siguiendo estos años un poco y todavía no me explico cómo la Real le ha dejado escapar. En el filial txuri-urdin ya marcó las diferencias», comenta el técnico del conjunto donostiarra.

Ese jugador tímido –«en el vestuario apenas hablaba, era muy reservado»– ya ha dado un grito de Primera. Es más partidario de hablar en el campo. De mostrar los dientes cuando se sube las medias y se anuda las zapatillas. Un jugador que vive el fútbol con la misma sangre fría con la que llega al campo. Esa misma templanza con la que llegó a Mendizorroza por primera vez. «Le preguntamos si estaba nervioso como nosotros y nos respondió con un: ‘Baaah, qué va…’», revela Iñigo.

Igual de helado que dejó al conjunto azulón cada vez que conducía el balón. Una actuación rematada con ese zurdazo. «Me ha encantado. Está muy bien. Ha sido lo que ha sido durante la pretemporada: dinámica, radical, genera situaciones de gol, centra… Creo que para todos los jugadores que juega en esa posición es un acicate», le elogió Sánchez Flores. Porque como le describe Montiel, es un ratón diabólico en el campo. Una comparación que en su caso representa también sus raíces, con ese Monte de San Antón que conforma la postal de Getaria y que se conoce como el ratón de Getaria. Un roedor, o rodador del balón, que en su debut en Primera División ya cazó el queso.