Cine histórico de gran tema pero sin sustancia, Palestina 36 trata de mostrar su compromiso con los palestinos mientras comprime tramas en pos del didactismo más excesivo. Todo es corrección y activismo en la película de Annemarie Jacir, un bienintencionado fresco del comienzo del conflicto entre israelíes y palestinos con la poco bienvenida colaboración de los británicos, que carece de verdadera emoción y alma aunque aspira a la corrección.

La película de Jacir hubiera funcionado mejor como miniserie de la BBC, que no por casualidad produce el film, que como gran evento cinematográfico. Palestina 36 quiere ser un fresco coral, pero en realidad funciona como una de esas precuelas fabricadas a la sombra de un éxito mayor. La referencia a El Odio de Mathieu Kassovitz, aquí con una pistola turca, carece de dureza y elemento de suspense. En conjunto, el film da la impresión de pedir un mayor desarrollo en seis capítulos de eso que se ha venido a llamar televisión de lujo.

Así como está, y sin negarle eficacia didáctica e incluso cierta capacidad de entretener gracias a su correcta y ambiciosa factura, la crónica resulta tan desapasionada como partidista, una sucesión de momentos clave incapaz de encontrar ninguna propuesta artística o crescendo narrativo más allá de recordatorio al espectador de una tragedia que, efectivamente, resuena hoy. Más plana que verdaderamente comprometida, Jacir olvida otro punto de vista que no sea la resistencia árabe logrando que cualquier historia que no sea la del joven Yusuf parezca un mero añadido.


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No obstante, el film palestino es ambicioso en formato y escala. Resulta sólido en su telegráfico pero constante avance de la olla a presión de Jerusalén en el 36, y su crítica al colonialismo británico —de una anglofobia jamás vista desde Braveheart— tampoco estomaga, sino que estimula, al ofrecer algo que agarrar. El problema es el exceso de conflicto, la falta de caracterización y, en realidad, un clasicismo que no resulta solemne sino envarado.