Los residentes de Zawtar el Gharbiyeh se reencuentran estos días a cielo abierto porque en el pueblo no queda donde resguardarse. Tras cinco meses de desplazamiento forzoso, quienes regresan a este municipio, el primero del que Israel se ha retirado en el sur de Líbano en virtud del frágil plan de paz impulsado por Estados Unidos, descubren un paisaje atravesado por una lluvia de fuego. La mayoría de viviendas están hundidas, el resto padecen daños graves, y las redes de agua y electricidad están reventadas.

Los vecinos coinciden en que la aldea, hogar de 5.000 personas entre colinas, valles y bosques, es inhabitable. A algunos, la devastación atroz les dificulta el habla. Lo que ven, dicen, supera lo que podían imaginar. “Me faltan las palabras”, deplora Hassan Ghazal (70 años). Habla con las manos frente al rostro, como pidiendo clemencia: “No han dejado una casa intacta. Las que siguen en pie están acribilladas y saqueadas. En cualquier país que se precie, esto son crímenes de guerra”.

En el municipio, a 10 kilómetros de la frontera no oficial con Israel, solo pernoctan quienes conservan cuatro paredes, agotados de los colegios reconvertidos en refugios abarrotados. Conviven entre rastros israelíes: cajas de munición vacías o paredes con inscripciones en hebreo —horarios con turnos, mapas, Estrellas de David, dibujitos de un soldado que dispara—.

Hassan Ghazal (derecha) junto con miembros de su familia en la entrada de su vivienda, en Zawtar el Gharbiyeh.Joan Cabasés Vega

El retorno está envuelto de escepticismo. Los tanques israelíes están a 200 metros; los drones, encima, y las detonaciones con las que Israel arrasa municipios ocupados alrededor sacuden la tierra.

El ejército israelí mantiene el fuego pese a la tregua alcanzada en abril y el acuerdo muñido por Washington en junio, cuya fase experimental permitió recientemente el regreso a Zawtar el Gharbiyeh. El pacto, acordado entre Israel y Líbano, persigue el desarme de Hezbolá y la completa retirada israelí mediante progresos paralelos de ambas partes en “zonas piloto”, que el ejército libanés debe limpiar de armas y milicianos.

El ministro de Defensa israelí, Israel Katz, reiteró a semana pasada que el ejército ha hecho desaparecer 24 aldeas libanesas “utilizadas por Hezbolá” donde “no hay donde volver”. Días antes, el alto comisionado de la ONU para los Derechos Humanos, Volker Türk, indicó desde Beirut que la negativa israelí “al retorno” civil podría constituir “crímenes internacionales”.

Para los retornados a Zawtar el Gharbiyeh, la presencia israelí sigue sintiéndose. El ejército provocó recientemente una explosión en la vecina Qantara que se sintió en todo el sur de Líbano. La detonación controlada con 700 toneladas de explosivos de una red de túneles de Hezbolá junto al cercano Castillo de Beaufort, del siglo XII, causó un terremoto de 3,8 en Escala Richter, según el Centro Nacional de Geofísica libanés. Y la operación causó una lluvia de polvo y preocupación, por la cercanía de importantes fallas geológicas. En Yaroun, municipio fronterizo, Israel prendió fuego el 3 de agosto a 120 hectáreas de huertos frutales y olivos, una táctica que luego replicó en otros cultivos. El alcalde y los vecinos lo observaron desde la distancia, por la imposibilidad de acceder al territorio ocupado.

Tanto los residentes más apegados a Hezbolá como quienes durante la estabilidad previa al conflicto contemplaron el fin del estado de guerra entre Líbano e Israel —existente desde el nacimiento del Estado judío— ven ahora al ejército israelí como una amenaza existencial. Se aferran al municipio por amor a su tierra, pero también por miedo a perderla.

“¿Has visto cómo se apropiaron de los Altos del Golán sirios [ocupados desde 1967]? ¿No ves cómo el mapa de Cisjordania se empequeñece?”, alerta Ali Bannout (28 años), voluntario de una aldea próxima. Reparte agua y raciones de arroz para posibilitar el retorno a un lugar sin suministros. “Pensar que hagan eso aquí me impide dormir”, añade, atemorizado de que la Línea Amarilla, con la que Israel delimita los 620 kilómetros cuadrados que ocupa en Líbano, donde construye bases militares y carreteras, se convierta en una frontera permanente.

67 aldeas bajo ocupación

Entre las primeras tres zonas piloto anunciadas por Washington, Zawtar el Gharbiyeh fue la única bajo control israelí. El 21 de julio, el ejército libanés se desplegó en el pueblo. Tras desminar y recoger los combatientes de Hezbolá muertos en el municipio, estableció un punto de control y el viernes 24 permitió la entrada de civiles. También del primer ministro, Nawaf Salam, que plantó la bandera libanesa.

Pese al éxito inicial, no se han negociado nuevas zonas piloto. Además, ambas partes en conflicto rechazan el enfoque gradual del plan de paz, dificultando que se expanda sobre las otras 67 aldeas ocupadas. De hecho, al menos 11 personas murieron en dos aldeas cercanas a Zawtar el Gharbiyeh el sábado en el ataque más letal del alto el fuego, después de que Israel acusara a Hezbolá de herir a varios de sus soldados.

Israel desconfía de que Líbano pueda desarmar a Hezbolá, y se niega a retirarse mientras la milicia exista. El grupo proiraní rechaza un acuerdo labrado a sus espaldas para finiquitar su facción armada, y alega que no se desarmará mientras haya ocupación. El equipo negociador libanés se plantea ausentarse de la siguiente ronda negociadora en septiembre sin una tregua real que cese las detonaciones israelíes.

“Esta destrucción no es comparable con una sola gota derramada por los mártires”, lamenta el soldado Hussein Taleb (nombre ficticio, 47 años). Pasa las noches en una casa partida por la mitad con tres mujeres mayores, y se duchan llenando una olla. Durante la guerra, asegura, 40 personas locales y 20 de otros municipios murieron en el pueblo, sin precisar si eran civiles o combatientes. Líbano cuenta más de 4.330 víctimas mortales desde marzo.

Vista desde el interior del hogar de Hussein Taleb, desde donde se ven las posiciones que el ejército israelí mantiene en el municipio de Zawtar el Sharquiyeh.Joan Cabasés Vega

Este militar ejemplifica el aprieto del ejército libanés. La cercanía social que demuestra hacia los integrantes de Hezbolá, común entre los soldados del sur, donde la organización tiene arraigo, obstaculiza la confrontación directa que EE UU e Israel exigen para desarmarla, y que Beirut vaticina que causaría un conflicto civil.

Simultáneamente, las tropas se ven infradotadas para defender el país ante Israel, lo que para muchos haría a Hezbolá innecesario. “Es querer y no poder. Los israelíes tienen una tecnología de la que carecemos”, lamenta derrotado. Sobre el pronóstico del plan de paz, es honesto: “ni el Gobierno libanés lo sabe”.

“Nos han vendido”

Las paredes calcinadas del vestíbulo hacen parecer que la escalinata lleve a una cueva. La animada conversación en la terraza contrasta con ese panorama. Un grupo de mujeres ataviadas con el velo negro, mejor descansadas al hospedarse en un municipio más al norte, comparten café y alimentan a los gatos.

Paradójicamente, desconfían del plan de paz que ha liberado su pueblo. “El Gobierno de Líbano no tiene nada que ofrecer en la negociación”, señala Salwa Shahrour, una enfermera de 42 años. Israel, considera, ha logrado un acuerdo que lo exime de compromisos claros. “Nos han vendido”, llega a decir, ofreciendo argumentos similares a los de Hezbolá. La paz, estiman, es más probable mediante un hipotético regreso al memorando de entendimiento entre EE UU e Irán, puesto que Teherán sí tiene capacidad de presión.

Shahrour asegura que el pueblo solía ser “el cielo en la tierra”. Ahora, ven imposible recobrar la normalidad. Denuncian que partes del municipio siguen inaccesibles, ya que las fuerzas israelíes les disparan desde Zawtar el Sharquiyeh. En esta aldea, al otro lado de la carretera, Israel sigue hundiendo casas y su alcalde asegura que les han robado 600 olivos.

A Haydar Kdouh, de 52 años, la vida que vuelve al municipio le queda lejos. Estremecido, este hombre que trabaja limpiando un colegio, fuma narguile solo y en silencio. “No quisimos quedarnos quietos mientras los palestinos sufrían”, justifica, recordando por qué Hezbolá atacó a Israel tras el inicio de la guerra en Gaza en octubre de 2023.

En 2024, un bombardeo israelí mató a múltiples familiares suyos. La muerte que lleva peor es la de Ali, su hijo de 15 años de edad. Cuando llegó una tregua lo enterraron en Zawtar el Gharbiyeh. “Le dije a mi hermana que no mostrase sus lágrimas al enemigo. Lo recibimos con flores y gritos de felicidad, como si fuera un novio”, recuerda.

Tras la escalada iniciada en marzo, las tropas israelíes entraron en su hogar. Lo vandalizaron, dejándolo del revés. Lo muestra apático, como si fuera esperable. Pero no deja de darle vueltas al disparo contra el retrato de mártir de su hijo ni al arrasamiento del cementerio, donde partieron su lápida. “Que no se crean que esto nos va a debilitar”, advierte.