Todavía con el subidón del Mundial de fútbol, tremendo negocio, Trump y su corte se pasaron de frenada. El buen rollo con Infantino les llevó a pensar en comprar la FIFA, ya puestos. No pudo ser, como explicamos por aquí. El premio de consolación ha sido un pelotazo histórico en el terreno más conocido de la NBA. La compra de Los Angeles Lakers por 12.500 millones de dólares ha dejado claro quién está al mando.
Desde el otro lado del océano, la revista The Economist, más o menos reconocida como Biblia de la economía del mundo y alrededores, titulaba supuestamente estupefacta: «¿La venta de Los Angeles Lakers es una señal de que la inversión en el deporte se ha descontrolado?» Pero, dentro, el reportaje de marras comenzaba con esta dosis de ironía británica: «¿Cuál es un premio de consolación digno para un inversor multimillonario cuyo intento de comprar una participación en el Mundial de la FIFA fracasó estrepitosamente? Respuesta: dar un giro radical y hacerse con uno de los equipos de baloncesto más valiosos de EEUU, Los Angeles Lakers».
El comprador es Joshua Kushner, que ha contado con Bob Iger, ex-CEO de Walt Disney, como mano derecha. Hace un año, Mark Walter había comprado los mismos Lakers (de hecho, uno con LeBron James un año menos viejo) por 2.500 millones menos. No parece mal margen en un año… Los nuevos compradores compararon a los Lakers con la Mona Lisa, y desde luego la NBA es una máquina de hacer dinero hasta límites inconcebibles por estos lares europeos… que están planeando colonizar. Pero lo cierto es que detrás de la operación aparece el ego del tal Kushner.
Dice The Economist que el pobre «se está recuperando», porque «su intento de liderar una inversión de 4.200 millones de dólares en la rama comercial de la FIFA terminó en fracaso tras la reacción negativa global por la posible venta del Mundial». Al parecer, días después del rechazo, él y su fiel Iger «cambiaron su plan de crear un nuevo equipo de baloncesto en Las Vegas», que hubiera salido bastante más baratito, por la compra de unos Lakers más… ¿mundiales?
Joshua Kushner tiene 41 años. Un chaval en estas esferas. Muy guapetón, por cierto. También es el hermano pequeño de Jared Kushner, asesor jefe del presidente Trump… y también su yerno: en 2009 se casó con su hija mayor, Ivanka Trump. Algo así como el Cristóbal Martínez-Bordiú americano, para darle un virado en sepia local al tema.
Aunque los Kushner ya eran bastante millonarios desde la cuna, gracias a la encarnación del sueño americano de su padre, Charles: nacido en Nueva Jersey de padres polacos supervivientes del Holocausto, se graduó en Derecho por la Universidad de Hofstra, se forró con el ladrillo y apuntaló su posición metiéndose en política. Demasiado.
El no tan infrecuente epílogo tenebroso del sueño americano le llegó a Charles en 2005, cuando lo declararon culpable de contribuciones ilegales a campañas políticas, evasión fiscal y manipulación de testigos. Le cayeron dos años de cárcel y una inhabilitación para ejercer la abogacía en tres estados. Su hijo Jared tomó las riendas de la empresa familiar. Su consuegro Donald Trump lo indultó en 2020 y lo nombró embajador en Francia el año pasado.
Pero volvamos a los Lakers. El chaval de los Kushner que los ha comprado, Joshua, no fue a estudiar a la Hofstra, de prestigio más bien limitado y veterotestamentario, para entendernos. Él ya pudo ir a Harvard, donde se graduó en 2008, un año antes de la boda de su hermano con Ivanka Trump. También en la Harvard Business School tres años más tarde. En sus años universitarios fundó una revista estudiantil y una red social con entre poco y, más bien, ningún éxito. Ya fuera del campus, se puso serio y cofundó Unithrive… con un amigo de la uni: el primo del presidente de la financiera Kiva.
Dicen las malas lenguas que Unithrive se inspiró bastante en Kiva. Joshua explicó en su momento en un reportaje de The New York Times que ellos se centraban en ayudar a los estudiantes atrapados por los préstamos para pagar las matrículas: «Tengo amigos que pasan diez horas a la semana, cuando no están en clase, trabajando en una cafetería o en las residencias estudiantiles», dijo. Pobres.
El foco filantrópico le duró a Joshua un año. En 2009 fundó Thrive Capital, ya sin «Uni» que valga. Su función era atraer capital, inversiones… Hacer dinero, vamos. Se ve que el chaval estaba bien relacionado, porque ha conseguido reunir bastante. A estas alturas, Forbes le calcula un patrimonio de 5.200 millones de dólares. También tiene una aseguradora, Oscar Health, y una tecnológica, claro, Cadre. Esta última, cofundada con su hermano Jared.
Joshua insiste en que, aunque quiere mucho a Jared (asesor jefe y yerno de Trump, recordemos), él es demócrata de toda la vida y no ha votado al suegro de su hermano. Su padre también lo era. Este bonito artículo de Esquire explica que «apoyó al alcalde de Nueva York, Rudolph Giuliani, pero tendía a favorecer a los demócratas, incluidos los senadores Hillary Rodham Clinton, Charles Schumer y Jon Corzine». Y en 2001 «fue el mayor donante de la exitosa campaña para gobernador de Jim McGreevey, un demócrata de Nueva Jersey que posteriormente lo nombró miembro de la junta directiva de la influyente Autoridad Portuaria». Ahora es embajador de Trump en Francia, recordemos.
Cualquiera diría que, para los Kushner, la familia está antes que la política. Por ejemplo, para el desembarco multimillonario en la NBA, Joshua ha contado con la inestimable ayuda, decíamos, de Bob Iger. Un muy picante artículo de Brooks Barnes y Tania Ganguli en The New York Times asegura que «sus esposas les facilitaron la operación». Y los detalles no tienen desperdicio: «Todo empezó en el ámbito social, como suele ocurrir en las relaciones comerciales entre millonarios y multimillonarios. Y, en el caso de Bob Iger y Joshua Kushner […] una supermodelo hizo de celestina».
A mí no me gusta hablar, pero se dice, se comenta, se rumorea que Willow Bay, exmodelo, señora de Iger y decana de la Facultad de Periodismo de la Universidad del Sur de California, se hizo amiguísima de la muerte de Karlie Kloss, la modelo y empresaria que le ha robado el corazón a Joshua, gracias a la intermediación de Estée Lauder, la glamurosísima multinacional de los cosméticos. Rebosantes de sororidad, presentaron a sus respectivos, que se hicieron superamigos pese a la diferencia de edad: Bob Iger tiene 75 años. Un bromance en toda regla. También empezaron a hacer negocios, claro.
Dice el NYT que, «además de trabajar en Thrive Eternal, Iger ha dedicado los últimos meses a su superyate de 45 millones de dólares, el Aquarius, y a la continuación de sus memorias». Ayer viajó a Anaheim, California, para ser homenajeado como Leyenda de Disney, «uniéndose así a un selecto grupo de figuras influyentes de la compañía; además, su nombre quedará grabado de forma permanente en una ventana de Main Street en Disneyland, el máximo reconocimiento que otorga la empresa».
Barnes y Ganguli concluyen que «la compra de los Lakers junto con Kushner demuestra claramente que su vida después de Disney no se parecerá mucho a la jubilación. Ha encontrado otra salida para la habilidad para los negocios y la ambición que definieron su etapa en Disney. Quizás parte del atractivo reside en que Iger reconoce algo familiar en Kushner. ‘Es un amigo, pero también me encanta su ambición’, ha dicho. ‘Es contagiosa’».
Hablando de ambiciones, y esto ya lo digo yo: The Walt Disney Company está a la expectativa de la posible megafusión de Paramount y Warner Bros, que cambiaría completamente el mapa de Hollywood, ahí bien cerquita de la cancha de los Lakers… La cosa está parada por una batalla legal, pero al frente de la Paramount está David Ellison. Otro hijo de. En este caso, del multimillonario Larry Ellison, fundador de Oracle… y amigo íntimo de Donald Trump. Larry Ellison también es un habitual de la NBA. Ha intentado comprar varias franquicias, entre ellas la de los Golden State Warriors, también californiana, pero del norte: de Silicon Valley, en concreto.
¿Son manías mías o el cruce entre deporte, empresa y política en el país de la meritocracia huele que apesta a endogamia?