Los vecinos de El Pozuelo aún tiemblan cuando recuerdan lo que pasó hace un año. Un joven marroquí de unos 20 años se atrincheró dentro … de la iglesia y destrozó todo lo que encontró a su paso. Entre todo lo que ardió aquel mediodía de agosto había un cuadro que tenía un valor «muy especial» para los vecinos: una reproducción de un Cristo de El Greco, que pintó el vecino del pueblo Francisco Casas.
Corría el año 1984, cuando se inauguró la iglesia de El Pozuelo, un templo que hasta entonces ni siquiera existía porque durante años, las misas del pueblo se habían celebrado en una cochera. Cuando por fin llegó el momento de construir la iglesia en los años noventa, el pueblo entero se volcó. Unos pusieron dinero, otros mano de obra, otros materiales. Y Francisco, al que siempre le ha gustado la pintura desde joven, decidió que donaría un cuadro.
La obra era una copia de una de las obras más reconocibles de la pintura española: un Cristo abrazando la cruz de El Greco.
Casas explica que se encontró con el cuadro original en Madrid, la ciudad en la que ha vivido casi toda su vida, durante una subasta que se celebró en una casa de pinturas. «Me encantó el cuadro», cuenta.
La pintura que salió a subasta aquel día tenía un precio de salida de cien millones de pesetas. Francisco no estaba en condiciones de pujar por semejante pieza. Pero sí se hizo con el catálogo que la casa de subastas había editado para la ocasión, con reproducciones fotográficas de todas las obras a la venta en el que también estaba aquella. Se llevó ese catálogo a casa y, a partir de la estampa, empezó a trabajar para recrearla algo más pequeña.
Francisco conoce muy bien la vida del autor. El Greco, nació en Creta y se formó en Venecia, llegó a España en el siglo XVI y acabó viviendo en Toledo, donde desarrollaría gran parte de su carrera artística.
Llegó a tener un taller propio en el que trabajaban varios discípulos, y de los modelos más solicitados, como este Cristo abrazando la cruz se hicieron numerosas réplicas a lo largo de los años porque había mucha demanda.
Tras el acto vandálico en la iglesia de El Pozuelo, el lienzo de Francisco apareció entre los escombros con dos cuchilladas que le cruzaban la cara de arriba abajo. Ese día recuerda Francisco, se encontraba en Granada. Fue entonces cuando le llegó la noticia de que el cuadro se había quemado, o más bien, que lo habían destrozado. «Le dije a mi sobrino que me lo enseñase para ver si se podía arreglar», recuerda.
Francisco cuenta que al ver el estado en el que quedó el cuadro, no había marcha atrás para recuperarlo: ponerle parches, explica, habría sido un apaño chapucero que se notaría a simple vista. Así que tomó la única decisión de volver a pintarlo de nuevo. Por suerte, conservaba la estampa, la misma que había usado hacía cincuenta años de aquella subasta madrileña. Y el marco, además, se había salvado del fuego: ni se quemó ni se rompió, solo fue el lienzo el que se quedó en mal estado.
Con la base, se puso de nuevo manos a la obra y recreó el cuadro que hoy vuelve a presidir la iglesia de El Pozuelo. La tarea lo mantuvo entretenido un par de meses ya que la técnica del óleo permite que se pueda pintar en días distintos sin que se note. Casas recuerda también que la técnica del pintor cretense era especialmente atrevida y violenta para su época, con muchos colores superpuestos unos sobre otros y sin ningún miedo a combinar rojos, amarillos y naranjas en una misma composición, algo que no todos los pintores de su tiempo se atrevían a hacer.
El renacer de la iglesia
Tras el shock y con la iglesia prácticamente destruida, llegó el trabajo silencioso y constante para reconstruirla lo antes posible. En octubre empezaron los albañiles, gracias al seguro de la parroquia, al apoyo del Arzobispado de Granada y las donaciones de particulares y empresas.
Tras meses de obras, en febrero las campanas volvieron a sonar. Al entrar de nuevo en aquel lugar sagrado, una luz clara, limpia, que entraba a través de los grandes bloques de vidrio se reflejaba en el suelo recién pulido, dibujando una especie de tablero rojizo y blanco que conduce la mirada hasta el altar, ahora cuesta reconocer aquel escenario que entonces era humo, hollín y cristales rotos. Los bancos de madera volvían a estar alineados esperando a sus fieles. En el centro del templo, el señor crucificado se alzaba de nuevo sobre la pared, es el mismo de antes, el único que logró salvarse de aquella destrucción.
Para poner broche de oro a la rehabilitación, hace apenas un mes llegó otro momento que todos estaban esperando: la nueva talla del patrón Santiago Apóstol. Los vecinos, asociaciones y cooperativas del pueblo recaudaron fondos y encargaron la nueva imagen a una fábrica de Olot, en Cataluña, una empresa con más de siglo y medio de historia y «una gran reputación en la elaboración de esculturas religiosas», comenta.