Muchos de sus paisanos guardan su nombre con cariño en el recuerdo, el suyo y el de su familia. Su abuela, Claudia Fernández, fue durante décadas la partera del pueblo y ayudó a nacer a más de una generación de bebés en Fuentebureba y alrededores. Eso deja una huella imborrable en la memoria de muchos. El regreso este sábado de Sagrario Nebreda Cuesta a la villa donde nació fue una alegría para todos, también para ella. Además, no volvió de paso. Trajo bajo el brazo quince lienzos con los que ha organizado una exposición en el Ayuntamiento de la localidad que fue inaugurada el pasado 15 de agosto y que se mantendrá abierta todos los días hasta el domingo 30, coincidiendo con el cierre de las fiestas de Acción de Gracias.

«Marché con mis padres y mis dos hermanos pequeños a Bilbao con seis años. Hasta los dieciséis regresé todos los agostos para disfrutar de las vacaciones. Pero luego estuve muchísimos años sin volver… Pasaba por la Nacional, veía el pueblo al lado y me traía muchos recuerdos. Donde está la exposición, el actual Ayuntamiento, fue la antigua escuela donde yo estuve de niña. Ir a la fuente de la Mayor, bajar al molino, jugar por las calles… Guardo una bonita memoria de mi infancia», explica la pintora, que reside en Las Arenas de Getxo.

Acto de ingreso de María José Castaño en la Institución Fernán González

«Desde pequeña se me dio muy bien dibujar», continua. «Si el día de Santa Teresa teníamos que hacer un retrato de la santa, todas mis compañeras se ponían en fila para que les ayudara a hacer la cara y las manos», ríe. Su destreza se encauzó en vocación de 1988 a 1992, cuando cursó estudios de dibujo artístico, acuarela, óleo, fresco, paisajes al aire libre y retratos al natural en el Museo de Reproducciones de Bilbao con el maestro Manuel Balsa Bermejo, ‘El Ruso’. Desde hace años realiza cursos de óleo, acuarela y dibujos al natural con el profesor y pintor Richard Pérez, que acompañó a la artista en la inauguración del sábado en Fuentebureba.

Estampa de Fuentebureba en los pinceles de Sagrario Nebreda.ECB

La exposición

La muestra se compone de quince obras. Media docena están dedicadas a Fuentebureba, cinco óleos y una acuarela. Los campos de cereal, las calles del pueblo, la iglesia de San Miguel, el molino… Por otro lado, acompañan a estas pinturas otras realizadas por Nebreda en los últimos años sobre diferentes lugares: Castro Urdiales, la plaza Moyúa de Bilbao (ahora plaza Elíptica), el puerto de Santurce, una Venecia idílica al amanecer y hasta una menina más inspirada en Manolo Valdés que en Diego Velázquez. «Todos los cuadros están a la venta y, ya que expongo en mi pueblo, los he puesto a mitad de precio de lo habitual en otras muestras en las que participo», subraya.

El religioso Eduardo Marroquín Osua, en la entrada a la localidad de Fuentebureba.

Que han sido muchas. Desde 1984, Sagrario Nebreda ha participado en multitud de exposiciones colectivas con sus compañeros de la Asociación Artística Vizcaína y la Agrupación de Acuarelistas Vascos. También tiene una larga lista de premios y menciones en concursos celebrados en Madrid, Medina de Pomar, Cuenca, Laguardia (Álava), Frías o Salas de los Infantes, donde conoce a la pintora María José Castaño. Además de paisajes, Nebreda está especializada en el retrato y ha pintado más de un centenar. Con el último participó hace unos meses en el 80º aniversario de la Asociación Artística Vizcaína en el Hotel Carlton de Bilbao.

«Para los cuadros del pueblo, un día hice unas fotografías para tenerlas como referencia. Y aquí están trasladadas al lienzo», concluye la artista.

Vista general de Fuentebureba. DARÍO GONZALO

En el caserío de Fuentebureba no sobresalen mansiones blasonadas, castillos imponentes ni fortalezas medievales. Apenas el campanario de ladrillo rojo de la iglesia de San Miguel despunta entre las casas, los pajares y las naves agrícolas del municipio. Pero en casi todas las pinturas de Sagrario Nebreda dedicadas a su localidad natal sí aparecen, como un telón de fondo totémico, los Montes Obarenes y, como una muralla invisible, las tierras de cereal que rodean al pueblo. La sierra, los campos y el cielo de Castilla, tan alto porque lo levantaron los campesinos de tanto mirarlo, como escribió en su día Miguel Delibes con poético acierto.