Sus manos no descansan. Sus dedos se enredan con el bolígrafo y los impulsos, convertidos en destellos, iluminan cada línea que traza. La tinta se … impregna en la lámina con paciencia. Los movimientos se acompasan con la presión que ejerce, como si cada gesto tuviera un peso exacto. Nacen así las sombras, las tonalidades, la vida. El bolígrafo de Paco Díaz, natural de Huelma, se detiene solo después de horas o incluso días en funcionamiento. Es entonces cuando su obra termina de despertar. Casi sin darse cuenta, casi de forma natural. Casi tan real como en vida.
Tiene 58 años y no recuerda la vida sin el arte, sin su arte. La entrada a su casa es apenas un anticipo de todo lo que es capaz de hacer. El Castillo de Huelma, el retrato de una niña sosteniendo una lámpara, su perro, sus suegros y un sinfín de obras creadas con una sola herramienta: un boli Bic. «Ahora mismo estoy más especializado en retratos», comenta bajo la mirada de sus hijos y su mujer. No están de cuerpo presente, pero es como si lo estuvieran.
La pared de su salón contiene esa vida peculiar. Una vida que nace del cariño y se mezcla con un esfuerzo diario por perfeccionar la técnica. Sentado en el sofá, queda rodeado por los retratos de su familia. Casi respiran. Los ojos brillan, las cejas se arquean con precisión, el pelo parece tener movimiento propio. Fue allí mismo, en ese lugar donde sigue sentado una década después, donde descubrió que su pasión y su hobby, había cruzado todos los límites.
Sus dos niños hacían la tarea en el salón de casa, con el intento de ayuda que su padre les brindaba. Fue entonces cuando, preso del aburrimiento o simplemente del impulso, tomó uno de los bolígrafos que se repartían sobre la mesa. «Me puse a retratarlos», adelanta.
Entonces algo cambió. Venía de perder el trabajo, ya que la fábrica de muebles donde trabajaba echó el cierre y las prioridades se reacomodaron sin pedir permiso. El material artístico nunca fue barato; él lo sabía. Y, sin embargo, en ese mismo instante donde observó su creación mprovidada, volvió a nacer una oportunidad. Tan solo bastaba un bolígrafo común. Tal solo necesitaba unos céntimos.
Del pupitre al lienzo
La historia de sus retratos empezó mucho antes de que él supiera que estaba empezando. Fue en el colegio. En aquellas mesas que terminaban convertidas en una extensión del cuaderno. Dibujaba cuando no tocaba. Llegaban los avisos, algún que otro ‘tozolón’, la reprimenda del profesor. Pero también, el mismo profesor que le llamaba la atención acababa buscando a otros compañeros para enseñarles aquello que había aparecido sobre la madera. «Lo hacía para que vieran lo que había dibujado en la mesa», recuerda ahora entre risas.
Los bolígrafos siempre estuvieron cerca, aunque entonces no eran una herramienta. No había una idea de futuro detrás de cada trazo. Solo la necesidad de dibujar. «Y ahora hace aproximadamente diez años desde que dibujo a bolígrafo», dice. Aquello que empezó sobre una mesa de colegio continúa sobre una lámina.
Hay un momento del día en que cambia de superficie, pero no de oficio. Por la mañana trabaja sobre paredes. Brocha, pintura y casas ajenas. Por la tarde, cuando la jornada parece haber terminado para los demás, se sienta frente a una lámina en blanco y cambia el rodillo por un bolígrafo. A veces, antes de todo eso, también pasa por el campo.
El ritual es siempre el mismo. Primero el lápiz. Después el bolígrafo. No hay marcha atrás. La tinta no perdona. «Y si me equivoco, la solución es romperlo», dice, mientras simula con las manos el gesto seco de rasgar un papel.
En su estudio se acumulan los rostros. Actores que admira, personajes que un día despertaron su curiosidad, imágenes religiosas, paisajes, calles de Jaén, la ciudad donde nació. También hay portadas de libros y dibujos hechos por encargo. «Cuando dibujo paisajes es para desintoxicarme de los retratos», explica. Como si cambiar de tema fuera también una forma de descansar la mirada.
Algunas obras nacieron de un impulso, de la necesidad de despejar la cabeza. Otras llegaron de la mano de clientes, de exposiciones o de escritores que quisieron vestir sus libros con uno de sus dibujos gracias al impulso que le dio las redes sociales cuando pocas personas hacían lo mismo que él. «El día 12 de agosto presentamos uno en Huelma junto con su autor», comenta.
Hace tiempo que perdió la cuenta de los retratos terminados y de los bolígrafos consumidos. Del primer encargo apenas conserva una imagen: «Fue el retrato de un niño pequeño de Úbeda». Trabaja casi siempre con un único color de tinta, pero ni siquiera eso le permite calcular cuánto gasta. «A veces utilizo cuatro del mismo color para un dibujo». Ahora incluso innova con otros materiales. «Mira este es el primero que hago sobre tela», expone
En su mesa de trabajo hay paciencia, horas y una precisión aprendida a fuerza de repetir. El futuro es una incógnita., pero sabe que seguirá dibujando. El flexo volverá a encenderse cada tarde. Los bolígrafos –azules, negros o de cualquier otro color– seguirán pasando entre sus dedos. En un estudio discreto de Huelma continuará haciendo lo mismo que ha hecho siempre: convertir la tinta de un bolígrafo en recuerdos que alcanzan la vida.