Mariam Issoufou posa para ICON Design en la oficina neoyorquina de su estudio de arquitectura (con sedes en níger y suiza).

Se dice que toda arquitectura nace del contexto. Y los proyectos de la nigerina Mariam Issoufou (nacida en Saint-Etienne, Francia, en 1979) pertenecen exactamente al lugar donde se encuentran. Hace diez años construyó una urbanización recubierta de mampostería de tierra cruda para resolver la escasez de vivienda asequible —y las tórridas temperaturas— en Niamey (Níger). Y esta primavera ha inaugurado su primer proyecto construido en Estados Unidos, un restaurante de lujo con vocación social en Nueva York. Dos ciudades, dos mundos opuestos, pero una misma estrategia: escuchar. “Abordo cada proyecto sin prejuicios”, explica la arquitecta. “Cuando prestas atención al contexto y a las personas, afloran las vulnerabilidades de cada sitio y los puntos de conflicto”.

Mariam Issoufou atiende a ICON Design desde su oficina de Nueva York. Conoce bien la ciudad. Vivió aquí durante cinco años, mientras estudiaba un máster en informática. Aquello fue antes de matricularse en la escuela de Arquitectura en Washington. Después regresó a Níger, el país donde había transcurrido su infancia, para abrir su estudio en 2014. Con sus primeros proyectos llegaron los premios, los concursos internacionales, los reconocimientos y los contratos académicos. “Cuando pensé en el lugar apropiado para dar el siguiente paso, Nueva York surgió de forma automática”, explica. “Por su energía, por su diversidad, por las ideas que surgen en un lugar como este”. Según su hoja de ruta, tenía previsto abrir su oficina aquí este mismo año, 2026. Pero el 23 de julio de 2023 se produjo en Níger un golpe de estado militar cuyas consecuencias se prolongan hasta hoy. A Issoufou le sorprendió en Nueva York y, ante la imposibilidad de volver, decidió anticipar la apertura. Desde entonces, Manhattan es una de las bases de operaciones de su estudio, Mariam Issoufou Architects.

Complejo comunitario Hikma (2018, Níger).

“Nueva York es un lugar de desigualdades asombrosas, porque desde fuera parece muy rico, pero ahora veo las grietas y las vulnerabilidades”, dice la arquitecta. Pero los contrastes, las grietas y las vulnerabilidades forman parte del lenguaje de Issoufou desde el principio. El proyecto que mejor lo ejemplifica es Hikma, un complejo comunitario que construyó en 2018 en Dandaji, una localidad rural de 3.000 habitantes. Issoufou, que colaboró con el Studio Chahar de Yasaman Esmaili, convirtió la mezquita local en una biblioteca, construyó un nuevo templo y previó espacios educativos para una población castigada por la pobreza y los bajos índices de alfabetización.

P. El Complejo Comunitario Hikma es espectacularmente bonito, pero lo más interesante es cómo llegó a ello.

R. Es un lugar que conozco bien, porque es el pueblo de mi padre. Podía haber construido sin más. Pero dediqué mucho tiempo a charlar con las mujeres, los jóvenes, las autoridades religiosas. No dejé piedra sin mover, porque quería entender lo que significaba para ellos este lugar. Normalmente, cuando los arquitectos emprenden una investigación comunitaria, preguntan a los vecinos cómo creen que debería ser el edificio. Pero no estoy de acuerdo. Eso implica externalizar una decisión que en realidad nos corresponde a nosotros, los arquitectos. Tenemos que resolverla. Yo les hago otras preguntas.

Restaurante Gourmega (2026, Nueva York).Seth Caplan

P. ¿Qué tipo de preguntas?

R. Por ejemplo, les pregunto por sus sueños. O por lo que desean para sus hijos. A los niños, les pregunto qué quieren ser de mayores. Cómo es su día a día. Qué hacen cuando se levantan. Y entonces surgen cosas. “Me levanto, voy a por agua, me preparo para ir al colegio, vuelvo a casa, como, intento estudiar pero no puedo porque en casa somos muchos hermanos, hay mucho ruido y no puedo concentrarme”. De repente, varias voces coincidían en señalar lo mismo: que necesitaban un sitio para estudiar. También hablamos con las mujeres y les preguntamos por su relación con la mezquita. Nos dijeron que nunca acudían a ella. Aunque había espacio suficiente, ellas preferían no mezclarse con los hombres, porque después del rezo les gustaba charlar entre ellas y preferían un espacio un poco más discreto. De ahí surgió la idea de construir dos cuerpos distintos. Por eso digo que el mérito no es mío. Mi único mérito, si acaso, es el del proceso. Si se lleva a cabo con conciencia, surgen cuestiones ligadas a la religión o la identidad.

P. ¿Y qué hay del género?

R. No concibo los proyectos desde una perspectiva de género, pero siempre está ahí. Pienso desde la igualdad. Quiero escuchar todas las voces. Eso no implica una agenda feminista aunque soy mujer y, por supuesto, soy feminista. Pero no quiero estrechar mi perspectiva. Si solo te centras en las mujeres, ¿qué pasa con los niños? ¿O con los adolescentes de ambos sexos? ¿Por qué dejar de lado a los otros colectivos? Lo que busco es la equidad. Y eso implica escuchar a todos, incluidas a las mujeres, que no siempre pueden ser oídas.

“Nueva York tiene desigualdades asombrosas. ahora veo las grietas y las vulnerabilidades”, dice la arquitecta nigerina.

P. ¿Es fácil prestar atención a todas las voces en una sociedad tan jerarquizada?

R. Soy mujer, así que tengo una ventaja: sé qué significa que te silencien. O que no te dejen entrar en un sitio. Así que puedo planificar estas conversaciones de una forma muy estratégica, para crear espacios seguros, para crear condiciones en que las mujeres puedan hablar de forma abierta. Pero va más allá de eso. Por ejemplo, si estoy planeando una conversación en un pueblo de Níger, nunca reúno a todos en la misma sala. Tengo conversaciones distintas con las mujeres, con los jóvenes. Yo pasé mi niñez allí y sé que, si hay un adulto en la habitación, un niño nunca expresará su punto de vista. En el mundo occidental los jóvenes se hacen escuchar. Pero allí sucede lo opuesto. Los niños se callan, porque se piensa que los jóvenes no saben nada ni tienen experiencia. Por ejemplo, un niño nunca se atrevería a decir que le resulta difícil concentrarse en casa para estudiar, porque sus padres lo tomarían como un ataque. Así que debo tener en cuenta todas estas cosas. Ahí es donde entra en juego mi género.

El germen de esta metodología ya lo tenía claro cuando empezó a estudiar en Washington. “Cuando entré en la escuela de arquitectura sabía que quería volver a Níger para responder algunas preguntas que me parecían fundamentales”, apunta. Esos interrogantes, cuenta, tenían que ver con lo que significa vivir en una antigua colonia, “un lugar cuya identidad ha sido sustituida por otra identidad, con la lucha y la fricción que eso conlleva”, define. Níger fue una colonia del África Occidental Francesa y se independizó en 1960. Pero en el colegio también le hablaron de los tiempos previos a la colonización, de los grandes imperios, como el songhai (XV-XVI), capaces de construir obras como la mezquita de Agadez. Durante su infancia, aquel pasado glorioso estaba a la vuelta de la esquina. “Me crie entre la antigua arquitectura, así que aquello no era un mito, ni algo que conociera de oídas. Yo sabía por experiencia propia cómo era. Sabía que aquel lugar había sido importante. Y siempre me ha obsesionado esta cuestión: cómo habitamos los humanos el mundo. La arquitectura me pareció un instrumento fantástico para explorarlo”.

Mercado callejero de Dandaji (2018, Níger).Ascani Maurice (Ascani Maurice)

En la universidad encontró el respaldo teórico que le faltaba. Acudió directamente a los profesores que podían ayudarla. Se adentró en los estudios poscoloniales con Vikram Prakash, que la introdujo a su vez en la obra del hoy pritzker Balkrishna Doshi y Charles Correa, que supieron encontrar en India un lenguaje propio para la arquitectura más allá de los grandes proyectos de Louis Kahn o Le Corbusier. También fueron años en que se empapó de arquitectura contemporánea. En Níger faltaban referentes, pero al otro lado de la frontera, en Burkina Faso, otro futuro pritzker, Francis Kéré, llevaba años revolucionando la arquitectura a base de sostenibilidad material y social. En la facultad también encontró aliados para sus primeros proyectos. Elizabeth Golden, una de sus profesoras, colaboró con ella en Niamey 2000, su primer conjunto residencial. “Yo tenía las ideas para el proyecto, el ethos, sabía qué aspecto tendría, y ella tenía 20 años de experiencia. Así que fue una colaboración muy potente. Ella supo llevarme de la mano, enseñarme a dibujar, a planificar”. Uno de sus próximos proyectos, un desarrollo residencial en Sharjah, recuerda a aquel, pero en un entorno mucho más rico, el de los paisajes futuristas de Emiratos Árabes Unidos. “El proyecto de Sharjah no es de vivienda asequible, pero sí promueve una cierta mezcla socioeconómica”, explica. “Incluye villas de lujo de siete habitaciones, pero también casas de dos dormitorios para parejas jóvenes. Crea una especie de diversidad, de distintos grupos de edad”.

P. En diciembre la ONU la nombró Campeona de la Tierra, un reconocimiento a su labor por la sostenibilidad.

R. A veces pensamos en la sostenibilidad de un modo muy reduccionista, emisiones de carbono y cosas así. Y es importante, pero hay mucho más. Lo fundamental es escuchar al clima. Me crie en el desierto y entiendo la temperatura de un modo particular. Para mí, estar al aire libre significa algo distinto y, por eso, muchos de los principios de urbanismo que nos enseñan en las escuelas no son apropiados. Dan por sentado un clima determinado y hablan de parques y espacios públicos. Asumen como universales unas condiciones que no lo son.

P. Esa es otra consecuencia de la huella colonial.

R. Por ejemplo, en Oriente Medio y en el Sudeste Asiático, la vida social se hace de noche. Del mismo modo, las ventanas son fundamentales para garantizar ventilación, pero sin olvidarse de la privacidad. En el mundo musulmán las casas están muy juntas y la privacidad en casa es muy importante. Y, por ejemplo, nunca hay grandes ventanas a la altura de los ojos, sino más arriba.

P. Eso mismo sucede en parte de la arquitectura tradicional de España, probablemente por la herencia islámica.

R. Hace tiempo alguien me dijo que la arquitectura musulmana es muy hostil, porque los muros son opacos y no invitan a entrar. Pero es que estamos hablando de la casa de alguien. ¿Por qué tendrías que poder entrar en ella? ¿Con qué derecho? Él daba por hecho que, si no tienes nada que ocultar, cualquiera debería ver el interior de tu casa. La primera vez que lo escuché me chocó muchísimo. La privacidad no tiene que ver con esconder nada, sino con que mi casa no es asunto tuyo.

En poco más de una década, Issoufou —que durante años firmó sus proyectos como atelier masōmī— se ha consolidado como uno de los nombres más destacados de la nueva arquitectura con conciencia social y vocación global. Compagina participaciones en concursos internacionales con grandes desarrollos residenciales o de infraestructuras culturales. También firma proyectos a pequeña escala como la reforma de Gourmega, un restaurante que acaba de abrir sus puertas en Nueva York. “Fue uno de esos proyectos que surgieron de repente, de la nada”, explica. La clave para aceptarlo fue su misión: es un restaurante de lujo que sirve para financiar un gran comedor social. Otra motivación fue cambiar de tercio. “Tenía ganas de algo rápido, porque todos nuestros proyectos son mucho más grandes”, apunta. “Me sorprendió la facilidad con que pudimos aplicar muchos de los principios que usamos en otras partes del mundo”.

La versatilidad de su forma de trabajar ya había quedado patente en su aplaudido pabellón para Rolex en la Bienal de Venecia del año pasado, un edificio efímero creado junto a artesanos locales. “Fue la prueba de que lo que hacemos es universal. Hablamos de temas que no son específicos de un contexto geopolítico, sino que tienen que ver con la arquitectura y su práctica”, explica. Este proyecto también significó la consagración de su buena relación con la relojera suiza: en 2018 fue seleccionada para participar en el programa de mentores y protegidos de Rolex para trabajar junto al ghanés-británico David Adjaye.

Su internacionalización, en todo caso, dio un impulso cuando entró a trabajar como docente en ETH Zurich, donde es profesora de Patrimonio Arquitectónico y Sostenibilidad, y donde se ha propuesto crear un archivo digital que libere los documentos —acaparados desde hace siglos por las instituciones europeas— sobre el patrimonio arquitectónico de África Occidental. “Es que se ha empezado a hablar de restitución, de devolver objetos que están en los museos occidentales, pero esta es otra forma de conocimiento que ha desaparecido. Para esto me ha servido estudiar programación”, ríe.

P. Usted ha contado que cuando empezó a estudiar en Washington se dio cuenta de que allí tenía a su alcance libros sobre la historia, el arte y la arquitectura de Níger que era imposible encontrar en su propio país.

R. Recuerdo que tuve varios libros de la biblioteca en mi escritorio durante tres años. En teoría solo podías tenerlos dos semanas o un mes, así que supuse que alguien vendría a reclamarlos, pero nadie me dijo nada en tres años. Luego, cuando me gradué, pude comprarlos en una tienda especializada. Y me dije que aquellos libros no hacían más que coger polvo en la universidad, y sin embargo eran fundamentales para el trabajo que quería hacer. Si no hubiese estado allí, no habría podido acceder a ellos.

P. En cierto modo, que haya que acudir a una biblioteca europea para averiguar cómo eran las ciudades de África Occidental en el siglo XIX es otra consecuencia del régimen colonial.

R. Es que el colonialismo también implicó una acumulación de conocimiento. Cuando los europeos fueron a África, dibujaron las ciudades que vieron. Luego las fotografiaron. Y muchos de estos espacios ya no existen, porque fueron destruidos por ese mismo colonialismo. Ahora todo ese material, que estuvo en manos de alguien que lo donó a su muerte, está ahí, en archivos cuyos encargados ni siquiera saben que existe. Si queremos hacer arquitectura auténtica, ¿cómo lograrlo sin una base? No hablo de nostalgia pasada, sino de mirar al futuro con fundamento. Cada vez que alguien nos pide que hagamos ciudades como las occidentales, borramos nuestras ciudades y nos borramos a nosotros mismos. Y ese autoborrado sigue ocurriendo, porque hemos aceptado nuestra inferioridad, hemos aceptado que hay una única forma de existir en el mundo, y que así debemos construir. Yo, por supuesto, lucho contra eso.