José Sacristán va a cumplir 89 años el próximo 27 de septiembre. El actor de Chinchón alcanzará esta edad en un magnífico estado profesional ya que está recorriendo España con su nuevo espectáculo, ‘El hijo de la cómica’, un emocionante homenaje a Fernando Fernán Gómez y que está basado en el primer volumen de sus memorias, titulado ‘El tiempo amarillo’.

Durante siete décadas el intérprete madrileño ha construido una carrera abrochada por el prestigio y por el reconocimiento unánime. Es el fruto de un trabajo concienzudo cincelado a través del inexorable paso del tiempo. 

Sacristán, ganador de dos premios Goya (el segundo de ellos de Honor en 2022), reflexiona sobre el paso del tiempo y su difícil gestión en una interesante conversación en el pódcast ‘El tercer acto’. «No es que sienta que estoy al final, es que miro al calendario y tengo una noticia del año en que nací y el año en que estamos. Voy a cumplir 89 años y por lo tanto es sabido que esto se acaba», afirma con franqueza. 

Resulta imprescindible tratar con los achaques inevitables que asoman con frecuencia: «Mantener el espíritu del juego cuesta. A veces viene la tos, viene el dolor, viene la dificultad física. No te puedes agachar para jugar a las tabas porque ya no te levantas. Son dificultades que, si no eres idiota, sabes que van a aparecer. Afortunadamente, hasta ahora las voy manejando. Procuro no establecer una actitud que añada más dificultades a las que me vienen de la madre naturaleza». 

Sin embargo, José Sacristán opta por mantener prendida la motivación, tanto en el escenario como en el resto de estancias de su vida. «No es tan difícil mantener la ilusión como medida terapéutica dada la insolencia, la necedad y la crueldad con la que lamentablemente se convive cada día. El actor tiene el poder de desplazarlo al personaje al que interpreta», apunta.

Y prosigue con la argumentación: «Hay un orden de prioridades que si a una edad no las tienes más o menos claras, es que eres idiota. Hay cosas que no merecen la pena del engaño y la impostura».

Finalmente, transmite su desazón ante la deriva del mundo actual: «El consejo es la educación, es la base. El atropello me preocupa. Hay una tecnología, como la inteligencia artificial, que me produce escalofríos y proporciona una forma de relación que descuida el humanismo y eso nos convierte en el tonto ilustrado. La desfachatez de los que están manejando el cotarro ponen los pelos de punta».