“Coger un bolígrafo, un objeto prohibido, sabiendo que estás poniendo en riesgo tu vida, es un acto de valentía que realizan todas las afganas que asisten a mi escuela”, cuenta Fatema Uzgun Nusrat, una abogada de 40 años de Kabul exiliada en Virginia, Estados Unidos, desde 2024, donde ahora dirige la Behdukht Online Academy, una de las muchas escuelas clandestinas que garantizan una educación no oficial a niñas de entre 12 y 18 años sometidas al régimen talibán.

Para ellas, el hogar se ha convertido en su única escuela, pero también en una prisión de la que no pueden salir sin un mahram, un acompañante masculino de la familia. La doble cara de una existencia segregada por voluntad de los talibanes. La Academy es una escuela sin paredes ni pizarras que se desarrolla en WhatsApp, con mensajes de texto y de voz, archivos PDF compartidos y que, cada semestre, invita a las estudiantes a hacer un examen.

“Normalmente los hacemos a las dos de la madrugada en Estados Unidos, cuando en Kabul es por la mañana. Es la única ocasión en la que todas se reúnen en casa de familiares o conocidos, personas en las que confío, para hacer un examen, mientras yo permanezco despierta hasta el amanecer, conectada a internet para supervisarlo todo. Es peligroso tanto para la familia que las acoge como para las propias chicas”. Llegan con el burka y, debajo, llevan el uniforme escolar negro con velo blanco y mascarilla, porque no quieren mostrar sus rostros. Cuando cierran la puerta tras de sí, las oigo suspirar aliviadas. Pero permanecen el riesgo y el miedo a que alguien llame a la puerta y las descubra. “Es una fiesta de cumpleaños”, deben responder. La última vez lloré de dolor desde el principio hasta el final del examen. Vivimos en el siglo XXI, el hombre viaja a Marte y nosotras seguimos luchando por un derecho fundamental: la educación.

Dos millones y medio de niñas y jóvenes, equivalentes al 80% de la población femenina afgana (según datos de la Unesco), están excluidas de la educación más allá del sexto grado bajo el segundo régimen talibán —del pastún tālib, que significa “estudiante” del Corán—, lo que equivale a nuestro quinto curso de primaria. Organizaciones sin ánimo de lucro como Amnistía Internacional, Malala Fund y ONU Mujeres califican las prohibiciones impuestas por los talibanes a la educación femenina desde 2021 como un sistema de apartheid de género. Su objetivo, al seguir concienciando y denunciando esta situación, es lograr que la comunidad internacional lo tipifique como un crimen contra la humanidad conforme al Derecho internacional.

Es la segunda vez que en Afganistán se priva a las mujeres de su libertad. Hubo una pausa de veinte años tras la retirada progresiva de los talibanes en 2001. La población femenina había dejado de vivir “bajo el burka”, como escribió Deborah Ellis en su libro galardonado con el Premio Andersen, y había pasado a desempeñar papeles importantes en la sociedad. Pero con su regreso al poder, exactamente el 15 de agosto de hace cinco años, regresaron también las prohibiciones para las mujeres, impuestas mediante más de 50 decretos: asistir a la escuela, trabajar —salvo en algunos puestos en los ámbitos de la sanidad y la educación—, escuchar música o mostrar siquiera un centímetro de su cuerpo, debido a una interpretación fundamentalista y radical de la sharía, la ley islámica. Y, sin embargo, desde el punto de vista espiritual, el Corán considera iguales a hombres y mujeres. «Lo viví en primera persona durante el primer régimen talibán y no consigo quitármelo de la cabeza. ¿Por qué ha vuelto a suceder? ¿Por qué otras chicas tienen que enfrentarse a lo mismo? No dejo de preguntarme qué puedo hacer para cambiar el curso de los acontecimientos».