¿Por qué seguimos imaginando al arquitecto como un genio insoportable? Películas, series y concursos que deberían preocuparnos
Recuerdo bien la reacción de mi abuela cuando le conté que iba a estudiar Arquitectura. Tras el júbilo inicial, a mi parecer ligeramente impostado, surgió la predecible pregunta de si no prefería ser ingeniero como mi padre, una inesperada inquietud por mis habilidades en el dibujo, pero, sobre todo, la sincera súplica de que no me convirtiese en alguien “caprichoso y extravagante”.
En su momento no acabé de comprender esta peculiar petición, pero unos años después se repitió una escena similar cuando, al poco de acabar la carrera, le anuncié que me iba a reformar un pequeño apartamento en el centro. De nuevo, tras la correspondiente alegría inicial y algunas nimias preocupaciones, me pidió que, por favor, no me hiciese “una de esas casas estrambóticas de arquitecto”, sino que fuese algo normal. Cuando entró por primera vez, no le gustó nada: no entendió cómo se podía vivir en 30 metros ni cómo desde la cama se veía la cocina; tampoco, por qué mis cuadros eran formas geométricas o frases en inglés.

Howard Roark, interpretado por Gary Cooper, en El manantial, película de 1949 que contribuyó a fijar el arquetipo del arquitecto como genio incomprendido.@ Heritage Auctions, HA. Película: Warner Bros., 1949
Con todo, creo que mi abuela estaba satisfecha, porque, aunque fuese un poco excéntrico y mi casa un poco extraña, no era como esos “arquitectos de la tele”. Imagino que para ella los arquitectos debíamos ser algo parecido a una mezcla entre Gary Cooper en El manantial (1949) y los exóticos personajes que mostraban sus opulentas casas en el programa de laSexta ¿Quién vive ahí? (2010-2012). Es decir, artistas incomprendidos que discuten con todos y que prefieren picar piedra antes que renunciar a sus ideales, a la vez que lunáticos emperifollados con el ego más grande que su opulenta casa.