Joaquín Sabina se retiró de los escenarios el pasado 30 de noviembre con un emocionante concierto en el Movistar Arena de Madrid. Fue el punto final a una gira multitudinaria entre América y Europa y a una carrera casada con el éxito a través de unas canciones que se han convertido en himnos intergeneracionales.
El cantautor de Úbeda ha comenzado una vida desconocida para él, sin compromisos profesionales ni exigencias externas. Una oportunidad para ganar tiempo y libertad, para reencontrarse con personas y hábitos que su estresante agenda no le permitía.
La suya ha sido una existencia tremendamente intensa y movida, desde el exilio en Londres en el franquismo tocando en restaurantes y bares hasta conquistar estadios y grandes auditorios. Una biografía no exenta de excesos ni de leyendas.
«Yo, con mi biografía, no estoy muy en desacuerdo. Tal vez sí me arrepiento de haber perdido tantas noches y tanto tiempo haciendo el idiota por los bares en lugar de escribir», confiesa Sabina en una entrevista con la agencia EFE.
Incluso aborda los excesos que probó y también los que no: «Como mucha gente cercana a mí soy de una generación que anduvo con la heroína. No yo, porque no la he probado nunca, pero sí con determinados excesos; es una generación muy loca y mucha gente, a veces la mejor, se quedó por el camino».
Una interesante conversación en la que regala la siguiente confesión: «No soy nostálgico, no tengo nostalgia de nada, pero sí tengo memoria y la memoria a veces se agarra a cosas hermosísimas, a ese minuto que te pasó una vez y a esa felicidad que dura tan poco pero que es inolvidable».
La fama ha sido otro de los elementos con los que ha lidiado, un regalo en ocasiones envenenado: «Eso que se llama fama tiene muchos inconvenientes. Yo amaba los bares y la noche. El sitio perfecto para escribir era en un bar a las 3 de la mañana. Y eso que hace mucho tiempo que me echaron de los bares. Y ahora, después del último concierto, había 30 personas esperándome a la puerta de casa. Eso no es agradable para alguien que soñó más con ser el hombre invisible que un cantante de éxito».