El pasado 20 de julio, en la bolsa de Suiza se anunció una operación que ofrece lecturas más allá de la esfera económica: Samsung Biologics, la filial para investigaciones biomédicas de la firma tecnológica coreana, lanzó una oferta de compra por el 100% de PolyPeptide, farmacéutica helvética especializada en la elaboración de medicamentos basados en péptidos. La teleco ofreció 1.580 millones de euros y añadió una prima para cada accionista del 40% sobre el precio de la acción, unas magnitudes que, por golosas, llamaron la atención de los mercados.

Sin embargo, en el sector farmacéutico de vanguardia no hubo reacciones de extrañeza, ya que la investigación biomédica relacionada con los péptidos es ahora mismo la que promete mayores retornos económicos, dado el fuerte interés han desatado y las enormes expectativas puestas en ellos para todo tipo de tratamientos. De hecho, el Ozempic fue el primer fármaco basado en ellos que abrió la puerta a esta nueva industria en explosión.

Dinero a espuertas

Los péptidos se anuncian como «moléculas mágicas» capaces de modificar el organismo y que se comporte a nuestro antojo ante objetivos como adelgazar, rejuvenecer la piel, desarrollar la musculatura, dormir mejor, incrementar la capacidad intelectual e incluso alargar la vida. Fascinadas por ese horizonte, en EE UU, y muy particularmente en Silicon Valley, grandes fortunas del sector tecnológico han invertido importantes cantidades en «startups» biomédicas de nueva creación, con la esperanza de ser los primeros en beneficiarse de sus hallazgos.

Es el caso de Sam Altman, director ejecutivo de OpenAI, que ha invertido 180 millones de dólares en la firma de investigación de péptidos Retro Biosciences y consume habitualmente metformina, convencido de que así ganará 10 años de vida. O Peter Thiel, el cofundador de PayPal, que financia varias empresas de biotecnología dedicadas a crear fármacos para eliminar células asociadas al envejecimiento. O Bryan Johnson, el financiero multimillonario impulsor del Protocolo Blueprint, consistente en la ingesta de una serie de medicamentos, el seguimiento de estrictas rutinas diarias y la transfusión de plasma de su hijo con la finalidad de parecer más joven.

La conexión techy no es casual, porque la filosofía que mueve esta nueva farmacopea recuerda mucho a la que inspira a las grandes corporaciones digitales. Plantea que, dado que el organismo responde a las órdenes que le da un sistema operativo biológico, solo necesitaríamos «hackear» ese sistema operativo para que se comporte como queramos.

Promesa de milagros

En esa lógica, los péptidos se perciben como la llave maestra que abrirá las puertas de una nueva era en la medicina, y sus impulsores se perfilan como los biohacker que harán posible –y protagonizarán– este milagro. «Los péptidos están cambiando la forma de entender la medicina moderna y su verdadero potencial para el futuro. Conviértete en ‘biohacker’ y recupera tu energía, tu claridad y el control de tu salud», propone el argentino Marcos Apud, divulgador de este tipo de terapias, desde sus redes sociales, donde cuenta con varios millones de seguidores.

El éxito del Ozemipic está haciendo de catalizador de este fenómeno. La eficacia que este medicamento y otros de su misma familia –como el Wegovy o el Mounjaro, basados en el péptido sintético semaglutida– están demostrando para combatir la diabetes y lograr llamativas pérdidas de peso está atrayendo grandes inversiones a este sector biomédico, con la esperanza de sintetizar moléculas que sirvan para otras muchas aplicaciones médicas. El mercado mundial de terapias basadas en péptidos está valorado actualmente en 50.000 millones de euros, pero se prevé que antes de una década se habrá duplicado.

La industria del bienestar está creciendo con un vértigo que recuerda a la fiebre del oro, pero a día de hoy continúa marcada por más dudas que certezas. En ella conviven moléculas cuyos efectos han sido probados y su comercialización es legal –aunque requiera receta médica, como la semaglutida–, con cremas y sérums elaborados a base de péptidos para mejorar la elasticidad de la piel, y con otras soluciones que, abiertamente, prometen trucarnos el cuerpo para que vivamos más años.

No todas estas expectativas son igual de alcanzables. «Los péptidos pueden modular determinadas vías del organismo, pero no programan el cuerpo a voluntad. El organismo funciona como una red compleja, e intervenir en una vía puede producir beneficios, pero también efectos no deseados», advierte la doctora Inka Miñambres, de la Sociedad Española de Endocrinología y Nutrición (SEEN). En opinión de Eric Topol, prestigioso científico norteamericano responsable de haber secuenciado el genoma de 1.400 superancianos en busca de los secretos de la longevidad, «el consumo experimental de péptidos carece de fundamento y es temerario».

Vacío legal

En un mundo globalizado como el actual, el vacío legal que impera en este incipiente negocio hace posible que hoy se puedan comprar fármacos inyectables hechos a base de péptidos en internet que se anuncian como el elixir de la eterna juventud, procedentes la mayoría de las veces de laboratorios chinos, pero que carecen de la supervisión de la Agencia Europea del Medicamento ni de la FDA norteamericana. Muchos de esos medicamentos se presentan acompañados de una etiqueta que advierte: «Solo para investigación». Sin embargo, se ponen al alcance de consumidores particulares.

«Hay que ser especialmente prudentes con los productos que se comercializan como promotores de la longevidad sin estar autorizados. Algunos de esos compuestos provienen de estudios muy limitados y otros pueden alterar vías hormonales, metabólicas o de crecimiento», recuerda la doctora Miñambres. Desde la FDA apostillan: «Ni siquiera sabemos en qué consisten muchos de los productos de este tipo que hoy están en circulación».

De momento, no se han registrado graves complicaciones de salud por estos fármacos, aunque el año pasado dos mujeres acabaron hospitalizadas en Las Vegas tras recibir inyecciones de péptidos en una conferencia sobre antienvejecimiento.

«Los péptidos abren posibilidades reales para tratar enfermedades con una precisión que antes no teníamos. Pero la innovación debe pasar los filtros de siempre: ensayos rigurosos, calidad de fabricación, evaluación a largo plazo y regulación independiente», advierte Miñambres.

«No existe una píldora contra el envejecimiento»

«No existe una píldora mágica que evite el envejecimiento y solucione todos los problemas». Lo afirma el doctor Manuel J. Castillo, catedrático emérito de Fisiología Médica en la Universidad de Granada y presidente científico de la Sociedad Española de Medicina Antienvejecimiento y Longevidad (SEMAL), cuando se le pregunta sobre el aluvión de productos que copan el mercado para frenar el paso de los años, como los péptidos, que ya se venden como «moléculas mágicas» y cada día están más presentes en los productos de cosmética antiedad. «Hay sustancias que ayudan, pero no existe un elixir de la juventud», concluye el experto. Habla de otra tendencia, el uso de la testosterona para contrarrestar el envejecimiento o aumentar el deseo sexual de las mujeres. En países como Estados Unidos se ha extendido la moda de productos que incorporan esta hormona y prometen una revolución sexual similar a la de la Viagra. «Es una simplificación. No es ninguna revolución sexual. Y conlleva riesgos», señala el doctor.

La terapia con testosterona, bien supervisada, puede contrarrestar algunos efectos y contribuir a una longevidad saludable. Pero tampoco es una panacea, advierte el especialista. «Nuestro cuerpo envejece y, dentro de cada célula, cada uno de sus orgánulos envejecen de una manera diferente, y no tenemos nada, todavía, que afecte a todo», explica. «Tomar productos con testosterona es una moda y conlleva riesgos importantes», señala el doctor Castillo cuando habla de la hormona sexual masculina. «También está detrás de la aparición y mantenimiento de los caracteres secundarios masculinos, entre los que está un mayor desarrollo de la masa muscular, determinantes de cambios en la estructura de pensamiento, la libido, la determinación, la adopción de conductas de riesgo, la agresividad, etcétera», enumera. Con la edad, explica el médico, los niveles de testosterona disminuyen de manera paulatina en el hombre. En contraposición, los estrógenos caen en la mujer con la menopausia.

Evitar o revertir esa disminución determinará «un efecto antienvejecimiento, pero solo sobre ese aspecto concreto, no sobre el envejecimiento en su conjunto», añade Castillo. El tratamiento con la hormona masculina, insiste, lo debe poner un médico valorando con el paciente los riesgos. Otra cosa son suplementos y reguladores hormonales que se venden a precios muy económicos. Castillo advierte del riesgo de desarrollar cáncer de próstata, problemas cardiovasculares o un aumento de la agresividad.

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