Julia Otero siempre ha sido muy agradecida con la educación que le dieron sus padres. Gallegos, que emigraron hasta Cataluña y provenientes de una familia campesina, ambos dieron todo lo posible para que su hija se criara en un entorno humilde, con valores y, sobre todo, en una educación exquisita. De ello habló la periodista con Jordi Évole en laSexta, donde confesó que para su padre había sido un shock tener una hija, porque él quería «un niño». «Mi padre quería que fuera independiente. La existencia misma de una hija le cambió a él. Y él me lo devolvió educándome», confesó. Y es que, pesa al choque inicial, fue él quien le enseñó a desenvolverse en el mundo, aunque no pronunció la palabra «feminismo».

Julia Otero nació en A Penela, una pequeña parroquia del municipio de Monforte de Lemos (Lugo). Sus primeros tres años de vida transcurrieron en un entorno rural modesto y apacible. Creció en una casa de piedra cuidada por su familia y por su madre, Elia, en un ambiente humilde marcado por la época de posguerra. Su padre trabajaba como trompetista y, además, fue integrante y fundador de la orquesta local La Monfortina.

La unión de Julia Otero con su padre

Julia Otero junto a su marido. | Gtres

A los tres años de edad, en 1962, su familia emigró a Barcelona en busca de nuevas oportunidades económicas. La familia se estableció en el popular barrio del Poble-sec. Su infancia en la capital catalana estuvo profundamente marcada por los valores de sobriedad, esfuerzo y dignidad transmitidos por sus padres, quienes mantuvieron vivas las raíces, costumbres y cultura gallegas en el hogar. Realizó sus estudios escolares en el colegio de las Hermanas Franciscanas de Nuestra Señora de la Concepción. Durante sus años de infancia y primera juventud, Julia Otero no contemplaba dedicarse al periodismo; su verdadera vocación de niña era convertirse en médica. Sin embargo, más adelante encauzó sus estudios universitarios hacia la carrera de Filología Hispánica, etapa en la que descubrió de forma casual el mundo de la radio.

A Penela, la pequeña aldea del municipio de Monforte de Lemos —en la comarca de la Terra de Lemos, Lugo— donde nació Julia Otero en 1959, era el reflejo fiel de la Galicia rural de mediados del siglo XX: un entorno aislado, marcado por la subsistencia, la belleza del paisaje y la emigración. A Penela es una parroquia de muy pocos habitantes, rodeada de prados, soutos (bosques de castaños) y robledales. Un paisaje dominado por los tonos verdes, la humedad constante y el aire puro del interior gallego. La aldea estaba compuesta por un puñado de casas tradicionales gallega —casas de aldea—, construidas con gruesos muros de piedra de granito o mampostería, tejados de pizarra negra y vigas de madera. En estas viviendas, la vida giraba en torno a la lareira —el hogar de fuego sobre el suelo—, que servía simultáneamente para calentar la casa, cocinar y curar los embutidos.

«Mi padre quería que fuera independiente; la existencia misma de una hija le cambió a él»

La vida en la aldea estaba completamente ligada a la tierra y al ganado. Las familias cultivaban sus propios huertos —como patatas, berzas para el caldo gallego y hortalizas— y criaban vacas, cerdos y gallinas. La matanza del cerdo (o matelo) era el acontecimiento anual que garantizaba la despensa para el invierno. Cuando nació Julia Otero a finales de los años 50, en la aldea no había las infraestructuras básicas que llegaron décadas después. El agua se recogía diariamente de las fuentes o pozos naturales, y la luz eléctrica era deficiente o inexistente en algunas viviendas. El ambiente en la aldea durante esos años estaba marcado por la nostalgia —la conocida como morriña— y la partida constante de vecinos. Ante la falta de horizontes económicos en el campo gallego de la posguerra, A Penela —como tantas otras aldeas de Lugo— sufría un goteo incesante de habitantes que emigraban a América, a Europa o a las grandes capitales industriales españolas —como el caso de los padres de Julia, que pusieron rumbo a Barcelona cuando ella tenía solo tres años—.

Su padre fue una una figura fundamental en su vida y una influencia decisiva en la formación de su carácter. Su profesión como trompetista y su trayectoria vital reflejan la dura realidad de muchos músicos y trabajadores de la España de mediados del siglo XX. Era un trompetista talentoso que se ganaba la vida tocando en orquestas locales, fiestas patronales y eventos en la provincia de Lugo. Sin embargo, en la Galicia rural de la posguerra, la música no garantizaba un sustento estable ni unos ingresos regulares para mantener a una familia. La inestabilidad económica fue el detonante para tomar la decisión de emigrar a Barcelona en 1962. Al llegar a Cataluña, tuvo que compaginar en ocasiones la música con otros trabajos para sacar adelante a su esposa Elia y a su hija.

Julia Otero, en una imagen de archivo. | Gtres

Julia Otero ha recordado a su padre en numerosas entrevistas como un hombre trabajador, noble, con una profunda dignidad laboral y un amor incondicional por la cultura y el arte. De él heredó su disciplina, su sensibilidad artística y su sentido de la justicia social. El ambiente de su hogar en Barcelona estuvo impregnado de música gracias a las horas de ensayo de su padre. Aunque Julia no siguió el camino de la música profesional, la disciplina que observó en Julio al practicar la trompeta —un instrumento exigente que requiere constancia diaria— le sirvió como lección de rigor para su futura carrera en el periodismo. En los últimos años de vida de su padre, Julia Otero volcó un gran cuidado hacia él, compartiendo públicamente el profundo orgullo y la admiración que sentía por aquel trompetista gallego que cruzó el país para darle un futuro mejor.