En España los horarios de las comidas principales del día son especialmente tardíos y es algo que sorprende a muchos turistas que llegan a las principales ciudades del país y se encuentran con el plato en la mesa solos a las 12:30 horas, al mediodía, o a las 19:30 horas, para cenar.
El hecho de vivir con una hora de adelanto respecto a lo que marca nuestra posición en el planeta podría ser una de las explicaciones más fáciles de relacionar con esta manera de funcionar, una medida introducida por Franco para ir de la mano con el horario de la Alemania nazi durante la Segunda Guerra Mundial. Además, entendemos la hora de comer como un evento social y un espacio para compartir con la familia o amigos. No tenemos prisa.
Con este contexto, la investigadora de la Universidad de Múrcia, Marta Garaulet, se propuso a estudiar el impacto del horario en el que comemos con la capacidad de perder peso de las personas que visitaban su clínica especializada. Lo que despertó su curiosidad fue la diferencia entre dos clientas que presentaron con ese objetivo, ya que convivían y tenían la misma dieta, pero una comía sobre las 13 horas y la otra mucho más tarde.

Cuanto más tarde comemos, peor almacenamos la grasa consumida. / ·
El resultado fue evidente: la primera consiguió perder más peso que la segunda en el mismo lapso de tiempo, seis semanas, así que se introdujo en el estudio de la crononutrición. Este concepto trata de explicar cómo influye la hora a la que comemos en nuestra salud y metabolismo, cuánto tiempo permanecemos comiendo durante el día y cómo cada momento del día influye en la asimilación de distintos elementos como la glucosa, la insulina o la presión arterial.
Garaulet estudió a 420 adultos y descubrió que las personas que comían más temprano presentaban una mayor tendencia a perder peso que los que lo hacían más tarde. Con otro estudio similar pero con una muestra menor, pudo constatar que tenían peor regulación glucémica y quemaron menos hidratos de carbono, factores clave.
Otro estudio publicado en 2022 en ‘Diabetes Care’ hizo que 800 personas consumieran un número determinado de hidratos de carbono estándar para una cena normal. Un grupo lo hacía una hora antes de acostarse y el otro, cuatro horas antes.

La ciencia respalda los horarios más tempranos a la hora de alimentarse. / Freepik
Los resultados señalaron que los que lo hacían poco antes de ir a dormir presentaban una metabolización peor, con niveles más altos de azúcar en sangre y menor insulina, demostrando el efecto de la melatonina en este aspecto: «Si comes cuando los niveles de melatonina están elevados por la noche, tu control de la glucosa se verá afectado«, comentaba Frank Scheer, uno de los investigadores.
Finalmente, cabe destacar que el estudio determinó que cuanto más tarde comemos, solemos sentir más hambre el día siguiente porque se alteran las hormonas que regulan el apetito. También afecta a la forma en la que el cuerpo humano gestiona la grasa: al comer más tarde, tendemos a almacenarla en lugar de descomponerla.