Vin Diesel y Paul Walker en ‘The Fast and the Furious (A todo gas)’ (2001). UNIVERSAL PICTURES

Ante un fenómeno cultural como el de Fast & Furious es inevitable hacerse una pregunta: ¿qué fue antes, el huevo o la gallina? Es decir, cuando nos sentamos a ver alguna de las entregas de esta inclasificable saga cinematográfica, ¿estamos ante un milagroso caso de adivinación o ante uno, no menos extraordinario, de moldeado cultural a escala global? Porque lo que es innegable es que cuando apareció su primer capítulo, hace ya 25 años, allí estaba ya todo el universo estético-musical-espiritual que lo peta en 2026. ¿Lo predijeron o lo impusieron? Esa es la pregunta que nadie puede responder, pero sobre la que nos encanta fantasear.

El guionista Gary Scott Thompson escribió las dos primeras películas a principios de los años 2000. Los personajes del ladrón Dominic Toretto (Vin Diesel) y del policía Brian O’Conner (interpretado por el malogrado Paul Walker) son creaciones suyas. La inspiración le vino tras leer un artículo sobre carreras callejeras en la revista Vibe. Como suele ocurrir en estos casos, no se hizo millonario: vendió a la baja los dos guiones y los derechos iniciales de los personajes. Y no ganó nada con las siguientes ocho películas; la saga al completo (pobre Gary) ha recaudado en torno a 7.500 millones de dólares en todo el mundo.

No sería extraño que Thompson haya pasado los últimos 25 años dándose cabezazos contra la pared. En su descargo hay que decir que, por aquel entonces, muy poca gente podía prever que aquellas películas pudieran ser algo más que un entretenimiento de centro comercial para adolescentes de extrarradio. Pero alguien sin ese tipo de prejuicios clasistas sí lo hizo. Alguien en Universal Pictures, alguien con mucho olfato, entendió la verdadera dimensión del fenómeno y compró los derechos. Entendió no sólo el mundo en el que vivía, sino el mundo en el que íbamos a vivir todos. Vio EL FUTURO.

Orgullo latino

En el sistema de castas de Estados Unidos, el latino está probablemente en el último escalón. Son esas personas invisibles que sirven tu mesa o cortan tu césped, poco más. Eso, por suerte, está cambiando, pero hasta hace poco había muy pocas excepciones dentro de ese orden social. Una era el béisbol, donde los jugadores caribeños aportan una clase, una gracia y hasta un glamour del que suelen carecer los musculosos peloteros estadounidenses. Otra era el mundo del espectáculo, donde también ha habido una especie de aristocracia latina compuesta por gente como Anthony Quinn, Rita Moreno, José Ferrer, Chita Rivera… una larga lista de ilustres que llega hasta nuestros días con Oscar Isaac, Zoe Saldaña o Benicio del Toro.

Pero todos estos nombres son relevantes porque han tenido éxito. ¿Por qué habría de sentirse orgulloso un vecino de Echo Park o del East Harlem (barrios, por otra parte, en un proceso acelerado de blanquización/gentrificación)? ¿Por ser simplemente quien es? Claro que sí. ¿Por qué no? Una persona de origen latino es alguien que lleva consigo una riquísima mezcla de culturas ancestrales que atraviesan siglos, lenguas y continentes. Y algo mucho más importante: eso es guay, es cool. El mundo entero lo entendió durante la actuación de Bad Bunny en la pasada Superbowl. Pero hubo una película que ya apuntaba en esa dirección hace 25 años: Fast & Furious.

Dominic Toretto chapurrea el español. Se rodea de hispanos. Su compañera sentimental, la reina de su banda (ojo a la coincidencia) es Leticia Ortiz (interpretada por Michelle Rodríguez). Ambos se refugian en República Dominicana cuando los busca la policía. Toretto llega incluso a protagonizar una delirante carrera (todo es delirante en Fast & Furious) en el Malecón de La Habana, una licencia que Hollywood se tomó durante el breve deshielo propiciado por la Administración Obama, allá por 2016. Y lo que es aún más importante por lo que tiene de profético: uno de los miembros de su pandilla motorizada no es otro que Don Omar. Nada más y nada menos que el pionero del reguetón, verdadero origen de la música urbana que hoy triunfa en todo el mundo. Sus canciones abren y cierran varias entregas de la saga.

Una de ellas es Conteo, que aparecía en The Fast and the Furious: Tokyo Drift. Ritmo pegadizo y letra ultrabásica, como corresponde al género: «Uno, dos, tres, cuatro. Marchando las gatas forman alboroto». No es un lied de Schubert, en efecto. Las ‘gatas’, para más señas, son las chicas florero ligeras de ropa que flanquean las carreras callejeras, una muestra atroz de machismo que se fue atemperando con el paso del tiempo y las sucesivas entregas, pero tampoco demasiado. Otra prueba de la presciencia que adorna a la franquicia.

La peli de Tokio es algo así como un capítulo aparte en la saga, pero tenía su sentido: las carreras clandestinas reales, las que relataba el artículo primigenio de Vibe, se hacían con coches japoneses tuneados. Y aquí llegamos a otro cruce de caminos sorprendente que se explica mejor con apenas unas estrofas de Rosalía: «Okay, motomami. Pesa mi tatami. Hit a lo tsunami. Okay, motomami. Fina, un origami. Cruda a lo sashimi». ¿Lo pillan? Efectivamente, todo el universo motero-japonés-caribeño-reguetonero de Motomami (2022), el disco que la catalana grabó entre Puerto Rico y la República Dominicana y con el que saltó a la fama mundial, tiene su antecedente en Fast & Furious. Estética, cultural y sociológicamente hablando, la deuda es innegable.

Valores conservadores

La banda de Dominic Toretto es muy religiosa. Aunque no se especifica en ningún momento, se entiende que su líder es católico. Y uno de los honores más grandes que puede recibir un invitado a su mesa es bendecir los alimentos que se disponen a comer. Como en los cómics de Astérix, las aventuras terminan siempre en torno a un banquete, en este caso, una especie de misa/barbacoa oficiada solemnemente por el jefe con Coronitas (otro guiño latino) en vez de vino consagrado. Estos malotes, con sus coches de carreras y sus armas de fuego, oran. Oran muchísimo. Igual que Rosalía, quien en la promoción de su disco Lux habló abiertamente de su renacida espiritualidad y del padrenuestro que reza todas la noches. «Yo manejo, Dios me guía», cantaba en Saoko, el más motero (y anticlimático) de sus hits. En resumen, el revival religioso que vivimos en la actualidad ya estaba apuntado en Fast & Furious.

Por la saga no aparecen curas ni pastores ni imanes. No se profesa de forma abierta ninguna religión oficial, se trata más bien de una relación particular, hecha a la medida, con el Dios judeocristiano, en el que creen con una intensidad entre mística y rociera, objetos devocionales incluidos. Por ejemplo, hay un fetiche, un crucifijo con historia propia y más grande que un piano, que va pasando de cuello en cuello por varias películas.

Otro de los conceptos conservadores más citados en estas cintas es el de la familia. No hay nada más importante que la familia, no entendida como unidad económica de carácter burgués, que diría Marx, sino como clan basado en la fidelidad, al estilo mafioso. El inevitable Bad Bunny canta sus alabanzas en la banda sonora de la novena película: «Un hermano no se traiciona, la familia nunca abandona». En cualquier caso, la familia en Fast & Furious es una noción laxa que no incluye necesariamente lazos de consanguinidad. La componen todos aquellos que forman parte de la banda. Eso sí, cuando dos de ellos se emparejan y tienen hijos, aparcan sus coches tuneados, abandonan sus correrías y se van a vivir juntos. Ya lo decía Vito Corleone: «Un hombre que no vive con su familia no puede ser un hombre».

Lo de ser un hombre también tiene su importancia en este contexto. Un hombre de verdad, en el sentido carpetovetónico del término, se entiende. Ese es otro concepto conservador que llama la atención, por su ausencia, entre tanta diversidad: en la banda de Toretto hay hombres y mujeres; latinos, negros y asiáticos, incluso una judía (exagente del Mossad, encarnada por Gal Gadot), pero nadie se aparta de la más estricta heteronormatividad. Muy diversos sí, pero hasta cierto punto.

Y luego está el patriotismo, que no dejan de proyectar a través de sus objetos favoritos: los coches. Toretto y Letty Ortiz no niegan la calidad de los autos europeos y japoneses, pero cuando llega la hora de la verdad (en forma de misión peligrosa) expresan verbalmente y con orgullo su predilección: no hay nada como el clásico «american muscle». Es decir, una inmensa masa de hierro de difícil maniobrabilidad y que consume gasolina como si no hubiera un mañana. Los expertos en motor se ríen bastante de este tipo de preferencias (en Top Gear, por ejemplo, los chistes sobre los coches americanos eran recurrentes), pero esa es precisamente la esencia del patriotismo: un amor incondicional que no puede sostenerse con razones objetivas.

Peor en cada película

Con motivo de su 25º aniversario se reestrena el primer título de la saga, The Fast and the Furious (A todo gas), una peli de acción relativamente modesta que, obviando las machiruladas típicas de la época, tiene su encanto. La segunda también podía verse sin llevarse las manos las manos a la cabeza, aunque las secuencias de carreras eran bastante peores. Paradójicamente, contaba con el director más prestigioso que tuvo nunca la franquicia: John Singleton. Se ve que lo de los coches no era lo suyo. La tercera es la de Tokio y aguanta el tipo. Pero a partir de ahí se suceden los disparates hasta alcanzar cotas inenarrables. Los actores mueren y resucitan con una facilidad que para sí la quisieran las telenovelas venezolanas. Las acrobacias se van enrevesando hasta chocar con los límites de la física. Las misiones que acometen sus protagonistas sólo pueden ser producto de una imaginación seriamente castigada por el alcohol: lanzar un coche al espacio, saltar con él (y sobrevivir) desde un rascacielos en Dubai, inutilizar un submarino nuclear con coches que patinan por encima del hielo… En fin, un desvarío. Desde que The Rock y Jason Statham aparecen en la historia, la saga, ya de por sí inverosímil, va degenerando hasta el absurdo.

Con todo y con eso, las primeras entregas fueron visionarias. Previeron un Zeitgeist, el espíritu de una época que estaba por llegar. O, quién sabe, quizás colaboraron en su advenimiento. Ese mérito hay que reconocérselo.

‘The Fast and the Furious (A todo gas)’ se reestrena en cines el 21 de agosto.