Para Cari Lapique estas son unas fechas que querría borrar de su vida. «Estoy pasando un verano muy tranquilo con mi hermana Myriam en Sotogrande y disfrutando de mis nietos, mis sobrinos y los amigos. Y deseando que pase este mes». Se cumplen dos años de los días trágicos que marcaron un antes y un después. El 7 de agosto fallecía en su casa de Guadalmina Carlos Goyanes mientras dormía, después de haber pasado parte de la noche disfrutando de un partido del Real Madrid. Esa misma mañana Cari había quedado con su hermana y un grupo de amigas en un mercadillo en Sotogrande y no tuvo noticias de lo que había pasado en casa hasta que su hija la llamó para decirle lo que nunca habría querido escuchar.
Y el 26 de ese mismo mes, también en Marbella, moría la hija Caritina a los 46 años dejando desolados a todos los que la conocíamos. Era una mujer abierta, trabajadora, simpática, generosa y con todo el futuro por delante. Dejó dos hijos, Pedrito y MiniCari, que son la alegría para la abuela y el resto del clan. Forman un grupo compacto y unido que mantiene la misma línea de vida a pesar de las tragedias. Poco a poco la agenda cotidiana de la familia ha ido recuperando el ritmo vital.
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El año pasado, Carla, hija y hermana de los fallecidos, quiso que el nombre de su padre fuera recordado a través de un torneo deportivo. Organizó el primer campeonato de pádel que tuvo su centro de operaciones en Marbella. La repercusión fue todo un éxito. Este año se repitió la convocatoria. Me contaba Cari que a Carlos se le dieron bien todos los deportes. «Jugaba al fútbol, al tenis… Y mis nietos son iguales. Se les da muy bien el pádel. A mí es raro que alguien me recuerde con una raqueta», me confesó con un sentido del humor que los sinsabores no han conseguido borrar.
Aunque no ha vuelto a instalarse en el chalé de Gaudalmina, no quiso perderse el homenaje a su marido. Está muy orgullosa de cómo ha organizado el torneo su hija Carla y de su capacidad para procesar los acontecimientos que hace dos años cambiaron la vida familiar. Los hijos y los sobrinos han tenido que aprender demasiado pronto lo duro que puede llegar a ser el destino. Pedro y MiniCari son unos niños responsables y muy cariñosos con la «abuelona», que así la bautizó el nieto mayor. Pedro, muy maduro para su edad, adoraba al abuelo Goyanes. Era habitual que el empresario llevara una cinta de cuero al cuello con un colgante que para él era una especie de talismán. Como homenaje, el nieto pidió esa pieza de la que no se separa. Una vez que termine el verano, Cari retomará su agenda profesional. Todos los que la conocemos coincidimos en su calidad humana y la bondad y el cariño que transmite.