A sus 88 años (cumplirá 89 el próximo 27 de septiembre), José Sacristán continúa siendo un referente. Tanto por su talento en los escenarios como por su sabiduría en cada una de sus comparecencias públicas. Las reflexiones que comparte el actor nacido en Chinchón merecen atención y ser escuchadas. 

El artista, que está recorriendo España con su nuevo espectáculo, ‘El hijo de la cómica’, un emocionante homenaje a Fernando Fernán Gómez, tiene muy claro cuáles son sus prioridades a esta altura de la vida. «Si no duele una cosa, si no hay que ir al médico, si la tensión está más o menos regulada, si el colesterol está así… Una vez que atiendes a todas estas cosas que son tu propia maquinaria, y si la maquinaria sigue andando, el orden de prioridades se va necesariamente concentrando en lo que importa», explica en una entrevista con Aimar Bretos en La Sexta. 

Y prosigue con la argumentación: «Y yo, que tengo un alma de portera que no me la merezco, prefiero poner por delante esa especie de cordialidad con uno mismo y con lo que me rodea. No digo de ir con la bondad beatífica por delante, pero sí una manera de entender estar a gusto. No presumo para nada de ser mejor persona que los demás, sino vivir más cómodamente. Atendiendo a un libro de José Antonio Marina, está la inteligencia fracasada. Conozco a hijos de puta muy inteligentes, pero siempre he encontrado por encima una inteligencia que apunta a una forma de bondad, esa es la prioridad para mí. Dentro del concepto de lo que puede ser inteligente, aplicarlo de una forma bondadosa». 

Sacristán se autodefine como un optimista melancólico. Así lo justifica: «Esos hijos de puta llegan a una altura, como algunos que están manejando el cotarro en estos momentos. Pero yo creo que hay algo que siempre acaba imponiéndose. En el fondo, como dice Luis García Montero, así es como operamos los optimistas melancólicos. La melancolía es la sensación de la pérdida permanente de cosas, la idea de la justicia, de la bondad… Pero el optimismo es que voy a salir cada día a librar la batalla de mi dignidad con alegría». 

A pesar de la maldad y de las decepciones, el actor no reniega del ser humano: «Cada vez siento la necesidad de ir reduciendo las opiniones para evitar a estas edades disgustos. Yo confío en que el ser humano merece la pena, aunque haya ejemplares siniestros y necios. Pero apuesto por la humanidad». 

Finalmente, José Sacristán rememora cómo fue su infancia y las aspiraciones que alimentaban su día a día: «Cuando naces en el 37 y la infancia que tienes es esta. Yo quería ser Robin Hood, D’artagnan y Miguel Strogoff. Pero al mismo tiempo había una realidad que era la alpargata, la borrica, el botijo, el frío, el hambre, los sabañones, la precariedad y la amenaza de que alguien se había pegado con alguien y a mí me había tocado estar del lado de quien había perdido la pelea».