Roberto Zamarbide

22/08/2026 a las 20:31h.

«No es que me alegrara cuando dejé de cantar, pero me dije: ‘Ahora podré estudiar pintura, que es lo mío’». Lejos del tópico del niño artista de éxito que no encuentra su sitio en la edad adulta, Ángel Gómez Mateo lo tuvo muy claro. «Yo tuve la suerte de tener una salida artística, pero otros, cuando cambian de vida, les cuesta mucho. No lo asimilan. Rosa Morena, que era amiga mía, se arruinó y estuvo viviendo de la caridad porque no quería ponerse a trabajar en una mercería».

Pero para ingresar en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando tenía que acabar el Bachillerato. Tenía 14 años. «Me costó, ya no estaba acostumbrado a estudiar». Ingresó al primer intento y allí fue moldeando su talento. Al concluir, descartó la enseñanza —«yo es que no imponía respeto», ríe— y trabajó pintando cuadros para una empresa de decoración de hogares. «Me especialicé en pintar caballos blancos a la luz de la luna —recuerda divertido—. Los hacía en serie y grandes. También hacía retratos. Se ganaba muy bien».

Un pleito ganado al que fuera su empresario, Pepe Vaquero, dio a Ángel, sus padres y su hermano Manolo tranquilidad económica en aquel Madrid de los 60. Buscando su propio estilo, abandonó los caballos para paredes de salón y emprendió con éxito su propio camino en la pintura, llevando su obra por toda España. En su tierra debutó en la sala Garcigrande y después llegarían otras en el actual Palacio Episcopal y en La Salina. Pese a no haberse prodigado mucho por Salamanca, conserva un recuerdo especial de una de sus obras, titulada «Las profecías se cumplieron y el Verbo se hizo carne», que pintó en 2022 en la nave del Evangelio de la Catedral. «El que fuera canónigo, Daniel Sánchez, se jubilaba y me encargó una pintura que estuviera relacionada con los Reyes Magos, pero me dio libertad. Recuerdo cuánto me impresionó la Catedral siendo niño. Me dicen entonces que tendría una obra mía allí y no lo habría creído. Eso me llena más que mis tres películas que hice».

Ángel Gómez Mateo definió una vez su estilo pictórico como «nuevo realismo, rayando en el simbolismo con un poco de surrealismo». «El abstracto —añade— ya dio de sí lo que podía. Ahora está en alza la pintura figurativa. Para ser bueno, hay que tener oficio, y luego ya haces lo que quieras. Hoy hay mucho camuflado que no vale. El arte consiste en hacer sentir, en provocar al espectador».

San Esteban de la Sierra le rinde honores cada mes de julio con un certamen de pintura que lleva su nombre. No falta a la cita. Tras medio siglo con los pinceles, el artista admite un sueño no cumplido: «Pintar un mural en el frontón de mi pueblo. Pero que no me suban a un andamio, que me da vértigo».