Al entrar en el despacho de Ramón Gómez de la Serna, encapsulado como uno de los principales atractivos del Museo de Arte Contemporáneo (MAC) municipal, huele a una mezcla de papel, tinta y tienda de antigüedades. Algo natural, sobre todo si tenemos en cuenta … que en las estanterías de este taller del escritor, figura central de la vanguardia literaria y artística de los años veinte y treinta, se agolpan, además de unos 500 libros que formaban su biblioteca, decenas de objetos adquiridos, sobre todo en el Rastro madrileño, hace más de un siglo. Esta ‘cámara de maravillas de la modernidad’ lleva poco más de una década abierta (de forma gratuita) a cualquier visitante que se acerque al centro Conde Duque. Sin embargo, pasó décadas guardada en cajas.
«Ramón falleció en Buenos Aires en 1963, y dejó dicho que su deseo era que su despacho y todos sus elementos estuvieran en Madrid», cuenta Carlota Bustos, directora del museo madrileño, quien recuerda que el escritor está enterrado también en su ciudad natal, en el Panteón de Hombres Ilustres de la Sacramental de San Justo, junto a la tumba de Mariano José de Larra. Volviendo a su taller, el de Buenos Aires era la reconstrucción de su ‘torreón’ de la calle de Velázquez primero y de Villanueva después, un espacio que tuvo que desmontar a toda prisa cuando llegó la guerra civil y tuvo que huir del país junta a su mujer, Luisa Sofovich. Fue esta la que, tras la muerte del escritor, se encargó de que todo este legado llegase a la capital. «Y con todo, ha estado años guardado. Se expuso en 1980 en el museo Municipal, después estuvo también unos meses en el Reina Sofía, pero no fue hasta 2014 cuando se convirtió en un elemento de la exposición permanente aquí, con museografía a cargo de los arquitectos Vicente Patón y Alberto Tellería», señala Bustos antes de abrir la puerta a este mundo ramoniano, que los visitantes pueden disfrutar a través de distintas ventanas acristaladas. El acceso al interior normalmente está restringido a labores de mantenimiento.
«Aquí está el fantasioso mundo de un personaje muy polifacético. Como hay muchísima documentación gráfica de aquellos años se conoce perfectamente cómo estaba montado y así es como hemos tratado de reproducirlo», cuenta Bustos. La mayor concesión de esta reproducción ha sido liberar las paredes y los techos de los cientos de collage y fotomontajes que decoraban los torreones originales de Gómez de la Serna y concentrarlos en los biombos que también decoraban su estudio. «A través de estos nos podemos hacer a la idea de su obsesión por la imagen. Era brutal. Ahora los collage nos parecen muy familiares, pero estamos hablando de 1910. Él hacía un popurrí de imágenes históricas, de su época, de revistas… al final eso es algo muy de vanguardias», apunta la directora del MAC.
También destacan, en las paredes del reconstruido despacho del inventor de las greguerías (muchas ilustradas fueron publicadas en la revista ‘Blanco y Negro’ de ABC), los espejos, de todas formas y tamaños. Sobresale uno convexo, bastante más grande que los demás. «Él decía que era el más grande del mundo, porque abarcaba más allá de su circunferencia», cuenta Bustos. Los hay también que simulan una montaña e incluso uno con forma de Napoleón. Él mismo, apunta Bustos, mandaba biselarlos. Manías de genio.
El tarro de las ideas
Otra de las joyas del espacio es la mesa donde escribía, agrandada con pequeños cajones y archivadores anexos. «Le gustaba tenerlo todo a mano cuando escribía . Su mujer decía que podía pasarse hasta 16 horas frente al escritorio», señala Bustos. Su dedicación era tal que, como no era demasiado alto, mandó cortar las patas de la silla para no tener que levantarse si se le caía algo al suelo. No había un segundo que perder. Quizás también por eso a los lados contaba con más de una decena de pipas. Para inspirarse, a un lado de la mesa tenía su tarro de las ideas y al otro un segundo en el que ponía opio.
Arriba, Ramón Gómez de la Serna en su despacho de la calle Velázquez. A la izquierda, su silla de trabajo, con las patas cortadas. A la derecha, un espejo biselado.
(Tania Sieira y ABC)
No demasiado lejos tenía también un florero lleno de canicas. «Él decía que las canicas eran como sus tesoros», apunta la responsable del MAC. Aunque en este museo portátil cuentan con bombillas modernas, el original de Ramón Gómez de la Serna contaba, como es lógico, con bombillas de filamentos, otro elemento que le fascinaba.
En las paredes de esta reproducción hay un cartel que pone peligro de muerte. «Este lo tenía encima de sus futuras publicaciones para que nadie las abriese y se le adelantase», señala Bustos. No es la única referencia a la muerte que puede verse en este despacho: «Vemos también relojes porque le interesaba mucho el paso del tiempo y la muerte pero no desde el miedo, sino desde la curiosidad, incluso por lo fantasmal», añade.
Hasta 2014, este espacio pasó décadas desmontado en cajas, recuperándose solo para exposiciones temporales
Más cotidianas son las figuras de animales de cerámica que salpican el espacio, desde una gallina hasta un gato. Era su zoo particular. En él, destaca la joya es un pequeño pájaro enjaulado que compró en un comercio histórico de París que incluye un mecanismo para que píe. «Es un pequeño autómata que sigue funcionando», indica Bustos. «Ramón a esta pieza le tenía mucho cariño, decía que le consolaba en los días nublados».
Arte y vida cotidiana
No obstante, no solo de la creación literaria y del dibujo vivía Ramón. En su despacho también hay pequeños retratos y una paleta con óleos. A su lado, una lata de aceite con una imagen del caballero de la mano en el pecho de El Greco que el escritor guardaba con especial cariño, porque decía que era «una obra de arte».
Un proyecto de reforma para Conde Duque
El centro cultural Conde Duque podría embarcarse, más pronto que tarde, en nuevas obras. El área de Cultura ha publicado un anuncio de información previa para realizar «obras de adecuación y modernización de las salas cerradas y actualmente sin uso del Museo de Arte Contemporáneo, con renovación de acabados e instalaciones y adecuación a la normativa. Todo ello necesario para la implantación del nuevo proyecto museográfico, fuera del alcance de este contrato», señalan. Fuentes del área de Cultura explican, no obstante, que esto es solo un proyecto que está aún pendiente de recibir asignación presupuestaria para poder convertirse en una realidad. En esta previsión de gasto, estiman desde el área, invertirían unos siete millones de euros en la reforma, que empezaría en noviembre y se centraría sobre todo en cuestiones de climatización, entre otras.
La lista de artículos con historia es casi infinita. Como bien recuerda Marta Rivera de la Cruz, delegada de Cultura, Turismo y Deporte del Ayuntamiento de Madrid, este espacio es mucho más que un rincón que conserva la memoria de uno de nuestros grandes escritores: «Es una auténtica ventana al Madrid de las vanguardias y a una manera de entender la creación artística en la que la literatura, el arte y la vida cotidiana se mezclaban sin fronteras. Cada objeto, cada imagen y cada rincón esconden una historia y convierten la visita en un pequeño viaje al universo personal de Ramón».
Además, subraya, ofrece al visitante la posibilidad de entrar en el mundo de un creador «que hizo de la curiosidad, la imaginación y la acumulación de pequeñas cosas una forma de arte». De hecho, no es de extrañar que Ortega y Gasset dijera, al visitar el torreón de Velázquez, que fue allí «donde vio claro el secreto del arte moderno». Si el visitante no va tan lejos sí podrá, al menos, disfrutar de un rincón cargado de historia e historias.