Dijo José Mourinho en la previa al partido contra el Espanyol que una de las máximas de su Real Madrid es que debían defender los once jugadores. Pero que todos se encuentren detrás del balón no es sinónimo de proteger la retaguardia, como se evidenció en el gol de Calatrava que supuso el empate del Espanyol. Como en temporadas pasadas, el equipo blanco fue incapaz de aprovechar el beneficio de ponerse por delante en el marcador.

Trabajo para Courtois

El portugués se desesperó en la banda viendo cómo el equipo local encontraba una y otra vez el camino hacia Courtois. Se aprovechó de una línea defensiva muy hundida en un equipo que empezó presionando arriba, pero en el que sigue faltando una sala de máquinas. El gol no fue un accidente ni una acción aislada.

Llegó después de varios avisos prácticamente consecutivos que evidenciaron los desajustes de un equipo demasiado vulnerable cuando pierde la pelota. Mourinho gesticuló, protestó y trató de corregir sobre la marcha una situación que se repetía.

La ausencia de Tchouaméni dejó a Mourinho sin su principal especialista para ejercer de ancla y el portugués apostó por Valverde y Bernardo Silva en la base del centro del campo. Una pareja sobrada de fútbol y recorrido, pero con dificultades para proteger permanentemente a los cuatro defensas. Sobre todo cuando el Madrid adelantaba a sus laterales y acumulaba jugadores por delante de la pelota.

Courtois tuvo que realizar dos intervenciones para salvar los desajustes de futbolistas como Valverde o Carreras, que aparecieron en la foto del primer gol del Espanyol. Konaté, que salvó el 2-1 sobre la línea al borde del descanso, y Huijsen no encontraron en la primera parte una salida de balón fluida y el conjunto ‘perico’ fue afinando poco a poco su presión.

Los deseos no cumplidos a Mourinho

La imagen del empate explica también una de las grandes obsesiones de Mourinho durante el mercado. El portugués quería un central zurdo y un mediocentro capaz de templar el juego para evitar partidos de ida y vuelta como terminó convirtiéndose el duelo frente al Espanyol, en el que el dominio inicial del Madrid se fue esfumando.

Los dos laterales, Dumfries y Carreras, resultaron más útiles en ataque que a la hora de contener. Los de Manolo González entendieron que el negocio estaba en superar la primera presión y atacar inmediatamente los espacios que aparecían a continuación. Ahí llegó la desesperación de Mourinho.

El técnico portugués aterrizó en el Bernabéu con la intención de devolver orden, disciplina y solidez a un equipo que la pasada temporada concedió demasiado. El estreno liguero demostró que, al menos en ese sentido, todavía le queda mucho trabajo por delante.