Desde que Díaz de Orosia falleció el pasado martes a los 78 años, han sido muchas las muestras de cariño que han recibido sus familiares y amigos íntimos. Con el paso de las jornadas, los recuerdos que deja entre ellos este gijonés son innumerables debido a la incesante actividad que tuvo a lo largo de su trayectoria vital el artífice de la Casa Rosa de La Guía, la vivienda en la que residía hasta su muerte y que supo convertir en todo un museo que resumía a la perfección sus distintas etapas artísticas. «Siempre fue muy feliz», destaca su hija, Begoña, quien viajó de la mano de su padre a muchos de los lugares que le servían de inspiración.

El cuadro en el que Roberto Díaz de Orosia recordaba su paso por los astilleros. / Miki López
Díaz de Orosia dio sus primeros pasos como pintor durante su adolescencia. Con apenas 15 años, ya compartía clases de bellas artes con otros artistas como «Kiker». Lo hacían en la escuela de artes que prestaba actividad en el edificio del Antiguo Instituto.

El artista dibujando la playa de San Lorenzo desde su estudio de la avenida Constitución. / Miki López
Aunque siempre tuvo claro que su futuro pasaba por el arte, Díaz de Orosia empezó trabajando haciendo barcos en Juliana Constructora Gijonesa, en los astilleros de su ciudad. Concretamente, desempeñaba las tareas correspondientes al puesto de técnico de organización y maestro de construcciones. De aquella etapa, pese a que no era la que había soñado desde pequeño, también guardaba momentos y aprendizajes de los que presumió con el paso de los años.

El artista junto a algunos de sus cuadros en una exposición en Oviedo. | MIKI LÓPEZ / .
Un claro ejemplo de ello es que uno de los cientos de cuadros que guardan ahora sus familiares con cariño es el que realizó Díaz de Orosia sobre su etapa en los astilleros. Tan solo con 25 años, Díaz de Orosia cumplió el gran objetivo que había perseguido desde pequeño al llevar a cabo sus primeras exposiciones individuales en 1973.
Desde 1970 y hasta 1985, los años en los que pudo disfrutar de su «primera vida» como pintor, centró prácticamente todas sus obras en paisajes y temas asturianos, tal y como recordaba el propio Díaz de Orosia en un libro que escribió sobre aquellos años. En esos cuadros, remarcaba el autor de las obras, «predominaban los paisajes de finas entonaciones agrisadas, líricamente recreadas, en donde las connotaciones alusivas se originaban, precisamente, en la sugerencia ambiental». Asimismo, buscaba que «la atmósfera y la peculiar configuración de la tierra asturiana» estuvieran siempre presentes. De esa forma se presentó al mundo como pintor Roberto Díaz de Orosia, al que todavía le quedaban por delante muchas décadas de contante actividad desde Gijón.
Para prepararse, había estudiado dibujo y pintura tanto en Gijón como posteriormente en el Círculo de Bellas Artes de Madrid. Dando continuidad a la estética de las obras de Piñole, Evaristo Valle o Mariano Moré, Díaz de Orosia supo seguir la línea que marcaba la tradicional pintura asturiana. Si bien, en todo momento trató de añadirle a sus cuadros un estilo personal en el que aparecían rasgos relacionados con el fauvismo, utilizando colores más intensos.
Con el objetivo de seguir protagonizando exposiciones en Asturias, España y, por qué no, en Europa y más allá de sus fronteras, Díaz de Orosia pasó a trabajar en un estudio de la avenida Constitución, donde residió durante muchos años. Era un ático con una gran terraza a la que el pintor gijonés supo sacarle partido de cara a la creación de sus pinturas, con las que llegó a galerías de arte como la avilesina Amaga, en la que a raíz de su fallecimiento han instalado sus cuadros en su cristalera principal para homenajearle. «Era uno de nuestros clásicos. Nos encantaban sus dibujos sobre Asturias, pero también los de la España cañí, los de personajes típicos de Carnaval…», comenta Angélica García, la directora de la galería, que remarca que era «muy entrañable».
La Casa Rosa
Tras su vida en los astilleros y la del estudio de la Constitución, la última etapa de la trayectoria vital y artística de Díaz de Orosia no se entiende sin la Casa Rosa de La Guía. Lejos de ser una residencia al uso, este pintor convirtió su casa en una galería de arte. Cada año se mantenía fiel a la hora de impulsar una comida con amigos y familiares. Entre los asistentes siempre estaba el entrenador Marcelino García Toral, un primo segundo que siempre supo entenderle y cuidarle, incluso después de que sufriera con 70 años el ictus que comenzó a frenar su vida.
A pesar de aquellas dificultades y de no poder hablar, Díaz de Orosia intentó ser una persona activa hasta donde la salud se lo permitía. Una de sus grandes características -o cualidades- siempre fue ser un apasionado de los viajes. Gracias a sus cuadros llegó a ir hasta Rusia para exponer, pero algunos de los viajes más especiales se produjeron en esos años más complicados. En Viajes Mariano encontró a Ángeles, una profesional que le comprendía y que le animó a participar en cualquiera de las actividades que ponían en marcha y de las que Díaz de Orosia supo disfrutar con la alegría de aquel niño que soñaba con exponer sus obras de arte.
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